Oriente Próximo: la CIA y el gran juego

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25 de febrero de 2014 por difundimos

Llegó para cerrar el 2013, en pleno mes de diciembre, pero aprovechó su buena escritura y las fiestas navideñas para captar de inmediato la atención de lectores y críticos. Se trata de America’s Great Game: The CIA’s Secret Arabists and the Shaping of the Modern Middle East (Basic Books), del historiador de la CSULB Hugh Wilford. Entre las variadas reseñas aparecidas, nos quedaremos en esta ocasión con la de New Republic, a cargo del periodista Frederick Deknatel:

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En septiembre de 1947, el día en que la Agencia Central de Inteligencia fue formalmente establecida en Washington DC, dos de los nietos de Teddy Roosevelt, Archie y Kim, condujeron desde Beirut hasta Damasco, a través de las montañas del Líbano, para encontrarse con un colega espía llamado Miles Copeland. Archie, de 29 años, fue el primer jefe de estación de la CIA en Beirut; Copeland, de 31 años, era su hombre en Damasco. Kim (o Kermit Jr., cuyo homónimo y padre había rugido por todo Oriente Próximo como había hecho T.E. Lawrence durante la Primera Guerra Mundial) encabezaría, en 1949 y con 33 años, las operaciones encubiertas de la CIA en la región. Pero en aquel momento viajaba, nominalmente, como ciudadano privado, trabajando en un libro sobre su destino en El Cairo durante la Segunda Guerra Mundial para la Office of Strategic Services (OSS), la precursora de la CIA.

En dos años, Copeland ayudaría a diseñar el primer golpe militar en el mundo árabe: el incruento golpe de Estado dado en 1949 por el coronel Husni al-Za’im en Siria. La cuestión de hasta qué grado es algo sujeto a debate, incluyendo los propios alardes de Copeland, seguidos de retracciones, en memorias subsiguientes. Archie trataría fallidamente de diseñar otro derrocamiento militar en Siria en 1957, tras una serie de golpes y contragolpes en Damasco (Za’im sólo duró unos pocos meses antes de ser derrocado y ejecutado por oficiales rivales). Pero la reunión de 1947, al igual que las de los hombres de la CIA en Oriente Próximo durante las administraciones de Truman y Eisenhower, era una mezcla de negocios y placer. Como Copeland escribió más tarde, después de que Archie y Kim llegaran a Damasco, se embarcaron “en un periplo por los castillos de los cruzados y por otros lugares fuera del circuito habitual”.

Mientras Kim dirigía las operaciones desde Washington y viajaba periódicamente a El Cairo, Beirut y Teherán, Archie y Copeland construyeron una naciente red de espionaje estadounidense aprendiendo árabe y conociendo esa cultura (Archie hablaba 16 idiomas), trabajando su encanto y conexiones y, de vez en cuando, haciendo que las cosas marcharan. “¿Cuál es la diferencia entre mis fabricados informes y el dejar que te los hagan tus agentes?” le dijo Copeland, un desertor de la universidad de Alabama que se considerana un “Tennessee riverboat gambler” [un truhán], a un Archie acusador. “Por lo menos los míos tienen sentido”.

Tal era la vida de unos pocos especialistas y espías estadounidenses de élite en el Oriente Próximo durante los primeros días de la Guerra Fría: intriga y un sereno sentido de la aventura en una región emergente del colonialismo europeo y dentro, insistían, de una órbita estadounidense más magnánima, de eso que el historiador Hugh Wilford ha llamado “la benevolencia desinteresada”. Si solo hubiera sucedido de esa manera!

America’s Great Game: The CIA’s Secret Arabists and the Shaping of the Modern Middle East trata de aquel momento, desde finales de 1940 a finales de 1950, cuando Estados Unidos era un advenedizo en la región, más que hegemónico. El libro de Wilford -una biografía en tres partes, con los dos Roosevelt y Copeland- subraya las grandes esperanzas, pero también los ulteriores errores y las falacias, de la intromisión de los americanos. Se centra en Kim, Archie y en otros espías patricios, con raíces en la Costa Este, incluyendo su educación en Groton y Harvard, para explicar su sentido del derecho y la responsabilidad. (Copeland describió a su homólogo de Beirut como “un miembro de pleno derecho de lo que pasa por ser la nobleza en Estados Unidos”). Hablaban de una nueva incluso aunque fomentaran golpes antidemocráticos, consintieran caudillos militares y trataran de convertir a los antiguos mandatos británicos o franceses en satélites antisoviéticos con sobornos, “cripto-diplomacia” y reuniones secretas en mitad de la noche (a menudo a espaldas del embajador local y del Departamento de Estado).

2

El término “arabistas” se refiere originalmente a una generación anterior de diplomáticos estadounidenses, muchos de los cuales eran descendientes de los misioneros norteamericanos del siglo XIX en el Próximo Oriente, que tenían experiencia y sentían afinidad con el mundo árabe. Los arabistas de la CIA combinaban esa mentalidad apostólica con una visión del Próximo Oriente que fusionaba el aspecto romántico con la posibilidad estratégica. El ascenso americano de la posguerra podría cosechar recompensas regionales -no solo en petróleo, sino como Archie observó, estableciendo una relación con los Estados Unidos “como el gran amigo desinteresado de los musulmanes”, ya que el Islam se convirtió en “un factor de creciente importancia”. Más tarde le dijo a un entrevistador de la OSS que “como aspirante a orientalista que soy, naturalmente tengo cierta simpatía por los árabes”.

