La esclavitud: entre realidad y ficción

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19 de febrero de 2014 por difundimos

En lo que se refiere a la historiografía, una de sus constantes es el mero vaivén, no tanto por la inestabilidad o inconstancia, sino por el movimiento alternativo que nos lleva a recorrer sentidos abandonados, que hasta hace poco eran considerados contrarios a la marcha adecuada. En los setenta, por ejemplo, se volvió al sujeto, al “yo” y a sus identidades, entonces múltiples y mucho más variadas que antaño.

Se recuperaron así propuestas más o menos adormecidas, cuyo brillo quedó al descubierto, desde las propuestas de Marc Bloch y Lucien Febvre a las de Mijail Bajtin, por citar algunos ejemplos que vendrían al caso. Se exploraron, pues, las identidades en esa senda, con sus juegos carnavalescos, rabelaisianos, como hizo brillantemente Natalie Zemon Davis en algunos de sus primeros trabajos. Ella misma se aventuró mucho más analizando un ejemplo clásico de esas complejidades individuales, el de la impostura. Lo hizo con maestría y osadía en El regreso de Martin Guerre, obra que finalmente se acaba de reeditar (Akal) y que, por si acaso, les recomiendo enfervorizadamente.

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Y de eso trata también, a su modo, una de las obras que abren el año: The Empire of Necessity: Slavery, Freedom, and Deception in the New World (Metropolitan Books), obra de Greg Grandin, un historiador que no conviene perder de vista. Profesor en la Universidad de Nueva York, en los últimos años ha publicado obras muy interesantes, entre las que destacan: The Last Colonial Massacre: Latin America in the Cold War (University of Chicago Press, 2004), sobre las atrocidades cometidas en Guatemala; y la reconocidísima Fordlandia: The Rise and Fall of Henry Ford’s Forgotten Jungle City (Metropolitan Books, 2009).

Cambiando de registro, pero con idéntica calidad, nos llega ahora ese The Empire of Necessity, cuyo contenido desveló ampliamente el propio Grandin en The Chronicle con estas elocuentes palabras:

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Una tarde de febrero en 1805 en el Pacífico Sur, Amasa Delano, al mando del Perseverance, un pesquero de Boston, abordó un angustiado barco español que llevaba cerca de 70 hombres, mujeres y niños procedentes de África Occidental. Delano pasó cerca de nueve horas en el barco, llamado el Tryal. Habló con sus marineros, que eran pocos en número, repartió agua entre sus hombres y mujeres de piel negra, y se hizo cargo de la organización de las reparaciones. Y durante todo ese tiempo no pudo ver que eran africanos del oeste, a quienes tomó por esclavos y ante quienes se presentó como capitán, y no españoles quienes estaban al mando.

Casi dos meses antes, los africanos del oeste, que habían sido cargados en Valparaíso, Chile, con destino a su venta en Lima, se rebelaron, ejecutando a la mayor parte de la tripulación y de los pasajeros del Tryal, además del traficante de esclavos que los recogía en Perú. Dirigido por un anciano llamado Babo y su hijo Mori, los rebeldes ordenaron a Benito Cereno, el propietario del buque y capitán, que navegara rumbo a Senegal.

Cereno anduvo dando rodeos, surcando primero hacia el norte y luego hacia el sur, antes de toparse con la Perseverance. Los rebeldes comenzaron a preparar sus armas para la lucha. Pero entonces Babo tuvo una idea.

Los africanos del oeste dejaron que Delano subira a bordo y actuaron como si fueran esclavos. Mori se quedó al lado de Cereno y fingió ser un siervo humilde y devoto. Cereno fingió que aún estaba al mando, contándole a Delano historias sobre tormentas, calmas y fiebres para dar cuenta del estado de su nave y explicar la ausencia de otros oficiales, aparte de él mismo.

Delano, un individuo de piel de labastro, escribió más tarde que se encontró rodeado por decenas de africanos y por un puñado de marineros españoles y mulatos que le contaban sus “historias” y compartían sus “quejas” en una babel de idiomas. Hablaban en wolof, mandinga, fulani y en español, un torrente de palabras indescifrables, pero que, en sus generalidades, calmaron a Delano, convenciéndo al de Nueva Inglaterra de que la desesperación que estaba presenciando era real, que no estaba siendo atraído a un la trampa pirata.

