Aprender del pasado, aprender de los historiadores

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5 de marzo de 2014 por difundimos

Aunque pueda pensarse que el autor busca promocionar su reciente libro, lo cierto es que, sea o no así, Robert E. Wright propone una interesante reflexión, que quizá lo sería aún más si vinculara tal propuesta a los nuevos medios digitales. Su título es “Living History” y apareció en HNN, esa interesante red de noticias sobre historia que alguien debería copiar entre nosotros:

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El título de este artículo tiene un doble sentido, pues se refiere tanto al pasado como algo entre los vivos (vivir como adjetivo, como en ‘la historia cobra vida”) como a influir personalmente en los acontecimientos históricos (vivir como verbo, similar a “hacer historia”). Algunos académicos aspiran a crear una “historia viva”, no solo haciendo del pasado algo interesante y relevante (es decir, con vida) para estudiantes y lectores, sino también impulsándolo para que influiya en las decisiones de los los líderes del mundo de los negocios, de la cultura y de la política. “Usar la historia para hacer Historia de la Esclavitud”, el lema de Historians Against Slavery (HAS), evoca dos significados de “historia viva”, afirmando que el estudio del pasado es útil y, por tanto, vivo y que la historia puede ser transformadora y, por tanto, importante, incluso histórica.

Los no historiadores, por lo general los economistas y los sociólogos, pero también miembros de otras tribus académicas, a veces tratan de usar el pasado para influir en los debates políticos. En Last Exit: Privatization and Deregulation of the U.S. Transportation System (2010), por ejemplo, el economista Clifford Winston resaltó el primerizo sistema de transporte de los Estados Unidos, que estaba dominado por empresas privadas, para reforzar su opinión de que el actual gobierno debería privatizar gran parte de las infraestructuras nacionales del transporte. El sociólogo Joseph Blasi y los economistas Douglas Kruse y Richard Freeman sostienen en The Citizen’s Share: Putting Ownership Back into Democracy (2013) que los Fundadores apoyarían su idea de que el gobierno debe fomentar la propiedad de participaciones corporativas entre el más amplio grupo posible de estadounidenses. Más o menos, podrían aducirse decenas de ejemplos publicados en la última década. Tales esfuerzos oscilan en calidad desde lo ingenuo a lo excelente, pero estando la mayoría en el centro de la gama.

Ese juicio no supone menospreciar a los estudiosos que no son historiadores, sino señalar que hacer bien la historia es difícil y hay que dedicarle mucho tiempo, y que los historiadores tienen una ventaja absoluta sobre otros académicos en tanto las cosas cambian con el tiempo y han de ser contextualizadas.

A pesar de las ventajas inherentes a crear una “historia viva”, los historiadores profesionales rara vez tratan de influir en las políticas o, dicho de otro modo, rara vez hacen que su trabajo sea directamente útil fuera de la academia. Aparentemente muchos creen que “usar” la historia es inevitablemente “abusar” de ella, para entregarse al “presentismo”, a pesar de que los historiadores ahora ampliamente creen que nadie puede ser completamente “objetivo”, que el Zeitgeist y los factores personales infectan todas las investigaciones históricas. En otras palabras, los historiadores reconocen ahora que “tuercen” o “distorsionan” sus narraciones y análisis en cierto grado, aunque sea inconscientemente, pero muchos parecen creer que el grado de distorsión aumenta a niveles inaceptables si un historiador tiene alguna “hacha que afilar”o algún otro plan explícito, por muy bien intencionado que este pueda ser.

A los historiadores que sostienen estas opiniones aparentemente les preocupa que los autores de la historia viva asalten los archivos en busca de artefactos que cumplan con sus nociones preconcebidas e ignoren (o peor destruya) las pruebas las contradicen. Aunque sin duda ha ocurrido (recordemos la tormenta desencadenada por el libro del historiador Michael Bellesiles Arming America: The Origins of a National Gun Culture, en 2000), los historiadores han asaltado los archivos para ganarse la aceptación de, o proteger a, sus teorías favoritas sobre el tema C, en la nación o la región B, en el período A. De hecho, si la historia académica estándar, sin conexión palpable con las preocupaciones actuales, es más susceptible a las prácticas históricas poco profesionales que a la historia viva es porque lo que sea esta historia viva nunca se mide con el mundo real ni con los estudiosos no historiadores.

Tal vez la causa de que la mayoría de los historiadores desprecien la historia viva sea que tienen que trabajar en el mundo real, y no solo recibir la aprobación de algunos colegas de ideas afines. Hacer historia viva es arriesgarse al fracaso y crear un árbitro final fuera del reino de la historia profesional.

