Kenneth Pomeranz: sobre lo que hacemos los historiadores

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13 de febrero de 2014 por difundimos

Kenneth Pomeranz se ha despedido de su cargo al frente de la AHA y, poco antes de dejar esa responsabilidad en manos de la profesora Jan E. Goldstein, cumplió con sus obligaciones, ofreciendo otro texto en la revista Perspectives. Con el título de “Recalling What We Do: Some Habits of Mind Historians Keep Hidden“, este es su contenido:

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A lo largo de este año, me he estado preguntado si debía dedicar mis columnas a cuestiones prácticas o a otras de tipo intelectual -y, a menudo, he tratado de combinarlas. Este último ensayo intenta, una vez más, continuar un tema del mes pasado: la importancia de la articulación, en el aula y en otros lugares, lo que es distintivo de nuestra disciplina, y cómo hacer que una clara distinción pueda ayudar a fortalecer nuestro lugar en los planes de estudios. Algo de esto corre en paralelo con el proyecto Tuning que la AHA ha estado llevando a cabo, con el próximo debate en el Social Science Research Council de diciembre (justo en este mismo momento) y con lo que muchos de nosotros estamos haciendo en el aula y para un público más amplio.

Cuando nos preguntamos por qué la historia es importante, a menudo nos centramos en el conocimiento previo. Los estudiantes deben saber por qué la privacidad es un tema particularmente delicado para muchos alemanes, por qué una frase que suena bien, como “renovación urbana”, no hace felices a todos o por qué las diferencias entre islam chií y suní importan políticamente. Y a menudo hacemos hincapié en cómo la historia desarrolla habilidades generales que compartimos con otras humanidades y con las ciencias sociales interpretativas: lectura cercana, pensamiento crítico, habilidades de comunicación, y así sucesivamente. Me adhiero a esas afirmaciones, pero también creo que nos quedamos cortos si no le damos la misma importancia a las habilidades y el conocimiento que son propios de la historia. Sospecho que a menudo no lo hacemos porque muchos de estos hábitos de pensamiento son, precisamente, hábitos; nos olvidamos de que, como señala Sam Wineburg [o Antoine Prost, por ejemplo], el pensamiento histórico es un acto antinatural y, por tanto, dejamos de mencionar algunas de las metahabilidades “no naturales” que subyacen a la buena investigación y a la docencia.

Por ejemplo, en la historia no solo estamos más acostumbrados a hacer una lectura contextual que en otras disciplinas, creamos el contexto conforme vamos acumulando fuentes. Uno puede leer a Locke en un curso de filosofía o teoría política, pero probablemente no lo leerá de forma que se planteee preguntas como: ¿Por qué estaba escribiendo en los Países Bajos, y cómo podría importar eso? ¿Qué opinaban otras personas en aquel momento sobre los niños, y cómo utilizaban la palabra “libertad”? Las habilidades de lectura que podemos transmitir a los estudiantes son más importantes que nunca en un mundo que nos bombardea con información descontextualizada. Cualquier persona con acceso a internet puede descargarse un editorial de Al Ahram y quizás diseccionar su argumento, pero se necesita más que eso para saber si ese editorial supone nuevos avances significativos en Egipto.

Tal como esto sugiere, la historia también es inusual -aunque no única- en su énfasis en la yuxtaposición de diferentes tipos de materiales, algunos de los cuales no estaban destinados a tener un significado denso. Los historiadores pueden leer afirmaciones biológicas o teológicas sobre el libre albedrío o panfletos políticos para captar la sociedad que los produce, pero también mirar los precios de los alimentos en esa sociedad, los registros de detención, las novelas por entregas o los folletos sobre nuevas promociones inmobiliarias. Aquí me gustaría destacar no solo la variedad de habilidades interpretativas que tales fuentes requieren, sino el acto de reunirlas: ¿Qué hago si la cultura popular está llena de reacciones a una ola de crímenes que no se reflejan en las estadísticas? ¿Cuándo puedo estar seguro de que un menor número de referencias a un milagro indican una creencia menos extendida? ¿Qué otro tipo de pruebas voy a necesitar? Es interesante que en una reciente encuesta a los empleadores, “la ubicación, organización y evaluación de la información contenida en múltiples fuentes (subrayado mío)” fuera citada como una de las únicas habilidades más exigidas -detrás solo del “pensamiento crítico”, “la comunicación”y otras habilidades que se enseñan en muchas disciplinas.

Pero lo que obviamente enfatizamos más que otras disciplinas es el cambio en el tiempo. Si bien puede parecer demasiado obvio mencionar la importancia de la comprensión de cómo las sociedades cambian con el tiempo, vale la pena destacar que se trata de habilidades distintivas, que a veces se eliden en los enfoques no históricos. Pensemos, por ejemplo, en los modelos de mercados que tienden al equilibrio, que nos podrían decir que un precio “erróneo” causado por la discriminación será corregido, pero no si esto va a tardar días, años o generaciones. Me acuerdo de mi compañero de asiento en un reciente viaje en avión, un ardiente defensor de la escuela privada subvencionada que había estudiado con claridad la cuestión. No se inmutó cuando le dije que la mayoría de los estudios demuestran que estas escuelas obtienen por lo general peores resultados que las escuelas normales, porque él sabía que “con el tiempo” la competencia eliminaría a las de bajo rendimiento. Sólo después de un tiempo acabó reconociendo el valor de complementar su modelo con estudios de casos concretos sobre la competencia, y concedió que los beneficios de la competencia podrían surgir con demasiada lentitud para compensar el debilitamiento de las escuelas existentes en el ínterin. En resumen, pensar en escalas temporales es menos habitual o universal de lo que pensamos, incluso cuando se trata de tipos relativamente mesurables de cambio que se producen en entornos bastante estables.

