El imperio japonés: la gran masacre del zoo de Tokyo

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19 de marzo de 2014 por difundimos

He aquí un curioso libro, aparecido en el 2013 y de título que, a simple vista, puede parecer extravagante o pintoresco: The Nature of the Beasts. Empire and Exhibition at the Tokyo Imperial Zoo (UCPress), obra del historiador Ian Miller. Pero es un libro que, por lo leído y escuchado, vale la pena, un volumen por el que uno desearía dedicarse al Extremo Oriente y al estudio de esa cultura ecológica y animal, leyéndolo así con mayor provecho (o quizá no, acaso el desconocimiento resalte la perspectiva escogida). Un volumen, además, que como pronto se verá tiene un sabor antropológico muy refinado; un volumen, en fin, que coincide con la emergencia de un nuevo nacionalismo japonés.

Nuestra colega Julia Adeney Thomas lo analiza en las páginas del TLS, con el sugerente título de “Bambi and Tong Tong”. He aquí la traducción de algunos de sus párrafos:

1

 

Tras las banbalinas del imperio, los horrores acechan. El 4 de septiembre de 1943, en el zoológico Imperial de Tokio dos elefantes hambrientos permanecieron callados, obedientes a sus entrenadores, mientras un servicio religioso, al otro lado de un toldo rojiblanco, conmemoraba prematuramente su sacrificio por la causa imperial de Japón. Monjes budistas, funcionarios gubernamentales y escolares hacían ofrendas de alimentos a los espíritus de los elefantes y de otros animales cautivos, todos ellos eliminados por orden del gobierno. Esta ceremonia sin precedentes, conocida como “Servivio ceremonial por los Animales Mártires” se celebró en el recinto del zoológico, donde casi un tercio de las jaulas estaban vacías. Leones de Abisinia, tigres representativos de las tropas japonesas, osos de Manchuria, Malasia y Corea, un bisonte americano y muchos otros habían sido apaleados, lanceados, envenenados y macheteados hasta su muerte en secreto. Aunque el director del zoológico había encontrado una manera de salvar a algunas de las criaturas condenadas, llevándolas a otros parques fuera de Tokio, el alcalde Ōdaichi Shigeo insistió en su masacre. El propio Ōdaichi, junto con el Príncipe Imperial Takatsukasa Nobusuke y el abad del templo Sensōji de Asakusa, presidieron el cuidadosamente coreografiado y muy publicitado “servicio conmemorativo”, agradeciendo a los animales su voluntario sacrificio en pro del esfuerzo de guerra japonés.

(…)

En manos de un historiador menos consumado, la Masacre del Gran Zoo de Japón podría ser una simple tragedia, mal perpetrada por unos belicistas contra esas criaturas indefensas. El servicio conmemorativo puede parecer igualmente unidimensional, un grotesco paliativo oriental, y nada más. Pero la lectura atenta que Ian Jared Miller aplica a este terrible evento muestra su potencial para comprender los fluidos intercambios entre la política y la sociedad japonesas a medida que la situación de la guerra se agravaba. El propósito primordial de Ōdaichi no era matar los animales, al margen de las alegaciones presentadas sobre los escasos recursos y el peligro de escapes. En cambio, quería utilizar esta inusual ceremonia para traspasar la propaganda que anunciaba una victoria segura y señalar que la guerra estaba llegando a casa. Ya no se trataba de civiles, “tras las líneas”, protegidos por las tropas. Estos no tardaron en convertirse en combatientes, entrenándose con lanzas de bambú contra la invasión y con baldes de agua contra las bombas incendiarias. Para muchos civiles, el sacrificio de los animales prefiguraba su propio sacrificio. Miller transmite hábilmente los motivos concurrentes de múltiples actores del evento, entre ellos el director del zoológico Koga Tadamichi, los políticos, los científicos, los niños y los animales mismos, todo ello dentro de una institución cuyos fines oscilaban entre mostrar los trofeos imperiales y presagiar el final del imperio. Aunque sin oscurecer su crueldad, la decodificación de este evento coincide, en su riqueza analítica, con el tratamiento que Clifford Geertz aplicó a la pelea de gallos balinesa.

El tropo central de la historia de Miller sobre el zoológico de Tokio es la “modernidad ecológica”, un concepto desarrollado por Arthur P.J. Mol y David A. Sonnenfeld, para capturar los inestables binomios animal-humano, primitivo-civilizado y naturaleza-cultura que subyacen a la modernidad. Por doquier, la modernidad se vio como el dominio de la naturaleza, pero la naturaleza no fue superada en ninguna parte.

(…)

El zoológico abrió sus puertas en el barrio de Ueno de Tokio en 1882: “el primer zoológico moderno de Asia oriental”, señala Miller, “y el primer zoológico en el mundo no construido bajo el dominio de un régimen imperial occidental”.

A la hora de escoger los animales, los líderes japoneses se opusieron a las jerarquías raciales que colocaban a los asiáticos cerca de los simios, pero la función del zoológico, como la propia modernidad ecológica, nunca fue estable. A medida que Japón extendía su propio alcance colonial, el zoológico pasó de la celebración de la paridad japonesa con los occidentales a celebrar el imperio japonés. Los trofeos de guerra vivientes, como los malhumorados camellos bactrianos capturados durante el sangriento asalto a Port Arthur en 1894, y los elegantes caballos montados por oficiales del ejército transformaron el zoológico en un espectáculo de la gloria imperial. Añadieron un leopardo llamado Hakko, abreviatura de la consigna de guerra “Hakkō icchu” u “ocho esquinas bajo un mismo techo”, y una jirafa llamada Minami (Sur) para conmemorar el avance hacia el sur del ejército. Estos gloriosos años de expansión se estrellaron en 1943 con la Masacre del Gran Zoo. Tras la guerra, Bambi, un cervatillo de diminuta cola blanca, pasó de puntillas junto con la ocupación estadounidense. Jean MacArthur, la esposa del general al mando de la ocupación, entró en la junta del zoológico, cuya colección se reconstruyó no como un tótem del imperio, sino como un refugio para la diversión inocente en el mundo de la posguerra. Se cultivó el asombro infantil como algo moralmente regenerador; ver animales refrescaba la humanidad. En un momento de perfecto simbolismo, la nueva humanidad de posguerra del emperador quedó confirmada por un imprevisto apretón de manos con Suzie, una chimpancé montada en bicicleta que se encargó de dar la bienvenida a Hirohito durante su gira de 1956.

2

 

(…)

El Prange Archive de la Universidad de Maryland conserva una fotografía suelta, sin lema ni fecha, de un elefante muerto. Siempre me he preguntado por esta misteriosa imagen, recopilada junto con otras misceláneas de la ocupación de Japón de Estados Unidos. Ahora ha encontrado su trasfondo en la historia sutil de Ian Jared Miller. Pero lo que hace que The Nature of the Beasts sea un triunfo, más allá de su riqueza archivística, su destreza analítica y su elegante escritura, es que la matanza de elefantes queda enmarcada no solo por el zoológico Ueno y por la modernización de Japón, sino también por los complejos procesos globales que nos distancian de la naturaleza mientras que al mismo tiempo la absorben cada vez de forma más plena dentro de la sociedad humana. Estos procesos son lo que hemos aprendido a llamar el “Antropoceno”. Junto con otros historiadores que están reconfigurando la modernidad para dar cuenta de la naturaleza, Miller va al zoo, revelando la naturaleza de las bestias en el corazón de Tokio y en nosotros mismos.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13823

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