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Consideremos, por ejemplo, Corporation Nation, publicado por la University of Pennsylvania Press en diciembre de 2013. El lanzamiento de mi decimoquinto libro no parece causa suficiente para la inquietud, pero este es diferente, porque mi objetivo es hacer que los ejecutivos corporativos sean más responsables ante las partes interesadas (en especial empleados, accionistas y contribuyentes), y no ganarme los elogios de los historiadores, algo que sin duda también sería bienvenido. Quiero que el libro se venda bien, no tanto para que pueda ganar algo de dinero y presumir de su éxito, sino por la oportunidad que tendría de impactar en el mundo de una manera significativa y positiva. Basado en más de 20.000 actas de empresas y miles de otros documentos relacionados con la gobernanza de las empresas de negocios en los Estados Unidos antes de la Guerra Civil, el libro es un trabajo académico serio sobre un tema de importancia crucial para el futuro éxito económico de los Estados Unidos (por desgracia, el editor cortó el subtítulo, Rise and Demise of the American Economic Juggernaut).

En lugar de asaltar los archivos para reforzar mis preconcebidas nociones acerca de los principios del gobierno corporativo (de los cuales seguramente no tenía ninguno), la tesis del libro -la de que los responsables políticos deberían reinstaurar los controles y equilibrios que durante mucho tiempo impidieron a los ejecutivos expropiar a las distintas partes interesadas- surgió de mi lectura simultánea de los primeros estatutos corporativos y de los debates actuales sobre la gobernanza empresarial derivada del escándalo de Enron y el pánico de 2008, que culminó, respectivamente, en la ley Sarbanes-Oxley (2002) y la Dodd-Frank (2010). En lugar de justificar meramente una posición política que hubiera sostenido anteriormente, la investigación histórica me llevó a tal posición tras sumergirme en las políticas anteriores, sus fundamentos y sus resultados.

Por supuesto, algunos historiadores han entretejido las preocupaciones históricas de tipo académico y las actuales, con más habilidad de lo que yo podía esperar hacer. John Hope Franklin, J. Wayne Flint, Kenneth Stampp y Benjamin Quarles me vienen inmediatamente a la mente. También James Brewer Stewart, fundador de la HAS, una organización comprometida con la creación de historias de vida de calidad que puedan ayudar a reducir el número de personas esclavizadas (trabajar en contra de tu voluntad, en gran parte para beneficio de otro) en todo el mundo hoy en día, algo que las mejores estimaciones sitúa en torno a los 30 millones. La organización se instauró en 2010 cuando Stewart empezó a viajar de continuo para hablar de la esclavitud y de la abolición, del pasado y del presente, en los campus universitarios, en las conferencias y en otras reuniones. Hoy en día, el grupo de conferenciantes de HAS, cuya organización es similar a la del programa de Distinguished Lecturers de la OAH, tiene como objetivo vincular la historia de la esclavitud y de la abolición con las luchas abolicionistas contemporáneas para una amplia variedad de públicos.

A través de su oficina de oradores, de su sitio web, sus conferencias (la segunda de las cuales se llevará a cabo entre el 24 y el 27 septiembre de 2015, en Cincinnati) y su nueva serie de libros con Cambridge University Press (“Slavery Since Emancipation”, de la cual soy el editor responsable), HAS se propone cambiar el mundo a mejor mediante una excelente investigación histórica que vincule explícitamente pasado con presente y las preocupaciones de los historiadores académicos con las de los activistas contra la esclavitud. El único programa es ayudar a aquellos que más lo necesitan, a quienes se ven obligados a trabajar en contra de su voluntad en el comercio sexual, las minas de diamantes, los barcos de pesca y otras formas de esclavitud moderna.

Cuando los historiadores estudian por qué los esclavos no huyeron o se rebelaron con más frecuencia, HAS quiere que piensen en las “cadenas invisibles” que se utilizan para encadenar a las mentes de los esclavos modernos y sugerir maneras de que puedan sacudírselas basadas en precedentes históricos. Cuando se investigan las estrategias para prohibir el comercio de esclavos, HAS quiere que preguntarles de qué modo los éxitos o fracasos particulares podrían influir en los esfuerzos actuales de interdicción. Cuando se estudia la retórica abolicionista, HAS quiere que piensen en las implicaciones que la publicidad de las ONG tiene sobre la esclavitud moderna. También quiere que los historiadores que estudian las formas de trabajo forzado post-emancipación presten atención al quién y cuándo, pero también al cómo y al por qué, y que piensen en lo que nos puede decir acerca de las causas de la actual esclavitud laboral.

HAS no convoca a los historiadores para que lo dejen todo y empiecen a producir manuales para activistas. Más bien, llama a los historiadores a ser conscientes de que su investigación tiene implicaciones reales y válidos en el mundo, y a que la difundan. Sí, los tiempos han cambiado y las soluciones a los problemas en el siglo XVII puede que hoy ya no sean aplicables del todo. Pero podrían serlo, o podrían ayudar a entrever una solución híbrida que combinana las prácticas antiguas y nuevas, o pueden ayudar a avanzar en los modelos formales mediante la exposición de nuevas variables o sugiriendo nuevos parámetros. Mejor que sufrir la indignidad momentánea de ver abatida una sugerencia que permanecer en silencio y dejar sin ayuda a personas que podrían haber sido ayudadas. Las ideas que cambian el mundo están al acecho en los archivos y quién mejor para descubrirlas, y situarlas en su contexto adecuado, que los historiadores profesionales.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13586

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