Una historia de la cortesía

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19 de diciembre de 2013 por difundimos

Pascal Bruckner elabora una breve reseña para nouvelobs de La Politesse des Lumières, de Philippe Raynaud (Gallimard).

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¿Cuáles deberían ser las costumbres de un pueblo libre? La pregunta agitó al Siglo de las Luces, que quería conciliar la felicidad y la virtud. Cuando Francia abandonó su caparazón feudal, sus elites vieron en lo cortés una manifestación de hipocresía: los buenos modales revelaban la debilidad de la nobleza y la inferioridad del pueblo. El más fuerte finge inclinarse ante su subordinado y tal compensación no hace sino confirmar la dependencia.

En esto, Voltaire, Rousseau, Montesquieu, Hume y Kant proporcionan diversos diagnósticos: si Francia encarna la figura ambigua de una civilidad brillante es por el lugar central que ocupan las mujeres, mientras que Inglaterra basa su modelo político sobre las virtudes del comercio y la relegación del segundo sexo.

Rousseau no opone Londres a París, sino Francia a Ginebra; para él, los buenos modales traicionan el deseo de dominación de los hábiles. La galantería y la conversación, afectando a sentimientos que uno no tiene, no buscan ni la verdad ni la perfección moral, y participan de la corrupción de las costumbres. Él prefiere las rudas maneras del ciudadano cultivador y soldado, animado por el amor a sí mismo y no por el amor propio.

Por el contrario, para Kant, la cortesía a la francesa conduce a los hombres a reunirse, mientras que el gusto británico por el negocio les empuja a replegarse. La Revolución trató de mantener lo mejor de la herencia monárquica, rechazándola.

La gran pregunta en el siglo XIX y la nuestra es: ¿hay una cortesía republicana? Es Madame de Staël la que opone Francia a Alemania, la patria de la conversación a la de la interioridad sin gracia. Pero el arte de la palabra también puede hundirse en el conformismo social como demuestra, dijo, la vulgaridad revolucionaria.

Queda la alternativa americana que Talleyrand resumió en el lema: “Treinta y religiones y un solo plato”, y que, según Tocqueville y Stendhal, combina una aversión hacia la duplicidad europea con la tiranía de la opinión media. De ese coloquio de grandes mentes, Philippe Raynaud extrae sutilmente una lección en forma de pregunta: ¿puede una sociedad democrática dejarse de miramientos, siendo que la civilidad es el primer paso de una civilización?

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13185

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