Con los años, esta extraordinaria aventura -en efecto, un solo acto, de nueve horas, una completa pantomima sobre la relación amo-esclavo representada por un grupo de hombres y mujeres desesperados, muertos de hambre y sed- ha inspirado a escritores, poetas y novelistas. El poeta chileno Pablo Neruda pensó que la audacia de los esclavos reflejaba la disidencia de la década de 1960. Más recientemente esa caja china o novela del uruguayo Tomás de Mattos, La fragata de las Máscaras, utiliza el engaño como metáfora de un mundo donde la realidad no se oculta detrás de una máscara, sino que es la propia máscara.

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Pero, con mucho, la más inquietante interpretación de los acontecimientos ocurridos en la Tryal es la de Herman Melville en Benito Cereno, publicada por primera vez en 1855. Melville no dejó cartas ni diarios, al menos ninguno se ha encontrado, que revelen sus pensamientos al leer las memorias de Delano, ni qué le llevó a novelar la experiencia de Delano a bordo de la nave controlada por los rebeldes. Pero para la década de 1850, Melville estaba preocupado por la farsa de la vida moderna, por la dificultad de distinguir la apariencia superficial de la sustancia. Así que no es difícil imaginar lo que le atrajo del incidente, y en particular al embaucado Delano.

Delano, un navegante experimentado que emprendía su tercer viaje alrededor del mundo y antepasado lejano de Franklin Delano Roosevelt, no sabía qué pensar de Cerreño. Estaba incómodo frente a su homólogo español, incluso después de haberse convencido de que aquel hombre no era un bandido. Delano confundió el trauma de Cerreño -el efecto del hambre y de la sed y de haber vivido durante casi dos meses, bajo amenaza de muerte, tras haber sido testigo de la ejecución de la mayor parte de su tripulación- tomándolo por arrogancia, como si el aristocrático aspecto del español, vestido con una chaqueta de terciopelo y unos pantalones negros algo flojos, le hiciera creerse demasiado bueno para conversar con un inglés de Nueva Inglaterra vestido con un simple abrigo.

Los africanos del oeste, especialmente las mujeres, también hicieron que Delano se sinntiera incómodo, aunque no podía decir por qué. Había cerca de 30 mujeres a bordo, entre ellas viejas, niñas y unas nueve madres con hijos lactantes. Poco después de la llegada de Delano, las mujeres tomaron a sus hijos y se reunieron en la popa, donde comenzaron a cantar una melodía que Delano no reconoció. Tampoco entendía aquellas palabras, aunque la canción tenía el efecto opuesto al de aquella mezcla calmante de idiomas que le había dado la bienvenida a su llegada. Sonaba como un lento canto de muerte.

Luego esteba el siervo de Cereno, Mori, que nunca se separaba de su amo. Cuando los dos capitanes se fueron bajo cubierta, Mori les siguió. Cuando Delano pidió a Cerreño que despachara al esclavo para que pudieran tener unas palabras a solas, el español se negó. El africano occidental era su “hombre de confianza” y su “compañero”, insistió, de modo que Delano podía hablar libremente delante de él. Mori era, dijo Cereno, el “capitán de los esclavos”.

Al principio, a Delano le hizo gracia la atención que Mori prestaba a las necesidades de su amo. Sin embargo, comenzó a molestarle, culpando vagamente al negro por el malestar que sentía hacia Cereno. Delano empezó a obsesionarse con el esclavo. Mori, escribió más tarde, “excitaba mi asombro”. Otros africanos occidentales, entre ellos el padre de Mori, Babo, también estaban siempre alrededor, “siempre escuchando”. Ellos parecían anticipar los pensamientos de Delano, revoloteando a su alrededor como un banco de peces piloto, llevándolo primero por allí, luego por allá. “Todos se volvieron hacia mí como un benefactor”, dijo Delano en sus memorias, A Narrative of Voyages and Travels, publicadas en 1817 y en las que, 12 años después de los hechos, aún confundía la forma en que pensaba que los rebeldes lo vieron ese día con la forma en que en realidad lo vieron. “Me embaucaron”, escribió.

