La historia se traslada…hacia el Pacífico

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18 de enero de 2014 por difundimos

A finales del pasado año, el insigne David Armitage publicó una reseña en el TLS a propósito de dos obras que juzgaba conmplementarias: la de David Igler, The Great Ocean. Pacific Worlds from Captain Cook to the Gold Rush (Oxford UP), y la de Gregory T. Cushman, Guano and the Opening of the Pacific World. A Global Ecological History (Cambridge UP). La valoración de Armitage es pertinente, no solo por su valía profesional, sino porque en este 2014 editará con Alison Bashford un volumen titulado Pacific Histories. Ocean, Land, People (Palgrave Macmillan):

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El Pacífico ha sido durante mucho tiempo el agujero en el centro de la historia mundial. Durante dos siglos, los historiadores globales del Primer Mundo apenas han sabido qué pensar sobre la “quinta parte del mundo”. Sólo hay “mucho océano, muchas islas”, lamentó irónicamente el finado historiador australiano Greg Dening: más de 25.000 islas en un océano que cubre más de un tercio de la superficie terrestre y que abarca desde el Ártico hasta la Antártida, desde el sudeste de Asia hasta la América Central. En las edades del remo y la vela, del vapor y la hélice, todos los viajeros pudieron sentir la conexión entre la tierra y el mar, los continentes y las islas. La era de los reactores presenta al parecer la Cuenca del Pacífico como una especie de territorio de sobrevuelo intelectual -”el cuarto vacío de la tierra”- para los de fuera de Oceanía y Australasia. El resultado, como señaló la académica kiribati Teresa Teaiwa en 2002, fue que “el diálogo entre los estudios de la humanidad y estudios del Pacífico” se hundió. Solo recientemente se ha reanudado el diálogo entre los historiadores. Ahora incluye peces, mamíferos y aves. Se realiza en medio de montañas metafóricas de piel, grasa y heces. Y contiene lecciones, incluso advertencias, para el resto del mundo.

El Pacífico es a la vez un recién llegado y un olvidado antepasado en medio de una serie de recientes y emergentehistorias oceánicas. Desde que Fernand Braudel concibiera el Mediterráneo y sus costas como un “mundo” en La Méditerranée et le monde méditerranéen à l’époque de Philippe II (1949), sus sucesores han buscado nuevos mundos en otras áreas marítimas, grandes y pequeñas. En la actualidad hay historias del mundo báltico y del mundo caribeño, del “mundo del Mar Rojo” y del “mundo del Mar Negro”, inspiradas en los estudios sobre el Mediterráneo, el Océano Índico y, en especial, del Atlántico. La historia atlántica ha sido la más emprendedora de estos campos. Su espectacular auge en la pasada generación expuso una cierta resistencia por parte de los historiadores del Pacífico al holismo geográfico y a algo así como las narraciones Whig -del “descubrimiento” vía explotación y esclavitud hasta la emancipación y la independencia- que caracterizaban las historias del segundo océano más importante del mundo. Solo recientemente han comenzado a aparecer las historias del pan-Pacífico, que abarcan toda su cuenca y todos sus pueblos.

Los historiadores del Pacífico han estado escribiendo sus propios relatos de los pueblos de la Polinesia, Melanesia y Micronesia durante más de cincuenta años. Gran parte de ese trabajo anticipaba otras historias oceánicas al centrarse en los vínculos entre el mar y la tierra, al tratar a los pueblos indígenas y a los colonos dentro del mismo marco, y en las perturbadores nociones convencionales de temporalidad y territorialidad. El trabajo de los historiadores isleños rara vez se cruzó con el de los estudiosos de la región de Asia-Pacífico (un campo impulsado por la historia económica a raíz del milagro japonés de la década de 1980), o con el de los que estudiaban el Oeste americano o los aspectos de la historia de EE.UU. del frente del Pacífico. Los tres grupos se identificaban como historiadores del Pacífico, pero imaginaban diferentes poblaciones con límites bien definidos. Las divisiones del trabajo intelectual trabajaban contra las historias del Pacífico escritas desde la visión de un albatros (por no decir de una ballena). El Pacífico se mantuvo mayormente invisible a los extranjeros, al igual que era incomprensible en los mapas centrados a lo largo del meridiano de Greenwich en vez de en la línea internacional de cambio de fecha.

