El giro global: historiadores y sus grandes obras

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15 de febrero de 2014 por difundimos

Permítanme recuperar hoy un texto que tiene ya unos meses. En este caso, la demora ha sido consciente y decidida, esperando lo que era inminente aparición de algunos de los volúmenes que se citan en esta reseña, por lo demás interesante y polémica, como advertirán de inmediato. El autor de la misma es David A. Bell, Lapidus Professor de historia en Princeton, de quien no hace mucho se ha traducido La primera Guerra Total. La Europa de Napoleón y el nacimiento de la guerra moderna (Alianza), que en esta ocasión evalúa un libro aparecido a finales de 2012: A World Connecting, 1870-1945 (Belknap Press), editado por Emily S. Rosenberg. En cuanto a los volúmenes a los que me refería, ya han aparecido: en diciembre se presentó la traducción inglesa del impresionante trabajo de Jürgen Osterhammel titulado Die Verwandlung der Welt(Beck), vertido como The Transformation of the World: A Global History of the Nineteenth Century (Princeton); y en enero debe aparecer el sexto tomo de la misma colección al que pertenece el de Rosenberg, Global Interdependence. The World after 1945 (Belknap Press), editado por Akira Iriye.

Como he anticipado, la recensión es muy interesante, pero igualmente polémica, tanto por las críticas que realiza al “giro global” y al tipo de historia que este representa, la llamemos global, mundial, transnacional, cruzada o conectada, como porque lo da por agotado, algo que quizá sorprenda a los que aún no se habían dado por enterados. Menciona también la paradójica relación que ha llegado a existir en determinados trabajos entre macro y micro, en concreto en las denominadas biografías globales, algo de lo que me he ocupado en otro lugar y que les invito a consultar.

Dicho lo cual, vayamos al breve ensayo de Bell, aparecido en New Republic y titulado “This Is What Happens When Historians Overuse the Idea of the Network“:

David A. Bell

David A. Bell

Sherlock Holmes, el más inglés de los personajes de ficción, no parecería un icono evidente de la globalización. Sin embargo, la novela en la que apareció por primera vez, Estudio en escarlata, comienza con las hazañas del Dr. Watson en Afganistán. En las cuatro novelas que Arthur Conan Doyle escribió sobre Holmes, dos de las tramas penden de estadounidenses que persiguen vendettas en Europa y dos son sobre fortunas adquiridas (en un caso de robo) en las colonias británicas de ultramar. En cuanto a los cincuenta y seis relatos cortos, tres cuartas partes de ellos tienen una importante dimensión exterior, por lo común más allá del continente europeo. El Londres de Holmes es una metrópoli previsiblemente exótica llena de indios, exiliados radicales europeos, ricos estadounidenses y diversos aristócratas, marinos y espías, todos ellos extranjeros. Pero incluso los crímenes que pintan al detective en el engañosamente tranquilo campo, a menudo parecen sugerir un patrimonio adquirido con las ganancias de la extracción de oro de Australia o un rencor entre soldados que data del motín de la India. El sabueso de los Baskerville, aunque ambientada en la profunda Devon, gira en torno a los esfuerzos de un inglés nacido en Costa Rica por robar una fortuna acumulada en Sudáfrica por un primo canadiense.

Desde hace muchos años, la última moda entre los historiadores ha sido descubrir pasadas conexiones globales de este tipo. En el llamado “giro global” en la historiografía contemporánea, estudiar la forma en que las potencias occidentales han afectado al resto del mundo, un tema venerable, no ha sido lo suficientemente simple. La tarea ha consistido también en mostrar cómo el resto del mundo afectó a Occidente; cómo las ideas y prácticas fluyeron hacia atrás y hacia adelante en un flujo constante de apropiación, transformación y resistencia; cómo la opresión del fuerte se topó con las “armas de los débiles”; y cómo puede hacerse esta reprimida historia “subalterna”. En otras palabras, no es simplemente una cuestión de desacreditar las reivindicaciones de una “misión civilizadora” occidental, algo en lo que la mayoría de la gente en Occidente dejó de creer hace décadas. También es una cuestión de rescatar la “acción” de los pueblos no occidentales, para asegurarse que no son tratados como objetos pasivos de la actividad Occidental. Ha sido una cuestión de mostrar cómo, incluso en los pasados relativamente lejanos, los patrones globales de circulación, intercambio, explotación y agresión dieron forma a fenómenos que, en su momento, los historiadores consideraron puramente locales. Y ha sido una cuestión de aplicar, incluso a períodos históricos muy distantes, la determinante metáfora de la era digital: la “red”.