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Los acontecimientos cotidianos tienen la simetría triangular de un juego y la profundidad histórica y psicológica de una epopeya griega. La Odisea de Homero no trata de la esclavitud, pero habla de un personaje, Ulises, que muchos estudiosos piensan que representa al primer “yo moderno”, porque no sólo tiene una vida interior, sino la astucia de manipular esa vida para crear un cisma entre lo que se ve en el exterior y lo que existe en el interior. “Yo no soy nadie”, dice Ulises, jugando con las sutilezas del lenguaje para embaucar a los Cíclopes, y eso es exactamente lo que Mori, Babo, y el resto de la troupe de esclavos-rebeldes tratan de hacer para escapar de Delano -actuar como si fueran esclavos sin importancia, a los que nadie prestaría atención.

Aparte de su audacia, lo más fascinante de la artimaña es cómo es expuesta una falsedad mayor, en la que se basaba todo el edificio ideológico de la esclavitud: la idea de que los esclavos eran gentes sencillas y leales que no tenían vida o pensamientos independientes o que, en caso de tener un yo interior, también estaba sometido a la jurisdicción de sus amos, pues también era propiedad. Lo que se veía en el exterior era lo que había en el interior. Los africanos del oeste utilizaban talentos que sus amos decían que no tenían (la razón y la disciplina) para dar un mentís a los estereotipos de lo que decían que eran (lerdos y fieles).

Y lo hicieron en condiciones extremas. Estaban agotados y moribundos. En el transcurso de dos años, los africanos del oeste, muchos de los cuales, incluyendo a los líderes de la revuelta, eran musulmanes, habían trazado su camino a través de medio mundo sin perder de vista el calendario lunar islámico. Fueron llevados primero a Montevideo y Buenos Aires, conducidos a marchas forzadas por todo el continente de América del Sur, sobre las pampas hipnóticamente planas y luego hasta los Andes, alrededor de la montaña más alta de las Américas, en Chile, donde, en Valparaíso, les embarcaron en el Tryal. Después de casi dos meses navegando por el Pacífico, la descarga de poder que provenía de su levantamiento se había tornado en desesperación a medida que la comida y el agua se agotaban. Dos mujeres y sus dos hijos pequeños habían muerto en el momento en que Delano subió a bordo. Se requiere un enorme autocontrol para resistir la tentación de luchar o rendirse, de hacer lo necesario para conseguir agua y alimentos. Pero lo hicieron.

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Fue solo por la tarde, alrededor de las 4, que Mori, sintiendo una oleada de orgullo por haber sacado adelante la artimaña, se salió del personaje y la trama se deshizo. Delano, dándose cuenta de lo profundo de su engaño, preparó entonces a sus hombres para desatar una violencia horrible, una que traicionó sus propios principios republicanos. La rebelión fue sofocada, algunos de los esclavos muertos y el Tryal fue puesta finalmente bajo las órdenes de Cereno.

Hace algunos años, cuando le dije por primera vez a mi editora que quería escribir un libro sobre este acontecimiento, me preguntó cómo planeaba distinguir la realidad histórica de la ficción de Melville.

Benito Cereno es una de las piezas de escritura más sombrías de la literatura americana. Publicado por entregas a finales de 1855, a medio camino entre el fracaso comercial y crítico de Moby Dick y el inicio de la Guerra Civil, la novela se lee como la edición diabólica de La Cabaña del tío Tom de Harriet Beecher Stowe, que había aparecido un par de años antes. Allí donde Stowe trató la abolición presentandon a los esclavos del sur como inocentes y mártires cristianos, los africanos occidentales de Melville son crueles y engañosos. Actúan como Toms, pero en realidad son Nat Turners.