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The Great Ocean, de David Igler, y Guano and the Opening of the Pacific World, de Gregory T. Cushman, son algunas de las primeras olas de un tsunami académico sobre el mundo del Pacífico. “Bibliotecas enteras se han escrito sobre el Mundo Atlántico”, señala Cushman, “pero a los lectores les será difícil encontrar una sola monografía histórica con ‘Pacific World‘ en su título”. Igler argumenta de manera similar que “la concepción del mundo oceánico parece maduro para el Pacífico, sobre todo debido a su creciente interconexión con los océanos Atlántico e Índico”. Cada uno de ellos describen procesos que se desarrollan a lo largo del borde continental oriental del Pacífico, que se extiende hacia el exterior a Oceanía y que se despliega sobre la longue durée. The Great Ocean se extiende desde Alaska y Hawai hasta Perú y concluye con una alta de integración a mitad del siglo XIX, cuando Ismael en Moby Dick (1851) canta “al misterioso y divino Pacífico”, como “el corazón de la tierra, latiendo en mareas”. Guano and the Opening of the Pacific World continua ese relato, desde este momento melvilleano hasta casi presente el presente, y lo exteiende hacia el sur a Perú y Chile. Niinguno abarca toda la cuenca del Pacífico, pero ambos demuestran el carácter central del Pacífico no sólo para el mundo, sino también para la historia del mundo.

En El nacimiento del mundo moderno, 1780-1914 (2004), CA Bayly describe el largo siglo XIX como una época de creciente uniformidad entre las naciones y de profundización de la diversidad dentro de ellas. Incluso el tour de force de alcance global de Bayly concede poco espacio al Pacífico, pero Igler y Cushman confirman la fuerza de su tesis. Igler muestra cómo una mayor integración comercial en el Pacífico oriental destrozó las comunidades indígenas. Del mismo modo, Cushman argumenta que la explotación de guano hizo que el Pacífico entrara más fírmemente en los circuitos transoceánicos, y en última instancia globales, de la mano de obra, de la extracción de recursos y de la empresa capitalista. Estas conexiones trajeron inestabilidad política y desastres naturales al Perú, las Islas Gilbert, Nauru y otros puntos en torno al Pacífico. El daño a sus economías y ecologías locales se prolongaría en el futuro, durante mucho tiempo. Visto desde el Pacífico, pues, el nacimiento del mundo moderno parece particularmente violento y perturbador, el reverso de los mitos de la isla de la inocencia que vendían los europeos en la segunda mitad del siglo XVIII antes de que la “modernidad” se abriera paso.

The Great Ocean calcula el alto precio de la protoglobalización en el Pacífico. Cada capítulo comienza con una elegante viñeta de un viaje al Pacífico y luego aborda un tema principal: el comercio, la enfermedad y el sexo, el cautiverio, la caza de animales, las hazañas de los naturalistas y la búsqueda de la unidad geológica del Pacífico. El enfoque tópico de Igler puede hacer que la cronología de la historia del Pacífico sea difícil de seguir, pero los períodos cruciales son tolerablemente claros: la década de 1780, los años posteriores a 1812 y los años 1840. Los dos primeros surgieron de los acontecimientos en el mundo atlántico. La independencia de los Estados Unidos liberó a los antiguos colonos británicos del monopolio de la East India Company y abrió por primera vez Canton, la puerta de entrada a China, a los comerciantes estadounidenses. Tres décadas después, la invasión napoleónica de España provocó una crisis atlántica en el Imperio español, lo que abrió nuevos puertos a todos los recién llegados a las costas de América del Sur.

Los galeones españoles habían llevado la plata mexicana de Acapulco a Manila para alimentar el mercado chino desde la década de 1570, renqueando hasta después de la independencia. La explosión del libre comercio impulsó aún más el gran motor chino para lujos del Pacífico como las babosas de mar, el sándalo y el “oro blando” de las pieles de nutria de mar. Los comerciantes rusos se unieron a británicos y estadounidenses en la exploración a la busca de pieles desde Okhotsk a la Baja California; la costa noroeste de América del Norte se convirtió rápidamente en “un suburbio rico en recursos de Boston” (y de Salem); y Hawai devino un “gran intercambiador” para el comercio transoceánico. El escenario estaba listo para la explosión migratoria que se desató con las noticias del descubrimiento de oro en Sutter’s Mill, California, en 1848. La llegada algo más tardía del oro a Nueva Gales del Sur y Victoria va más allá de la cronología de Igler, al igual que Australia -un apéndice de Asia para la mayor parte de su intervalo temporal- no está dentro de su geografía.