Laurent Dubois, Avengers of the New World: The Story of the Haitian Revolution (Cambridge: Harvard University Press, 2004)

Laurent Dubois, Avengers of the New World: The Story of the Haitian Revolution (Cambridge: Harvard University Press, 2004)

 

El impulso inicial que hubo tras este giro fue claramente, aunque a menudo de forma incipiente, político. Revelaba cómo incluso los patrones tempranos de la globalización se extendían, al modo de un iceberg, muy por debajo de la superficie visible de la política, mientras el comercio parecía una forma eficaz de aumentar la sensibilidad a la persistencia de los patrones a largo plazo de la desigualdad y la explotación actuales, en particular en lo que se refiere al “sur global”. Demostraba las múltiples formas en que los pueblos particulares o bien resistían las formas de la globalización o bien se las apropiaban para su propio uso, permitiéndoles servir como modelos de inspiración. Por poner un ejemplo destacado, historiadores como Laurent Dubois han interpretado las grandes revueltas de esclavos en el Caribe francés en la década de 1790 no como una simple explosión de rabia contra la horrible opresión, ni como un mero eco de las revoluciones europeas. Las revueltas habrían surgido más bien como un proceso complejo en el que los esclavos rebeldes tomaron las ideas europeas sobre derechos y libertad, mezclámdolas con ideas y prácticas del Caribe y África para crear algo completamente nuevo.

Con el tiempo, las operaciones ordinarias de la vida académica han mitigado el mensaje político. Las peleas han pasado factura. ¿El fuerte énfasis en la “agencia” de los pueblos indígenas resta ingenuamente importancia a la brutal realidad de la explotación imperial? ¿O, por el contrario, focaliza en exceso sobre el final de la explotación haciendo los pueblos indígenas parezcan nada más que víctimas pasivas, manteniendo así al mismo Occidente en el centro de la historia? Cautelosos a la hora de aventurarse por esos campos minados, muchos historiadores “globales” ahora encierran toda afirmación vacilante en una sofocante gasa de precauciones y cualificación. Mientras tanto, la esperanza de participar en una potente y excitante tendencia intelectual (junto, quizá, con la perspectiva de los viajes de investigación invernales a Barbados o Goa) ha atraído a muchos estudiosos con poca preocupación por las apuestas políticas originales.

Con todo, la tendencia ha ganado en fuerza y amplitud. Lo que la historia social fue en los años 1960-1970 y la historia cultural para los 1980-1990, la historia mundial lo es en las primeras décadas del nuevo siglo. Hace cuarenta años, un joven historiador interesado en la era de la revolución americana podría haber llevado a cabo una tesis sobre cómo la independencia afectó a la vida cotidiana de un pequeño pueblo de Nueva Inglaterra. Hace veinte años, podría haber rastreado los discursos de la masculinidad en los periódicos de la temprana república. Hoy en día, lo más probable es que un tema típico incluya el impacto de productos básicos “globales” como el té y el vino en ciudades de Estados Unidos, o el papel de los marinos extranjeros a bordo de buques mercantes americanos o el establecimiento de redes de correspondencia entre propietarios de esclavos de América del Sur y del Caribe. Al igual que con anteriores “giros”, los defensores de este último insisten en la necesidad de aplicar sus conocimientos a todo tipo de temas conocidos. Incluso hay una creciente literatura desde esta perspectiva dedicada, sí, a Sherlock Holmes (un artículo reciente en Critical Review lleva el título de “Sherlock Holmes, la delincuencia y las ansiedades de la globalización“).