“¿Quién no es esclavo?”, hizo Melville que Ismael se preguntara en Moby Dick en 1851. Hay alegría en la pregunta, así como en la respuesta implícita- nadie- hay una aceptación del hecho de que los seres humanos, por la pura fuerza del ser humano, se unen entre sí. Cuatro años más cerca de la guerra civil, Melville podría haber tenido esa pregunta en mente de nuevo cuando escribió Benito Cereno. La respuesta habría sido la misma, aunque las consecuencias más sombrías. No había gentes libres a bordo del Tryal (llamado San Dominick en la novela). Obviamente no Cereno, hecho rehén por los africanos del oeste. Ni Babo y el resto de los rebeldes, obligados a imitar su propia esclavitud y humillación. Y tampoco Amasa Delano, encerrado en la suave celda de su propia ceguera.

La mayor parte de Benito Cereno tiene lugar en la mente ficticia de Delano. Página tras página se dedica a sus ensoñaciones, y los lectores experimentan el día a día a bordo del barco -que estaba lleno de rituales extraños, comentarios crípticos, símbolos peculiares- tal como él lo experimenta. Melville mantiene en secreto, al igual que fue un secreto para Delano, el hecho de que los esclavos hagan funcionar las cosas. Y como el verdadero Delano, la versión de Melville queda transfigurada por la relación del capitán español con su esclavo negro.

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En el relato, los Babo y Mori históricos se combinan en un solo personaje llamado Babo, que gentilmente se ocupa del quebrado capitán español, limpiándole la saliva de su boca y acogiéndole en sus brazos negros cuando parece desmayarse. “Teniendo ante sí al hombre y a su a mo, el negro sosteniendo al blanco”, escribe Melville, “el capitán Delano no pudo sino percatarse de la belleza de una relación que ofrecía tal espectáculo de fidelidad por una parte y de confianza por la otra”. Lo que Melville está haciendo aquí es tomar la famosa alegoría amo-esclavo de Hegel -una díada de interdependencia-, añadiendo un testigo para que sea un trío. Pero el testigo es demasiado denso para comprender lo que está presenciando.

Benito Cereno excita de manera poderosa la imaginación, que es lo que impulsó la pregunta de mi editora. Ella pensó que me sería difícil escapar de su servidumbre. No recuerdo exactamente cómo le respondí, pero estoy seguro de que me sacudí la preocupación, pensando que los asuntos de la vida real merecen su propio tratamiento y que realmente no sería tan difícil hacerlo con la integridad que merecía, distinguiendo ficción de realidad.

Estaba en lo cierto, hasta cierto punto.

Benito Cereno es psicológicamente sofocante. Apretujados en la cubierta de una goleta de tamaño mediano, la novela transmite una específica claustrofobia al lugar y el momento en que fue escrita: un país sellado dentro de sus propios prejuicios, que se tambaleaba hacia la guerra. Por el contrario, yo quería escribir un libro que revelara un panorama más amplio, una historia global en sus miras y de largo alcance en el sentido moral, que se desbordara más allá de las fronteras nacionales e imperiales, situada en cuatro continentes y dos océanos.

Que Babo, Mori y algunos de los demás compañeros suyos fueran musulmanes (un hecho que jugó un papel importante en su rebelión y en el engaño) significó que tres de las más grandes religiones monoteístas del mundo – el catolicismo romano de Cereno, el protestantismo liberal de Delano y el islam de los africanos occidentales- se enfrentaban entre sí en el barco de esclavos.

La historia del Tryal no es que se desarrolle a la sombra de una guerra fratricida intestina, sino en la cresta de una revolución internacional: la Era de la Libertad, justo después de que Haití se declarara independiente, en el momento de la expansión del mercado capitalista y la difusión de trabajo asalariado estaban redefiniendo lo que significaba ser un esclavo y lo que significaba ser libre.

Babo, Mori, y el resto de sus compañeros del África Occidental llegaron a la altura de lo que los españoles, sin andarse con rodeos, llamaron “comercio libre de negros” -la desintegración, a partir de la década de 1770, de las estrechas normas mercantiles que durante siglos habían limitado el comercio de esclavos. Llegaron más esclavos a Montevideo y Buenos Aires en 1804, año en que llegaron los rebeldes del Tryal, que en cualquier año anterior, como parte de un ejército de trabajadores forzados que estaban impusando una revolución del mercado que pronto transformaría la relación de las colonias americanas con España (y, en el caso de Brasil, con Portugal).