El contacto prolongado entre los indígenas y los inmigrantes trajo enfermedad, muerte, cautiverio y maltrato a los habitantes humanos, así como la extinción de muchas poblaciones de animales. Los pueblos del Pacífico fueron víctimas de todos los microbios del mundo: “Yo estoy shippy” (au Kua PAI), se quejaban los enfermos de las Islas Cook, a sabiendas de dónde se originaban sus enfermedades. Los extranjeros llegados en barco tomaban prisioneros para adquirir conocimientos, hacer negociaciones políticas o simplemente satisfacer su deseo sexual: encuentros desiguales que causaron extrañamiento, conflicto y cicatrices que iban desde enfermedades de transmisión sexual, a la viruela y otros patógenos invasores.

Estos horrores humanos se produjeron en el contexto de la “Gran Cacería” cada vez más frenética de los mamíferos marinos, incluidas las nutrias marinas, focas y ballenas, todos sacrificados en masa para satisfacer a los comerciantes chinos, los molineros de Massachusetts y otros consumidores de todo el mundo. “Me parece que nuestro camino por el Pacífico está marcado en sangre”, escribió un conmovido guardiamarina de la expedición norteamericana de exploración de 1838 a 1842, y la sangre salpica gran parte de The Great Ocean. Cuando apareció la obra maestra de Melville, escribe Igler, “las gentes del mar, los mercados y los recursos naturales se entrelazaban profundamente con el mundo circundante” -para bien, pero también, en la experiencia de muchas poblaciones del Pacífico, para mal.

The Great Ocean pinta el Pacífico de mediados del del siglo XIX como un cementerio y un semillero a la vez. Ya casi se había alcanzado el pico del aceite -aceite de esperma-, del mismo modo que los alarmados naturalistas habían observado la caída y destrucción de las poblaciones de mamíferos cazados para la peletería -¿el pico de la piel?- durante las décadas precedentes. Esos mismos naturalistas y sus sucesores, también vieron que el futuro de las ciencias geofísicas estaba en el Pacífico. Más de una docena de expediciones científicas entre 1816 y 1830 pusieron pistas en el océano que siguieron el Beagle y las expediciones de exploración de los EE.UU. Entre los “cientificos” a bordo de la expedición americana estaba James Dwight Dana, quien fue el primero en ensamblar la geología del Pacífico y demostrar su “relación evidente con un sistema que está presente en todo el mundo”. Dana anticipó la posterior teoría del punto caliente para la formación de la cadena de Hawai, pero como también muestra Igler, a este respecto la cosmología occidental solo se puso al día con las historias que los hawaianos nativos se habían contado durante generaciones. Para Dana, el avance fue de corta duración: su visión global del cinturón de fuego volcánico, que rodeaba la cuenca del Pacífico y regulaba su actividad sísmica, chocó rápidamente con los imperativos del Destino Manifiesto. En el momento en que escribió sus extensas investigaciones en la década de 1840, la soberanía americana cubría el continente de costa a costa y una “vasta extensión de la costa este del Pacífico” era gradualmente desglobalizada para convertirse en el “American Far West”.

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Aproximadamente al mismo tiempo que gran parte del Pacífico oriental se estaba convirtiendo en el oeste de los Estados Unidos, el comercio del guano peruano estaba despegando en la década de 1840. Este es el detonante de Guano and the Opening of the Pacific World, cuyo objetivo es demostrar que “los excrementos de aves marinas están en la raíz de la existencia moderna y son fundamentales para la incorporación del Océano Pacífico a la historia mundial”. Iluminador unas veces y obsesivo otras, el libro de Cushman rastrea todos los hilos de la historia moderna de los nitratos y los fosfatos desde sus orígenes en Perú, Chile y las islas del Pacífico hacia el exterior, con Australia, Gran Bretaña y más allá. Su obra es más extensa y menos elegante que la de Igler, pero abarca mucho más terreno, incluso con algún coste en cuanto a coherencia. Cushman sigue sus pistas dondequiera que le lleven. Esta estrategia Shandyana genera multitud de ideas incidentales -por ejemplo, sobre el impacto de las oscilaciones de El Niño en la Primera Guerra Mundial, el descubrimiento de una “Revolución Azul” en la acuicultura, junto a la Revolución Verde agrícola de la posguerra o la calificación de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar como la mayor redistribución mundial de la historia de los derechos de propiedad- pero el guano puede desaparecer durante páginas, capítulos enteros, casi de un tirón. Dejando a un lado el escepticismo, incluso las risitas, Cushman defiende el lugar de los excrementos de las aves en la formación del mundo moderno. Su libro puede ponerse al lado de ese otro curioso clásico acerca de un producto histórico-mundial con nombre quechua, The History and Social Influence of the Potato (1949) de Redcliffe Salaman.