En su lado bueno, este nuevo trabajo abre nuevas y notables perspectivas sobre el pasado. Antes era posible que los historiadores dedicaran toda su carrera a los estudios revolucionarios franceses (mi especialidad) sin prestar la más mínima atención al hecho de que la Francia revolucionaria poseía colonias en el Caribe. Sin embargo, el crecimiento prerevolucionario de la economía francesa se debió principalmente a la espectacular expansión de la producción de azúcar en estas colonias. Esta producción, dependía a su vez de un número masivo de esclavos, cuyas condiciones de trabajo estaban en algunos casos entre las más brutales y nunca vistas en el planeta. En 1789, las tres pequeñas colonias francesas de Martinica, Guadalupe y Santo Domingo (hoy Haití), con una superficie total aproximadamente igual a la de Massachusetts, tenían tantos esclavos africanos como todos los Estados Unidos (aproximadamente 700.000). La mayoría de ellos habían nacido en África, y en promedio sobrevivían poco más de una década tras su llegada al Nuevo Mundo. En 1791, estos esclavos se levantaron en la rebelión de esclavos más grande jamás vista en la historia. En 1794, la Francia revolucionaria se convirtió en el primer imperio europeo en abolir la esclavitud (aunque más tarde Napoleón restableció la misma). El “giro global” ha insistido con razón en que la historia de la Revolución Francesa ha de tener plenamente en cuenta estos hechos. Ha hecho cosas similares a muchos otros temas.

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Ha demostrado tener menos éxito, sin embargo, a la hora de proporcionar nuevas narraciones globales con las que dar sentido a la experiencia humana pasada. Un clásico del género, tal como El nacimiento del mundo moderno, 1780-1914 de C.A. Bayly, publicado en 2003, señaló brillantemente las conexiones y paralelismos entre partes remotas del mundo, destacó el crecimiento de las redes de comunicación y transformación, concluyendo con una reflexión incisiva sobre la “gran aceleración” de los años 1890-1914, cuando el mundo entero parecía ir a toda velocidad hacia el conflicto dramático, en medio de un eclipse de las antaño esperanzas liberales. Sin embargo, incluso a un escritor magníficamente fiable como Bayly le resultó difícil juntar continentes y océanos en una historia coherente. Y cuando se trata de explicar “los motores del cambio”, solo pudo ofrecer dos escuálidas páginas y media donde propone, como clave, nada más que “la concatenación de los cambios producidos por las interacciones de los cambios políticos, económicos e ideológicos en muy diferentes niveles” -una declaración vaga y lo suficientemente abstracta para ser aplicada prácticamente a cualquier situación histórica y en cualquier lugar.

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A pesar de este problema -o quizá debido a ello- los defensores del giro mundial han desarrollado una especie de obsesión por la síntesis. Las editoriales sacan enciclopedias, manuales, compendios y diccionarios de historia mundial más rápido de lo que cualquier persona puede seguir, y mucho menos leer. Las revistas especializadas se llenan con foros, discusiones y debates en línea sobre el “estado del campo”. Y los autores particularmente ambiciosos han producido sus propios trabajos, cuanto más voluminosos mejor, a fin de hacer justicia, la más completa posible, a lo que es literalmente la más amplia historia humana. Algunos años después del relativamente esbelto volumen de 540 páginas de Bayly, el erudito alemán Jürgen Osterhammel pesó (“pesó” es la palabra adecuada) una historia de 1.568 páginas del siglo XIX, titulada La transformación del mundo. Y ahora Osterhammel se ha asociado con Akira Iriye para editar una historia del mundo en seis volúmenes, en inglés y alemán, de los cuales el tomo de 1.161 páginas del que me ocupo [el quinto], y que abarca los años 1870-1945, ha sido el primero en aparecer. Consta de cinco “capítulos”, cada uno de los cuales, si se publicara por separado, ya habría ocupado una longitud respetable en las estanterías.

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Este tomo, editado por Emily Rosenberg, proporciona un excelente ejemplo de lo que el cambio global puede y no puede lograr. Cada uno de sus cinco capítulos se basa en una gran variedad y cantidad de fuentes. Cada uno se las arregla no solo para sintetizar este material, sino también para plantear nuevas afirmaciones al respecto. En conjunto, los capítulos ofrecen un amplio panorama de la forma en que ciertos tipos de conexiones globales cambiaron entre 1870 y 1945. Pero otras conexiones son extrañamente descuidadas. Y a pesar de los valientes esfuerzos de los autores, los capítulos muestran lo difícil que es escribir de una manera atractiva sobre un tema tan amplio y amorfo, desarrollando marcos explicativos generales que sean convincentes.