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En los últimos años, historiadores como Walter Johnson, en River of Dark Dreams: Slavery and Empire in the Cotton Kingdom (Harvard University Press, 2013), y Adam Rothman, en Slave Country: American Expansion and the Origins of the Deep South (Harvard, 2005), se han centrado en los estrechos y reforzados vínculos que se forjaron en los Estados Unidos después de 1812 entre la esclavitud, la expansión territorial y el capitalismo. Rastrear el angustioso viaje de los rebeldes Tryal por el Pacífico Sur amplía esa imagen, dejando al descubierto la explosión de esclavitud en Louisiana, el delta del Mississippi y Texas como la última fase de una historia mucho más extensa y transamericana.

En América del Sur, a partir de la década de 1770, la conducción de más y más seres humanos hacia el interior del continente, la apertura de nuevas vías de esclavos y la expansión de las antiguas, conectó los mercados del interior y creó circuitos locales de finanzas y comercio. Los pueblos esclavizados fueron a la vez inversiones (comprados y luego alquilados como jornaleros), crédito y garantía (utilizados para asegurar los préstamos), propiedad, bienes, productos básicos, poder de consumir (a muchos se les pagaban salarios) y capital, haciendo de ellos una extraña mezcla de valor abstracto y concreto en la nueva economía de mercado de la América española.

“El libre comercio de negros” creó la riqueza que, dos décadas después del episodio del Tryal, haría posible independizarse de España. Escribiendo en la década de 1970, Edmund S. Morgan, de la Universidad de Yale, fue uno de los primeros historiadores modernos en explorar plenamente lo que él llamó “la paradoja central” de la Era de la Libertad: fue también la era de la esclavitud. Morgan se estaba refiriendo específicamente a la Virginia colonial, pero la paradoja se puede aplicar a todas las Américas, del Norte y del Sur, del Atlántico hasta el Pacífico, conforme demuestra la historia que nos conduce hasta e incluye acontecimientos como el del Tryal. Lo que era cierto para Richmond no lo era menos para Buenos Aires y Lima -la libertad americana dependía y fue definida por la esclavitud americana.

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Puede parecer una abstracción decir que la Era de la Libertad fue también la Era de la Esclavitud. Pero tengamos en cuenta estas cifras tomadas de la base de datos de la Trans-Atlantic Slave Trade Database: de los conocidos 10.148.288 africanos que fueron conducidos en barcos de esclavos con destino a las Américas desde 1514 a 1866 (de un total de al menos 12,5 millones, según estiman los historiadores), más de la mitad, 5.131.385, embarcaron después del 4 de julio de 1776.

Resultó que una vez terminado el libro, su escritura era, en términos de alcance y extensión, más melvilleano que la propia hermética ficción de Melville. Debería haberme contentado con que esta ironía hablara por sí misma. Pero no pude. Había algo fundamentalmente falso, y al mismo tiempo fundamentalmente cierto, en el retraro que hace Melville de Amasa Delano, y la contradicción era difícil de ignorar.

Melville pinta a Delano como un hombre de “naturaleza singularmente confiada”, un “norteamericano de franco parecer”, lo que sugiere que veía el mundo solo en blanco y negro, incapaz de captar los matices grisáceos. Frente al peligro, es despreocupado. Ante la oscuridad, se pierde en sus propios pensamientos joviales. Andrew Delbanco, profesor de estudios americanos, lo describe como “un personaje a quien reconocemos como un antepasado de los estadounidenses inexpertos que caminan a través de las novelas de Henry James confundiendo la malicia con el encanto, metiento la pata en situaciones que no comprenden, con las consecuencias no deseadas de sus buenas intenciones”.