Las aves guaneras habían estado produciendo sus residuos abundantemente nitrogenados durante 11 millones de años, pero solo en el siglo XIX su recolección se convirtió en un proceso industrial. Cushman califica de “the world’s guano age” (1802–84) las décadas que van entre el primer análisis químico del guano y la primera aparición de los fertilizantes artificiales. Más claramente, se trataba de “the age of shit”, cuando Perú dominó el mercado mundial de fosfatos y sufrió sus desastrosos efectos sobre su estabilidad política y ecológica. A mediados de la década de 1850, más del 60 por ciento de los ingresos del Estado del Perú provenían de las exportaciones de guano -lo suficiente para financiar la abolición de la esclavitud y el impuesto de capitación que gravaba a los pueblos indígenas. Veinte años más tarde, se había llegado a “pico del guano”, y la lucha mundial por los fertilizantes -en este caso, los nitratos del desierto de Atacama- encendieron la Guerra del Pacífico (1879-1884) entre Perú y Bolivia, por un lado, y Chile, por otro. Esta fue la segunda guerra más destructiva per capita del siglo, después de la Rebelión Taiping y por delante de la guerra civil americana. También fue un anticipo de los conflictos venideros por los recursos naturales en los siglos XX y XXI.

La suerte del guano peruano fluctuó ampliamente en la siguiente centuria, a menudo en sintonía con los ritmos de los efectos de El Niño, que arrasaban periódicamente las poblaciones de anchoveta, principal fuente de alimento para las aves guaneras en las islas costeras del Perú. (Cushman sigue a Mike Davis, Richard Grove y otros historiadores haciendo un excelente uso de los registros de la oscilación meridional de El Niño para revelar coincidencias climatológicas con hambrunas modernas, revoluciones y otros trastornos). Para gestionar la población de aves vulnerables, en 1909 fue fundada la Compañía Administradora del Guano (CAG ), “la mayor de todas las industrias basadas en la conservación de animales salvajes que el mundo haya visto jamás”. Cushman rastrea las raíces de la conservación contemporánea en este acontecimiento, rechazando implícitamente las recientes reclamaciones en otros lugares del mundo -Mauricio, las Highlands escocesas o Thirlmere, cerca de Manchester, por ejemplo-, que ve como la matriz del conservacionismo moderno. Que la gestión del CAG fuera un desastre es parte de su planteamiento. En el año 2000, después de 2500 años de cosecha, Perú ya no producía guano. Ahora importa todo su abono, después de que un intento fallido de crear pesquerías para la exportación causara más daño del que jamás causó El Niño. La peruana y “mundialmente famosa industria del guano murió a plena vista del público”; incluso el príncipe Felipe solicitó una acción de emergencia para ayudar a las asediadas aves.

Lo que hace que Guano and the Opening of the Pacific World sea una particular historia del Pacífico es la pelea en todo el océano por las islas guaneras, la mano de obra local para explotarlas y los mercados a fertilizar, en especial las granjas de Australia y Nueva Zelanda. La apropiación europeo-imperial de tierras de finales del siglo XIX es bien conocida; menos conocida es la apropiación de islas a mediados de siglo por parte de las grandes potencias del Pacífico, el reino de Hawai, Japón, México, Ecuador, Chile y Australia. Los más agresivos de todos fueron los EE.UU., que utilizaron la Guano Islands Act de 1856 para extender la propiedad estadounidense, aunque rara vez la soberanía, por el Pacífico y, ocasionalmente, el Caribe y el Golfo de México (debería haber un estudio de todos estos espacios anómalos en el imperio americano, desde el guano a Guantánamo). La Ley también ayudó a adquirir los puntos de parada de la ruta transpacífica de Pan Am en fecha tan tardía como 1936. La búsqueda paralela por parte de Gran Bretaña de fosfatos se prolongó hasta un año más tarde, cuando la isla McKean, una colonia de rabihorcados deshabitada que ahora es parte de Kiribati, se convirtió en el último territorio reivindicado por el imperio británico en octubre de 1937.