El volumen analiza el tema general de las “conexiones globales” en cinco partes irregulares: cooperación, intercambio, movimiento, coacción y resistencia. La propia Rosenberg se ocupa de la primera, en un capítulo virtuoso que examina todas las variedades imaginables de conferencias y acuerdos internacionales: la estandarización de las zonas horarias, de los deportes, de la distribución de películas, de la declaración de guerra y el tratamiento de los prisioneros, de la banca, la moneda y el comercio, de las líneas de ferrocarril y el telégrafo internacional, de los intercambios artísticos, científicos y profesionales, por no hablar de la Liga de las Naciones. Rosenberg analiza los intentos fallidos de internacionalismo, como el movimiento esperantista, y muestra cómo las formas de entretenimiento desarrollaron audiencias globales. El período que sale de sus páginas es como una red global frenética. (De todos los autores, Rosenberg es la que está más enamorada de la imagen de “la red”, a pesar de que su copa metafórica rebosa con invocaciones de “corrientes”, “vías entrelazadas”, “flujos conectados”, y “el reino fluido de los trans-”). Lo más interesante es cuando argumenta que el cataclismo de la Primera Guerra Mundial terminó interrumpiendo sorprendentemente poco ese proceso.

Dirk Hoerder adopta un tono más sombrío en su capítulo sobre la migración y el movimiento. La primera imagen que viene a una mente americana, al considerar la migración en este período, es por lo general la de gentes acurrucadas a bordo de un navío mirando con asombro la Estatua de la Libertad. Hoerder muestra, con estadísticas de sobra, lo poco que esto capta de la imagen global. Distingue cuidadosamente entre diferentes tipos de migrantes -migrantes libres, trabajadores migrantes, trabajadores contratados, refugiados, personas desplazadas- y apunta a los grandes flujos de la humanidad que los barcos de vapor y los ferrocarriles hicieron posible en todo el mundo. Los indios se trasladaron al otro lado del imperio británico, a África, e incluso a América del Sur. Los rusos se expandieron hacia el este, a Siberia, los chinos hacia abajo, al sureste de Asia. El reverso de los flujos a veces importaba casi tanto como los propios flujos originales. Y en la historia de las migraciones, los conflictos internacionales tuvieron un impacto cada vez mayor, con los refugiados desempeñando un papel cada vez mayor del movimiento en general. Steven Topik y Allen Wells también subrayan la discontinuidad y las desiguales relaciones de poder en una contribución más centrada en los flujos de mercancías. Los procesos industriales, según ellos, se podrían haber hecho sentir en la agricultura tanto como en los sectores más “avanzados” de la economía mundial, pero la distribución de los beneficios se mantuvo tremendamente desigual y la promesa de la prosperidad mundial quedó en gran parte incumplida.

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La coacción y la resistencia dominan las contribuciones de Charles Maier, sobre el Estado, y de Antoinette Burton y Tony Ballantyne, sobre los imperios. Espléndido capítulo el de Maier, el más largo del volumen, también con una tesis clara: demostrar lo que él llama “una intensificación decisiva de la ambición del Estado y el poder gubernamental” en todo el mundo. (El ensayo tiene el inspirado título en “Leviatán 2.0″). Maier es particularmente bueno al mostrar las formas en que la mejora de las comunicaciones y el transporte habrían facilitado nuevas formas de poder estatal, pero también ayudado a provocar la revolución por doquier, de México a China pasando por Rusia. También se pone lírico tratando la crueldad con la que la ampliación de los estados territoriales subyugó e incorporó a diversos pueblos aplicando patrones más nómadas de asentamiento y de organización política, desde las Grandes Llanuras de América al Asia Central. Burton y Ballantyne, por su parte, asumen la formidable tarea de discutir tanto el imperialismo como el antiimperialismo en poco menos de 150 páginas. Su capítulo busca, sobre todo, desacreditar la idea generalizada de que los movimientos de descolonización en realidad solo alcanzaron una masa crítica con los trastornos de la Segunda Guerra Mundial. Por el contrario, sostienen que estos movimientos tomaron cuerpo en conjunto con el propio imperialismo -y, sobre todo, que tomaron cuerpo entre los imperios, no solo dentro de ellos. Sostienen que W.E.B. Du Bois, quien llamó a la solidaridad mundial de los pueblos africanos y asiáticos, fue un excelente ejemplo de creación de redes antiimperialistas, señalando que este oponente afroamericano de empresas estadounidenses en el extranjero “comparó las calles de Shanghai a las de Mississippi, incitando a los banqueros chinos a resistir la dominación del capital europeo”.

