Bonaparte

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1 de febrero de 2014 por difundimos

En una de las recientes entradas de este blog, repasábamos los considerados mejores libros del 2013. Decíamos allí que, en lo que a Francia respecta,  una de las obras destacadas era la primera entrega del Bonaparte (Gallimard), de Patrice Gueniffey. Añadíamos que este último, discípulo predilecto de Furet, ha compuesto un libro que incide en su reiterado empeño por comprender el papel de “la voluntad en la historia“, un  libro que en los próximos meses tendrá que bregar en los escaparates con el Napoleon que Andrew Roberts tiene contratado con Penguin para el otoño de 2014. Pues bien, para calibrar el contenido de aquella biografía remitimos ahora a la reseña que Antoine de Baecque pergeñó hace algún tiempo para Le Monde. La amable crítica se titula “Bonaparte le robespierriste” y dice así:

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¿Otra vez Bonaparte? Lo menos que podemos decir es que la bibliografía es pletórica. De los miles de volúmenes que han aparecido sobre el Imperio, que sigue siendo un éxito de ventas histórico, algunos dirían que es un tema recurrente destinado a los partidarios gruñones del orden, a los amantes de las batallas, a los nostálgicos de una gloria nacional perdida. Si bien no han fallado trabajos en las últimas décadas, que ahora permiten un conocimiento detallado de la sociedad imperial francesa, y no solo el relato épico de la travesía del Gran Ejército por Europa, las biografías no han sido tan numerosas. Sin duda, la magnitud de la tarea, o el riesgo constante de desviarse por los arcenes de una época abundante, han hecho que muchos pretendientes rehusaran.

Seguramente también tiene que ver con el malentendido biográfico propio del mundo de los historiadores: el género no tiene necesariamente buena prensa, a menudo queda reservado para los jubilados universidarios o historiadores aficionados. A veces se la salva por considerarla como un campo de experimentación: ensayos biográficos que intentan abrir intrépidos atajos hacia las representaciones, el psicoanálisis, el autorretrato, la microhistoria de los destinos banales u olvidados … No es así con este primer volumen de casi 900 páginas (un Napoleón seguirá a este Bonaparte). Reivindica el canon del género y está escrito por un director de estudios de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales en plena posesión de sus facultades. Esta madurez y ese clasicismo no impiden en nada que haya una parte sutilmente provocadora: es precisamente utilizando la herramienta biográfica más convencional como se avanzan hipótesis realmente nuevas, incluso iconoclastas. Pero Patrice Gueniffey también retoma lo mejor de la tradición, para placer del lector: una erudición completa que se apoya en un enorme documentación revisada, un sentido del relato brillantemente dominado y el vigor de un estilo que, por su claridad, su arte en la fórmula, su conocimiento de la síntesis, es una reminiscencia de François Furet, el maestro reivindicado.

¿Qué hay de nuevo en esta Bonaparte? En primer lugar una cesura muy viva. Por comodidad histórica y/o sesgo ideológico, la mayoría de los historiadores han dividido la existencia del gran hombre en dos partes: 1769-1799 ( golpe de estado del 18 de Brumario) y 1899-1821. Gueniffey decide cortar su biografía en 1802. No por fetichismo a lo Hugo, sino porque la proclamación del consulado vitalicio le parece el resultado de una ambición política. Al restaurar en su provecho la monarquía hereditaria y el despotismo ilustrado, Bonaparte acaba en realidad con la Revolución. La “finiquita” en los dos sentidos del término: la termina y la perfecciona. Esta es, obviamente, la gran pregunta y el debate molesto: ¿Bonaparte es el sepulturero de 1789 o su continuador ? Al mover el cursor hacia 1802, el libro, apoyando esta tesis en cientos de documentos y un argumentario sólido, hace de Bonaparte menos un hombre de Brumario, odiado por los revolucionarios, que el consolidador de una obra de modernización que, durante los tres primeros años del Consulado, despliega una amplia serie de logros: leyes, instituciones, paz con la Iglesia. Retrato del Bonaparte hijo de la Ilustración, moderno dictador, revolucionario auténtico.

Por otra parte, Gueniffey dibuja un audaz paralelismo, pero muy pertinente, entre Bonaparte y Robespierre. Cierto que la verdadera figura de admiración y el modelo de estrategia política se encuentran en el fantasma, sulfuroso desde la época, del Incorruptible. En general, se ve como oportunismo la adhesión (aunque relativamente prudente y breve -Napoleón es un hombre inteligente) del joven general a los jacobinos en el año II. Es que Bonaparte no es en realidad jacobino sino de Robespierre. Está cerca de Augustin, el hermano de Maximilien, y admira al mayor de los Robespierre, que busca continuar con la obsesión histórica: detener por fin la Revolución, acabarla. Lo que ve en Robespierre es una estrategia centrista basada en el orden, incluso en el terror, que él comprende. Eliminar a la izquierda (los hebertistas) eliminar a la derecha (dantonanos) para que reine un poder fuerte y popular. “Si no hubiera sucumbido el 9 de Thermidor, sería el hombre más extraordinario que hubiera aparecido”, escribió en Santa Elena como una profesión de fe. Bonaparte es menos heredero de 1789, que le repele, que del año II … ¿Es de derechas o de izquierdas afirmar esta filiación paradójica? Es difícil de determinar, no es baladí señalar que esta hipótesis se nutre todas las interpretaciones, sea cual sea su color político, siempre que sean prueba de cierta inteligencia histórica.

Sin apartar la mirada de su personaje, el biógrafo recrea magistralmente todos los episodios de un itinerario que no es tan tortuoso, de la juventud corsa al “Rey de la Revolución”, pasando por los sueños iniciales de la emancipación de la Isla de la Belleza, las vacilaciones del soldado comprometido o los laboratorios del buen gobierno, la audacia militar, la intensa propaganda y el terrible puño de hierro que fueron las campañas de Italia y Egipto bajo el Directorio.

Pero, en última instancia, ¿qué queda de Napoleón Bonaparte en nuestra imaginación contemporánea? A esta pregunta también ofrece una respuesta este libro. El mito parece haberse agotado a medida que las pasiones que ha alimentado se apagan, las de la gloria nacional, el heroísmo y la guerra. El mito se ha encogido a la vista de las masacres del siglo XX. Sin embargo, Bonaparte todavía interpela a la actual imaginación a través de su voluntad imperiosa, la de un hombre que, sin antepasados ​​prestigiosos, sin nombre, nacido en los márgenes del país, se hizo a sí mismo. “Es el hombre que hizo de su vida un destino”, escribe Gueniffey . Ya no es un modelo, ni verdaderamente un mito, sino la fascinación de un sueño que el individuo moderno aún acarrea.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13214

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