Es un retrato imponente, uno de los primeros de los tantos inocentes que, en el extranjero y a lo largo de los años, ha permitido a los estudiosos a componer una descripción demasiado fácil de las deficiencias de los Estados Unidos. Durante la guerra fría, los críticos literarios leían la “inocencia” de Delano, representada en su incapacidad para reconocer a Babo como un mal “existencial”, como metáfora de unos Estados Unidos que asumían a regañadientes su posición de responsabilidad en el mundo. Más recientemente, tras el 11 de septiembre de 2001, el politólogo Benjamin R. Barber, con la esperanza de revivir un liberalismo inflexible para combatir el terrorismo en el extranjero y frenar el neoconservadurismo imprudente en casa, ha identificado al Delano de Melville como “ajeno no solo a las vetustas corrupciones de tierras extranjeras que se tambalean bajo el peso de historias despóticas sino a los males que residen en el propio corazón de América”.

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El verdadero Delano es mucho más complicado. Su vida no encapsula el agotamiento de la revolución americana, como Melville lo experimentó en la década de 1850, sino la apertura de la revolución y el sentido de posibilidad. Delano era un nuevo hombre americano, parte de una generación que se había desembarazado del plomizo calvinismo para abrazar un optimismo religioso y secular sin precedentes, una creencia insurgente según la cual la condición natural del hombre era la libertad.

El día en que se encontró con el Tryal, Delano estaba en el Pacífico cazando focas. Excepto que allí no quedaban focas por cazar. Se encontraba en la depresión de uno de los auges y colapsos más considerables de la historia económica. En un período extraordinariamente corto de tiempo, a partir de la década de 1790, las focas fueron golpeadas hasta casi la extinción en una isla tras otra. La moraleja de su historia -no solo el incidente del Tryal, sino todo el arco de su trágica vida, llena como estuvo de otras decepciones y engaños- no se encuentra en un supuesto exceso de virtud o inocencia, sino más bien en las presiones de la vida cotidiana a las que se enfrentó tratando de controlar la mano de obra y de gestionar la disminución de los recursos naturales en los primeros días de una frontera americana en expansión.

Sin embargo, Melville capta algo en su interpretación de Delano que es asombrosamente correcto, al capturar un nuevo e insidioso tipo de racismo republicano: en los Estados Unidos al menos, una respuesta al desafío que la esclavitud plantea a la promesa de auto-creación de los Estados Unidos fue hacer del ideal de la libertad un fetiche, para medir ese ideal no según las dependencias y embelecos que todos los seres humanos encuentran a fuerza de ser humanos, sino en oposición a la más brutal expresión de cautiverio de la historia.

En otras palabras, la revolución del mercado de esclavos -el “libre comercio de negros”- que se propaga a través de las Américas a partir de la década de 1770 consolidó tanto el ideal del hombre libre como su contrario, el esclavo, sobre el que se perfeccionó ese ideal. El Delano de Melville se cree un hombre libre, responsable ante su propia conciencia personal, que controla sus pasiones interiores, liberado para perseguir sus propios intereses, una creencia de que sólo puede existir en relación con su opuesto imaginado: Babo, el sirviente-esclavo.

Esta es la forma, finalmente, en la que reconcilio, o al menos lo intento, ficción y realidad: el cuento de Melville describe las estructuras profundas de un racismo que nació con la posesión de esclavos, pero que no murió con ella, un racismo que, en los Estados Unidos al menos, se injertó en ella, mientras que al mismo tiempo se disfrazaba con una potente suerte de individualismo, de un culto a la supremacía individual, basada no sólo en la fantasía de que algunos hombres nacen esclavos naturales, sino de que otros podrían ser absolutamente libres.

Un sentimiento de temor impregna Benito Cereno, el de que la fantasía no se acabará, el de que tras la abolición, si abolición llega alguna vez, se adaptará a las nuevas circunstancias, llegando a ser aún más difícil de alcanzar, aún más arraigada en los asuntos humanos. Esa previsión del relato es, en comparación, digamos, con La cabaña del tío Tom, lo que lo convierte en una obra de arte duradera.

Los acontecimientos que inspiraron a Melville, no solo la treta, sino la más amplia historia que llevó a todos los involucrados al Pacífico, tanto a engañados como a engañadores, revela la magnitud de la fantasía, las formas en que el “libre comercio de negros” sirvió como fuerza multiplicadora. Tomó el engaño original de la esclavitud y lo insinuó en todos los aspectos de la vida y el pensamiento del Nuevo Mundo.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13320

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