En resumen, las contribuciones reunen un notable cuerpo de conocimientos acerca de las conexiones y las redes mundiales. Y, sin embargo, hay también mucho ausente. Para empezar, los lectores del libro aprenderán mucho más sobre los sistemas postales, telégrafos y teléfonos que sobre las ideas transmitidas a través de ellos. Tal vez nada creara más intensas solidaridades internacionales en el período entre 1870 y 1945 que las ideas socialistas -”Trabajadores del mundo, uníos!” no fue sino una llamada a la conexión global. Gracias al socialismo, argumentos casi idénticos sobre medios y fines, etapas del desarrollo histórico, así como capital y industria, se estaban desarrollando simultáneamente en Santiago y Beijing, Londres y Nueva York (no en vano Lionel Abel llamó en la década de 1930 al City College de la ciudad de Nueva York “la parte más interesante de la Unión Soviética … una parte de ese país en la que la lucha entre Stalin y Trotsky podría expresarse abiertamente”). Sin embargo, el capítulo de Rosenberg apenas dedica cuatro páginas al asunto. El libro en su conjunto menciona docenas de organizaciones internacionales, como el Bird Preservation y el Inter-American Price Coffee Board, pero dedica exactamente tres frases a la Primera y Segunda Internacionales Socialistas. No mucho mejor lo hace con la transmisión de las ideas religiosas, o sobre las vías de nuevas formas de “conexión global”, a veces construidas sobre otras más antiguas, desarrolladas por la más exitosa de las organizaciones internacionales, la Iglesia Católica Romana.

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A pesar de sus abundantes estadísticas sobre flujos de mercancías, el libro también tiene muy poco que decir sobre cómo se utilizaban realmente los productos básicos, y sobre la vida cotidiana en general. Una de las características más notables de la época entre 1870 y 1914 fue el surgimiento de las culturas de clase media intimamente relacionadas en gran parte de Occidente -y cada vez más fuera de él también. Las burguesías emergentes del momento dieron una enorme importancia a unas vidas familiares bien ordenadas y cultivadas, con “compañerismo”, con roles muy restringidos para las mujeres. Fueron, en gran medida, los productos (masculinos) de esos hogares los que crearon las organizaciones internacionales examinadas por Rosenberg; el personal de las burocracias nacionales e imperiales trazadas por Maier, Burton y Ballantyne; y por supuesto los que consumían los productos estudiados por Topik y Wells, desde los antiguos, como el azúcar y el tabaco, a los recién llegados, como el petróleo y el caucho para neumáticos. Burton y Ballantyne relatan una anécdota reveladora sobre la forma en que un líder nacionalista indio se apropió y adaptó las nociones occidentales de la domesticidad de la clase media, pero el libro deja en buena medida intactos la mayor parte de estos temas.

La gran ausencia del volumen, sin embargo, es la guerra. La conquista militar, del tipo de la realizada por Alemania y Japón en la Segunda Guerra Mundial, es la forma más directa de “conexión global” imaginable. Por otra parte, las dos guerras mundiales, con sus niveles insondables de masacre y destrucción, sin duda hicieron más por interrumpir las redes globales que cualquier otra cosa a lo largo de la historia. Charles Maier tiene muchas cosas interesantes que decir sobre la manera en que la guerra contribuyó a dar forma a su “Leviatán 2.0″. Sin embargo, los autores de este libro no ofrecen en ninguna parte una visión sistemática de la guerra durante el período, que incluyó los treinta y un años más sangrientos de la historia de la humanidad (1914-1945). Los autores podrían haber sostenido colectivamente, como Rosenberg hace por separado con referencia a las organizaciones internacionales, que las guerras mundiales realmente hicieron muy poco para interrumpir el crecimiento a largo plazo de las conexiones globales y redes. Esta habría sido una tesis interesante y provocativa, aunque tal vez muy difícil de sostener. Pero el libro en su conjunto nunca lo propugna. Y, curiosamente, si bien los autores ofrecen resúmenes eventos a los que asumen que sus lectores no estarán familiarizados, como la Revolución Mexicana de 1916, no hacen nada similar con las dos guerras mundiales. La “Masacre de Amritsar” de indios por parte de tropas británicas en 1919, con un saldo de quizá un millar, aparece tres veces en el libro, pero Stalingrado y Somme, con sus millones de muertos, no se mencionan. Sí, en un sentido Stalingrado fue una batalla “europea”, pero representaba el momento clave en la lucha por la mayor parte de la masa de tierra de Eurasia a través de la cual Hoerder traza sesudamente tantas migraciones. Stalingrado también atrajo, del lado soviético, combatientes de todas partes de Eurasia, mientras que Somme involucró a soldados coloniales de los imperios mundiales. También hay que resaltar que Winston Churchill, sin duda una figura con una relevancia algo más que pasajera en el tema de las “conexiones globales,” tiene exactamente tres referencias en el libro -menos que su compatriota David Livingstone (el del famoso “Dr. Livingstone, supongo”).