De hecho, podríamos destacar que ayudamos a los estudiantes a pensar no sólo sobre los procesos de cambio en el tiempo, sino también sobre la interacción de muchos de estos procesos con las diferentes escalas en los que suceden. En el aula, saqué algo de partido a un ejemplo simple: pedir a los estudiantes que explicaran lo que significó el desarrollo del transporte mecanizado para el transporte de caballos. La mayoría respondió rápidamente que lo destruyó o marginó, como realmente sucedió. Pero más o menos un siglo después de que los primeros ferrocarriles aparecieran, la demanda de transporte de caballos creció -y ello porque los envíos baratos de larga distancia significaban que se movían muchas más cargas y gentes, que tenían que ir y volver de la estación ferroviaria de alguna manera. Eso es también tener sentido intuitivo. Podemos ver fácilmente muchos, muchos casos en los que las consecuencias a corto y largo plazo de un determinado desarrollo van en direcciones opuestas. Los historiadores enseñan que la pregunta “¿cuál fue el resultado?” implica un marco temporal. Hay muchas respuestas, cada una de las cuales es correcta en diferentes escalas temporales y para diferentes propósitos.

Somos casi los únicos estudiosos que piensan sobre estos temas. Algunos de nuestros colegas de las ciencias sociales lo hacen, como lo hacen los científicos naturales que examinan las relaciones depredador-presa (en las que un aumento de la población en una especie afecta a la otra, creando oscilaciones predecibles) y el cambio climático (en el que los muchos circuitos de retroalimentación no son sin embargo tan bien entendidos). Los historiadores, sin embargo, somos de los pocos en reflexionar sobre este tipo de dinámicas entre los seres humanos, que a menudo toman decisiones mientras se centran en una de esas tendencias sin considerar otras. Estamos igualmente entre los pocos que ven lo central que la elección de la periodización es para lo que hacemos. Estas son, como argumenté en la columna del mes pasado, las cosas que debemos presentar de forma más consciente cuando nos dirigimos a nuestros estudiantes -tratándolos, en ese sentido, más como si fueran nuestros colegas. (Parte de mi discurso presidencial del próximo mes presentará un argumento semejante acerca de nuestros marcos geográficos). Y, más allá del aula, es fácil ver cómo las personas que trabajan con un determinado número de objetivos públicos y privados (como la reforma de la escuela) se beneficiarían de aprender a pensar habitualmente con los marcos temporales, de considerarlos con más cuidado y de cómo combinarlos.

Por último, pero no menos importante, está la construcción de los actores de nuestras historias. El psicólogo educativo Ola Hallden, analizando a los escolares de Suecia, encontró que en sus primeros intentos de explicar los acontecimientos históricos casi siempre se centraban en las motivaciones individuales: el deseo de fama que tenía Colón explicaría el contacto transatlántico, por ejemplo. Cuando se les empujaba a ir más allá y a considerar las estructuras, dice Hallden, el siguiente paso de los estudiantes solía ser atribuir motivaciones de tipo individual a grandes grupos de personas: “Alemania se resentía por Versailles” o “los campesinos querían igualdad”. Así suele ser como nos encontramos a los estudiantes, y gran parte de nuestro esfuerzo, muy apropiadamente, consiste en mostrarles por qué esto es problemático.

Mientras tanto, sin embargo, a menudo escribimos y (especialmente) hablamos como si ciertas colectividades tuvieran puntos de vista, tomaran decisiones, y así sucesivamente -tenemos que hacerlo así. Incluso si supiéramos lo que cada americano pensó e hizo en las elecciones de 1828, una imagen completa de los mismos sería una pesadilla borgiana, no una historia legible. Parte de lo que obtenemos al sumergirnos en un problema y un periodo -y al haber trabajado y leído un montón de textos sobre otros problemas y períodos- es un sentido de cómo utilizar este tipo de condensación de manera responsable: es decir, cómo simplificar sin simplificar demasiado, y cómo lo que constituye una simplificación excesiva varía con las preguntas concretas que estamos explorando. Se trata de una habilidad de inmenso valor en el “mundo real” y una fascinante búsqueda académica; sin embargo, rara vez se habla de cómo lo hacemos -al menos no con nuestros estudiantes- ni se resalta como una habilidad transferible que podemos enseñar. Tal vez por ello, me he encontrado con muchos estudiantes brillantes que piensan que los politólogos, los economistas y otros académicos simplifican demasiado, mientras que los historiadores cuentan el “relato completo”. Recordarles que no lo hacemos suele ser el inicio de una buena conversación sobre cómo decidimos lo que distingue una simplificación adecuada de otra excesiva.

Ni siquiera estoy seguro de que esta habilidad tenga un nombre. Pero creo que con frecuencia la enseñamos bien y debemos decirlo. En general, tenemos en nuestra caja de herramientas útiles más precisos de lo que a menudo advertimos, al no ser una disciplina que metodológicamente sea muy consciente de sí misma. Y si resaltamos más a menudo esas herramientas, quizá otros podrían decidir que también las necesitan.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13293

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