Esa simpatía conformó la oposición de los americanos al sionismo y habla de respeto mutuo con el mundo árabe. Pero los espías a menudo se parecían al americano impasible de Graham Greene. Kim Philby, el agente doble anglosoviético, llegó a afirmar que su conocido, Kim Roosevelt, era quien inspiraba al personaje de Greene, en tanto que “cortés Easterner, de voz queda y con impecables conexiones sociales … la última persona que uno puede esperar que esté hasta el cuello de trucos sucios”. Eso incluía la notoria participación de Kim al frente del golpe conjunto angloamericano en Irán en 1953, conocido como Operación Ajax, para derrocar al primer ministro elegido democráticamente, Mohammad Mosaddegh, y reinstalar al joven Shah Mohammad Reza Pahlavi, todo ello después de que Mosaddegh nacionalizara la industria petrolera de Irán.

Kim probablemente exageró su propio papel en la Operación Ajax. En narraciones privadas y en un libro, lo describió como algo salido del Kim de Rudyard Kipling, su libro favorito desde que era niño. Dejando de lado el recurso a la aventura, el golpe tuvo un legado tóxico para las relaciones irano-estadounidenses, ya que ayudó a sentar las bases del duradero autoritarismo del Shah que condujo a la Revolución Islámica.

Wilford contrasta las esperanzas expresadas por los espías y los jóvenes nacionalistas árabes en El Cairo y Damasco en favor de un nuevo tipo de relaciones de poder con la realidad de la ambición, el engaño y el error estadounidenses. El drama se desarrolló sobre todo en El Cairo, donde Kim y la estación de la CIA apoyaron primero a los Oficiales Libres que derrocaron al rey Faruk en 1952, especialmente a su joven líder, Gamal Abdel Nasser. Wilford señala que un agente local redactó incluso una serie de artículos sobre teoría política occidental y los tradujo al árabe para distribuirlos entre el Consejo del Comando Revolucionario de Nasser. Copeland, que estaba por entonces en El Cairo bajo la cobertura de la consultora Booz, Allen, & Hamilton, habría albergado conspícuamente a Nasser en su villa del barrio residencial de Maadi, en El Cairo.

Pero la luna de miel había terminado a mediados de la década de 1950, cuando los estadounidenses se negaron a las continuas solicitudes de Nasser para que dieran ayuda al desarrollo a Egipto, incluidas armas, y no lograron sobornarlo con un maletín de 3 millones de dólares en efectivo. Rechazado por Washington, ofendido por el intento de soborno, y poco dispuesto al respaldo británico dentro de un pacto de seguridad regional antisoviético, Nasser unió su suerte al Movimiento de Países No Alineados y luego, a través de Checoslovaquia, se aseguró las armas de Moscú. En 1956 se nacionalizó el Canal de Suez, lo que provocó la invasión conjunta anglo-franco-israelí, que sólo se desactivó mediante la presión estadounidense. Nasser convirtió una derrota militar en una victoria política y se catapultó al estatus de héroe poscolonial en el mundo árabe.

Sorprendentemente, Wilford tiene muy poco que decir sobre este acontecimiento fundamental del ascenso de Nasser en la década de 1950, y simplemente resume la crisis de Suez como unos “acontecimientos de fama mundial”. La elisión es más obvia dada la atrasada atención ​​que presta a cuestiones históricas secundarias, como el apoyo y la financiación de la CIA a los American Friends of the Middle East, un grupo de ciudadanos que trató de que la opinión pública de los EE.UU. oscilara desde Israel hacia los árabes en la década de 1950. Aunque es ciertamente notable que la CIA ayudara a propagar el antisionismo entre el público estadounidense en la década de 1950 -un proyecto personal, sostiene Wilford, de los fervientes antisionistas en la CIA, encabezados por Kim-, los American Friends no llegaron a nada, y en poco o nada influyeron en la política antes de diluirse en 1967.

En lugar de transformar las relaciones de poder en el Próximo Oriente, esta camarilla de espías convirtió a los Estados Unidos en la siguiente potencia extranjera resentida e incluso denostada en una región que ha conocido demasiadas. “El genio de ustedes, los americanos, es que nunca hacen movimientos estúpidos a las claras”, le dijo Nasser a Copeland en 1957, “solo movimientos estúpidos complicados“. Un deseo obstinado de buscar el cambio de régimen en Siria a través de hombres fuertes con poco apoyo local empujó a Siria más cerca de Moscú, en lugar de alejarla, y condujo a la dominación del partido Baaz, algo con tintes actuales. Como escribe Wilford, “algunos recientes pronunciamientos sobre la falta de activos de la Agencia en Siria podrían fácilmente haber sido datados en el verano de 1957″.

Y a pesar de su supuesto rechazo a las actitudes orientalistas sobre la región por parte de sus homólogos británicos, no siempre las suyas suenan muy diferentes. Archie describió su destino en tiempos de guerra en el norte de África diciendo sentirse “como un yankee enviado a un siglo pasado, más tranquilo” [textualmente “Connecticut Yankees”, en alusión quizá a Twain]. Sus fallos fueron muchos, desde su doble lenguaje a la falsa promesa de magnanimidad en cómo Washington se involucraría en el Próximo Oriente. Pero ellos también unieron la astucia con la credulidad; eran americanos impasibles. De camino a Teherán en julio de 1953 para derrocar a Mossadegh, Kim recordó lo que su padre escribió sobre una cacería africana que hizo con su abuelo, Teddy Roosevelt: “Fue una gran aventura, y todo el mundo era joven!”.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13579

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