Estos problemas podrían haber sido abordados -con el riesgo de estirar un ya voluminoso libro hasta lo imposible- añadiendo otros ensayos. La ausencia de Churchill, sin embargo, apunta a un problema más general que ha afectado a la escritura de la historia mundial: cómo tratar a los individuos en historias contadas en grandes escalas, porque de hecho pocos individuos de la época lo hacen mucho mejor que él en A World Connecting. Algunos practicantes de la “historia global”, en una vuelta a las técnicas de microhistoria, han producido narrativas muy eficaces centradas en las experiencias de individuos por lo demás oscuros atrapados en las corrientes mundiales de la migración, el imperialismo y el comercio. Por ejemplo, en The Ordeal of Elizabeth Marsh, Linda Colley utiliza brillantemente la odisea de una mujer inglesa del siglo XVIII a caballo entre los cuatro continentes como una ventana a un periodo anterior de globalización. Pero una cosa es “ver un mundo en un grano de arena”, como dijo Blake , y otra contar la historia del mundo como un todo. Los autores de A World Connecting tienen que meter tanta información en un espacio tan pequeño que los individuos tienden a desaparecer de la vista, incluso cuando sus personalidades y acciones particulares tuvieron un efecto decisivo en los acontecimientos. Maier, al menos logra un breve e incisivo esbozo de Stalin. Pero trescientas páginas más adelante, aunque Hoerder reconoce la forzada migración a gran escala en la Unión Soviética, la atribuye a burócratas “soviéticos” sin rostro, a pesar de que el propio Stalin ordenó personalmente las mayores y más brutales “transferencias de población”.

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La ausencia general de las personas es una de las cosas que hace que A World Connecting, como tanta historia mundial, sea a veces difícil de leer. La necesidad de ilustrar todos los argumentos con una larga serie de ejemplos extraídos de todo el mundo también contribuye al problema. Un párrafo típico de Burton y Ballantyne salta de Taiwán a la estepa rusa y de allí al sur de África. Uno de Hoerder incluye referencias a América del Norte, Australia y Nueva Zelanda, África del Sur, África del Este, Manchuria y los Andes. Rosenberg, por su parte, es un devoto de las listas: “En Europa Occidental, en los antiguos imperios ruso, austrohúngaro y otomano, en Egipto, Turquía, India, Japón y América Latina”. Los autores no son malos escritores, pero la naturaleza misma de la obra les obliga a saltar de esta manera, y les lleva a ser muy cuidadosos a la hora de tener en cuenta las excepciones -a veces muy numerosas- a casi cualquier patrón general que planteen.