Los antiguos depósitos de guano en las islas de Oceanía estaban mucho más profundos que los de la costa peruana; el trabajo era agotador y asfixiante para los pulmones, y era cosa principalmente de isleños de la zona e inmigrantes chinos. Las páginas más dolorosas de Cushman relacionan los horrores de Banaba y Nauru, unas islas completamente despojadas de sus recursos por parte de los trabajadores, cuya principal causa de muerte era la disentería. Los trabajadores en las plantaciones de copra de los Lever Brothers, fuente del aceite de coco en el jabón Lifebuoy, sufrieron las mismas enfermedades angustiosas que los excavadores de guano de la British Phosphate Company. Cushman no se anda con rodeos sobre su suerte: “decenas de miles enmerdaron sus vidas”, mientras los blancos podían permanecer blancos y sus campos ser fertilizados.

“¿Dónde están las tierras vírgenes que pudieran ser roturadas? ¿De dónde se obtendría el abono necesario para mejorar las tierras ya cultivadas?”, se había preguntado Thomas Malthus en 1798. Perú y Oceanía no eran sus respuestas, pero sus herederos de mitad del siglo XX eran muy conscientes de los vínculos entre fosfatos, suelo y población en el mundo del Pacífico. Estos conservacionistas se unen a capitalistas y constructores de imperios en el libro negro del guano de Cushman. Las figuras primeras de la historia del ambientalismo moderno americano -el ecologista Aldo Leopold, el ornitólogo William Vogt y el biólogo-burócrata Fairfield Osborn- aparecen aquí como manipuladores bien intencionados pero torpes de los mercados y de los ecosistemas en América Latina. Promovieron una “ruta oceánica al desarrollo” a través de la pesca y la acuicultura, pero a medida que Perú se convertía en el mayor productor mundial de pescado en la década de 1960, el consumo interno cayó: “un caso asombroso de injusticia ecológica para los pobres del país”. Las aves guaneras pasaban hambre a medida que los arrastreros suministraban pescado para alimentar a los consumidores extranjeros. Esta no fue una tragedia de las comunes, insiste Cushman, causada ​​por la sobreexplotación de un recurso no administrado. Fue una tragedia tecnocrática creado por reputados expertos que intentaban uncir la conservación en provecho de su “laboratorio ecológico”.

En 1944, uno de esos tecnócratas, Fairfield Osborn, editó el primer, y durante décadas único, libro titulado The World Pacífico. Era un manual para los militares de Estados Unidos en el teatro del Pacífico, que abarcaba la historia, la flora, la fauna y los habitantes humanos de Oceanía y de las tierras de la cuenca del Pacífico, compilado porque “nosotros los estadounidenses necesitamos saber más del Pacífico”. Este “mundo Pacífico” fue atravesado por el racismo, el romanticismo y el optimismo neoimperial (“todos nuestros movimientos épicos han ido hacia el oeste”). La destrucción de la guerra del Pacífico pronto inclinó a Osborn hacia ese punto de vista mucho más sombrío que informa las obras neomaltusianas por las que es más conocido: Our Plundered Planet (1948) y The Crowded Earth (1953). El auge posterior de las pruebas nucleares -otro hecho grave para las aves marinas locales, que morían en Kiribati “con sus ojos ardiendo fuera de sus cabezas puntiagudas”- solo confirmó este pesimismo sobre el Pacífico y su futuro.

The Great Ocean y Guano and the Opening of the Pacific World se basan en trabajos de historiadores durante generaciones en y sobre el Pacífico. Al recurrir a la etnohistoria, la historia ambiental y la historia de la ciencia, dan grandes pasos para llevar a las Américas hacia la historia del Pacífico y para ampliar la historia del mundo incorporándolo. Una tercera parte del mundo ya no puede desempeñar un papel secundario en historias centradas sobre el Atlántico. Sin embargo, su logro es casi tan alegórico como histórico. Cuando se leen en conjunto, estos sorprendentes libros cuentan una historia sombría de arrogancia desenfrenada, consumo seguro, degradación ambiental y colapso de poblaciones vulnerables. Visto bajo esta fría luz, los dos últimos siglos de la historia del Pacífico destacan como ejemplo del impacto global de la humanidad en el Antropoceno.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13353

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