Falsedad o verdad: Vico y la pintura napolitana

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1 de marzo de 2014 por difundimos

Nos adentramos de nuevo en un periodo anterior a la contemporaneidad: Giambattista Vico y la cuestión de lo verdadero y lo falso. Se trata de Inventing Falsehood, Making Truth: Vico and Neapolitan Painting (Princeton UP), del oxoniano Malcolm Bull. Aunque el tema no es nuevo, pues ya fue abordado por Carlo Ginzburg en El hilo y las huellas: lo verdadero, lo falso, lo ficticio, sí lo es la perspectiva, a lo que debe sumarse la conexión que se establece con el arte (también explorada por Ginzburg).

Para adentrarnos en esta obra, recurrimos a su brevísima introducción, que dice así:

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El epígrafe al primer capítulo de Arte e Ilusión de EH Gombrich es una cita del artista suizo del siglo XVIII Jean-Étienne Liotard: “La pintura es la maga más asombrosa; sabe persuadirnos, mediante las más evidentes falsedades, de que es la verdad pura”. Gombrich argumenta que los pintores persuaden a los espectadores a través de su dominio de las técnicas de la ilusión. Este libro explora otro aspecto de la magia de la pintura: no su habilidad para simular la verdad, sino su capacidad para cambiar nuestra percepción de qué es la verdad.

Según el egiptólogo Jan Assmann, la distinción formativa en la civilización europea es de índole mosaica, diferenciando entre las religiones que son verdaderas y las que son falsas. La innovación fundamental que la historia atribuye a Moisés no es la clasificación de las religiones particulares como verdaderas o falsas, sino más bien “el concepto de una verdad que no complementa o aumenta otras verdades, sino que relaciona todo lo demás con la mentira misma”. Antes de la distinción mosaica, no hubo religiones falsas; a partir de entonces, si hay un dios verdadero, los demás son falsos.

La distinción mosaica fue heredada por el cristianismo. Ya que el cristianismo era verdadero, la religión pagana era falsa y, en el curso de unos pocos siglos, se erradicaron las religiones del mundo grecorromano. Esto significaba que los ídolos paganos eran también falsos, por lo que también fueron destruidos. La posición de las imágenes no paganas era más ambigua, pero eran siempre sospechosas. Como señalaban los Libri carolini del siglo XVIII: “la verdad que persevera siempre pura y sin mácula es una. Las imágenes, sin embargo, por voluntad del artista parecen hacer muchas cosas, mientras que nada hacen . . . es claro que son ficciones del artista y no la verdad de la que se dice: la verdad os hará libres”.

Con diversos grados de urgencia teológica, imágenes, ídolos y falsos dioses presentaban todos el mismo problema filosófico: representaban cosas que no existían. En este contexto, el incremento del número de imágenes en el Renacimiento y la revitalización y difusión de temas de la mitología clásica, encarnaban un complejo desafío a las concepciones cristianas de la verdad. La pintura era falsa, ya que era más una representación que la realidad, y la pintura mitológica era doblemente falsa debido a que las cosas que representaba -los dioses y monstruos del mundo antiguo- eran ellas mismos irreales .

La presencia en la temprana Europa moderna de toda una cadena de producción cultural que nadie tomaba por verdad ponía bajo presión la distinción mosaica. Había diversas respuestas, que iban desde la iconoclastia al escepticismo absoluto. Pero había un pensador para quien esta explosión de imágenes no representaba un problema, sino que sugería una solución. Según Giambattista Vico, escribiendo en 1710, la verdad humana es en realidad “como una pintura”.

[Para ilustrar esto mismo con un símil, la verdad divina es una imagen tridimensional de las cosas, como un modelo; la humana es un esbozo lineal o imagen plana, como una pintura; y tal como la verdad divina es lo que Dios, en tanto que sabe, dispone y genera, así la verdad humana es lo que el hombre, en cuanto que conoce, compone y hace: y de esa forma la ciencia es el conocimiento del género, o modo en que la cosa se hace, y por qué medio -siendo así que la mente conoce el modo, ya que compone los elementos- hacer la cosa; una cosa tridimensional Dios, pues comprende todo, y bidimensional el hombre, pues comprende lo más externo].

Es una sorprendente afirmación si la ponemos al lado de la de Daniello Bartoli de por qué sus contemporáneos apreciaban las pinturas :

“Decimos que esto es del gran Miguel Ángel, aquello de Tiziano y esto otro del divino Raphael, y que todos se complacen en el descubrimiento de que nos engañan imitando lo verdadero con lo falso, y diciendo a los ojos muchos mentiras, como el pintor da toques de pincel al lienzo”.

Eso es justo a que lo Liotard se refería cuando dijo que “la pintura. . . sabe persuadirnos, mediante las más evidentes falsedades, de que es la verdad pura”. Pero, ¿podría la pintura ser tan persuasiva como para persuadirnos de que la propia verdad funciona de la misma manera?

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13322

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