¿Es posible escribir la historia mundial de una manera más vigorosa? Supongo que sí, pero hacerlo requiere por lo general que los autores vengan armados con tesis generales, fuertes, no sólo sobre cómo cambian las cosas, sino sobre por qué. Una generación anterior de historiadores marxistas, al menos los que lograron salir gateando de debajo del caparazón de la jerga del materialismo histórico, pudieron escribir con brío excepcional sobre los eventos a nivel mundial, porque vieron estos acontecimientos como impulsadon sobre todo por un solo conjunto de procesos económicos occidentales. Pero en A World Connecting, un historiador marxista como Eric Hobsbawm es reprendido por su “perspectiva eurocéntrica”. Como dice Rosenberg en su introducción, “el volumen evita cualquier reclamación sobre la existencia de un único motivo-fuerza en la historia”. En su lugar, al igual que Bayly con sus interacciones de capas múltiples, ella nos explica que el libro hace hincapié en “el cambio como algo procesual y desigual, forjado dentro del intercambio y la relacionalidad en lugar de por un solo sentido, las fuerzas globales”. Cada uno de los autores regresa, en muchos puntos, a los efectos decisivos de las nuevas tecnologías de las comunicaciones y el transporte entre 1870 y 1945, y el libro rebosa de observaciones de contemporáneos sorprendidos por las formas en que ferrocarriles, buques de vapor y el telégrafo parecían aniquilar el tiempo y el espacio. Pero la visión general de “intercambio y relacionalidad” prohíbe unir este material en un solo argumento general. También tiene efectos lamentables, siendo suaves, en la prosa: “las relaciones recíprocas entre los impulsos de flujo y de estabilización llevó a primer plano tanto los aspectos comunes como las diferenciaciones que surgieron en el periodo” (Rosenberg), “trazar esta globalidad imperial en sus dimensiones tanto temporal como espacial, viéndola como la interacción de múltiples regímenes que se daban simultáneamente, pero de forma desigual, distribuidos a través de la superficie del mundo” (Burton y Ballantyne), y así sucesivamente. Afirmaciones como estas proliferan en el libro como mala espuma de poliestireno.

Los motivos para hacer estas afirmaciones, y los de prevenir contra las narrativas fuertes, son en cierto sentido admirables. Los autores desean evitar el reduccionismo y reconocer la muy real complejidad de los procesos globales que han trazado. Pero el hecho de que “las corrientes” fluyan en múltiples direcciones, y que las “redes” tengan múltiples nodos, no debe significar que no podamos trazar una lógica subyacente a la forma en que se desarrollaron. Los autores también son razonablemente sensibles a las críticas poscoloniales de la iteración anterior de la historia mundial, que demasiado a menudo reducía los pueblos no occidentales a la condición de “primitivos” o meras víctimas pasivas fuerara de la historia “real”. Sin embargo, a veces llevan esa sensibilidad al extremo. “Cada perspectiva o posicionamiento”, escribe Hoerder, “implica un punto de vista, particular o partidista, y margina otros de los muchos puntos de vista disponibles”. Bueno, sí. Pero no todos los puntos de vista son igualmente importantes y adecuados, y ciertamente es posible hacer distinciones entre ellos sin caer en los prejuicios eurocentristas. Por desgracia, cuando el temor al reduccionismo se alía con el miedo a la incorrección política, el resultado es muy a menudo simple banalidad: “Durante el período de 1870 a 1945 el mundo se volvió un lugar tan familiar como extraño”. ¿Acaso no lo sabemos ya?

Ciertamente, no deberíamos esperar de la historia mundial la pulcritud y el drama narrativo de un relato de Sherlock Holmes (“Y por eso, Watson, la evidencia demuestra sin lugar a dudas que el culpable es el imperialismo occidental”. “Pero Holmes, eso es lo que dijo la última vez”). Sin embargo, si es tan difícil hacer historia global de una manera satisfactoria y comprometida y sin ser injustos con los múltiples actores del drama, entonces tal vez los historiadores no deberían estar invirtiendo tanto esfuerzo y recursos en un volumen de síntesis como este. Tal vez el “giro global”, con sus perspicacia e instrucción, haya llegado al momento de los rendimientos decrecientes. El hecho de que la tecnología contemporánea, la economía y la política nos hayan hecho tan conscientes de las conexiones globales de nuestros días no significa que los acontecimientos pasados ​​siempre se traten mejor situándolos en contexto similarmente vasto. “Podría estar encerrado en una cáscara de nuez y considerarme un rey del espacio infinito”, dijo Hamlet. Muchos de los fenómenos históricos más interesantes -pensemos solo en los orígenes de la mayoría de las principales religiones del mundo- han comenzado con cambios rápidos y muy intensos que tuvieron lugar en espacios, por cierto, muy reducidos. Tal vez sea hora de volver a ellos.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13116

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