La historia “Aussie”: El mito de Gallipoli

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11 de diciembre de 2013 por difundimos

Hay libros que nunca llegarán a nuestras librerías y polémicas historiográficas que nos pasarán prácticamente desapercibidas. Es la suerte que le tocará a Joan Beaumont y a su libro Broken Nation: Australians in the Great War (Allen & Unwin). El volumen ha tenido una amplísima recepción, tanto en el Reino Unido (The Guardian, The Conversation) como en su propio país (The Australian).  Por eso mismo, ofrecemos un mínimo contexto y su contenido.

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Empecemos con las celebraciones. Como han señalado los medios australianos, este año se cumplen veinte desde que erigiera la tumba al soldado desconocido en Canberra, y 95 desde el armisticio que puso fin a la Gran Guerra. Ambas conmemoraciones se envuelven en una serie de discursos que, tradicionalmente, subrayan algunos de los mitos compartidos por aquella nación. Sin embargo, desde hace varios años, un grupo de historiadores, reunidos en una plataforma denominada Honest History, intentan cuestionar lo que ellos entienden como el mal uso político de la historia, una tergiversación que mucho tiene que ver con lo ocurrido en aquella contienda.

Para entenderlo, y amén de lo mencionado, veamos lo que señala Joan Beaumont en la revista insidehistory:

“¿Quién y qué recordamos cada mes de noviembre?”

Cuando era niña, escuché muchas veces la historia de mi tío abuelo Joe Russell. La mitología familiar contaba que se alistó un poco tarde en la Primera Guerra Mundial. Era soltero y tenía 31 años -muchos más de los que tenían los llamados a filas [eligible]- pero no fue hasta diciembre de 1916, después de que su novia le hubiera entregado una pluma blanca como señal de cobardía, cuando finalmente se fue a la guerra. Se unió a las fuerzas australianas en Polygon en septiembre de 1917 y le hirieron casi de inmediato. Le amputaron una pierna y regresó a Australia a principios de 1918. Reasentado en Adelaida, vivía con sus hermanas, incluida mi abuela, que había quedado viuda por la gripe española, que mató quizás a 50 millones de personas en todo el mundo entre 1918-1919, casi diez veces el número de los que murieron en la guerra.

Joe tendría pesadillas regularmente, reviviendo aquellosasfixiantes momentos, embadurnado de lodo francés, mientras los camilleros lo alejaban del campo de batalla. En sus sueños lucharía por salir de la cama, sin su pata de palo, y caería al suelo de su dormitorio. Edna, mi madre y el único niño de la casa, se apresuraría a ayudarlo. La contribución de Joe a la Primera Guerra Mundial fue reticente, corta e ineficaz, pero valiente. Al ser uno de los millones que servieron en este terrible conflicto, había sido olvidado por todos excepto por su familia.

Lo que recordamos, como individuos y grupos, es siempre parcial. Para los australianos, como nación, la memoria de la guerra está dominada por Gallipoli. Pero hay mucho más que eso en la experiencia de Australia de la guerra de 1914-1918. Muchos más australianos murieron en el frente occidental, mientras otros lo hicieron en Palestina. Y a menudo olvidamos que la mayoría de los australianos no fueron al combate. Aunque casi 330.000 hombres, de una población de menos de cinco millones, salieron al extranjero con las fuerzas de defensa australianas, cerca del 70 por ciento de los hombres entre 18 y 60 años no lo hicieron.

El frente interno australiano es un elemento central en la historia de la guerra. En casa, los australianos estaban físicamente alejados de la batalla, pero profundamente afectados emocionalmente. Y fueron fundamentales para el esfuerzo de guerra de diferentes maneras. Por un lado, aceptaron el número de bajas de un modo que sería impensable hoy en día. Se movilizaron ingentes recursos mediante el trabajo voluntario y, en muchos casos, se aceptó una caída del nivel de vida. Pero lo más significativo fue que la mayoría de los australianos apoyaron la guerra, creyendo que la causa por la que sus hombres estaban peleando era justa.

A “welcome home” celebration for Arthur Findon Dunbar MM, 2nd Australian Tunelling Company (in uniform) at 45 Chief Street, Brompton, South Australia in 1919. Courtesy Australian War Memorial, ID P05328.001

A “welcome home” celebration for Arthur Findon Dunbar MM, 2nd Australian Tunelling Company (in uniform) at 45 Chief Street, Brompton, South Australia in 1919. Courtesy Australian War Memorial, ID P05328.001

En última instancia, algunas poblaciones domésticas de la Primera Guerra Mundial perdieron la voluntad de luchar -Rusia en 1917 y, en cierta medida, Alemania a finales de 1918. Pero, a pesar del hecho de que los australianos estaban profundamente divididos sobre la leva  militar y la equidad de los sacrificios que se les exigía, la voluntad de continuar la guerra se impuso. El frente interno también debe ser recordado, porque fue allí dondese produjo gran parte del daño inmaterial de la Primera Guerra Mundial. Por supuesto que eran los hombres de la AIF -los más de 60.000 muertos y 153.000 heridos-los  que arrostraron las lesiones físicas de la guerra. Sin embargo, sus familias, el sistema político australiano y el tejido social también quedaron heridos y mutilados.

Volunteers at Federal Government House in St Kilda Road, Melbourne in 1916, the location of State Headquarters of Red Cross for some of the war years. The women are packing items to be sent in parcels to troops at the front. Courtesy Australian War Memorial, ID J00346.

Volunteers at Federal Government House in St Kilda Road, Melbourne in 1916, the location of State Headquarters of Red Cross for some of the war years. The women are packing items to be sent in parcels to troops at the front. Courtesy Australian War Memorial, ID J00346.

 

En 1916 los australianos eran en muchos sentidos una “nación rota”, amargamente dividida sobre la cuestión de cómo afrontar el coste económico y militar de la guerra. Los conflictos resultantes – sobre el servicio militar obligatorio, el aumento del coste de vida y las obligaciones de la ciudadanía- dejaron a Australia dividida en varias fracturas, algo que duró al menos una generación: el voluntario contra el “haragán/shirker“; los favorables y los contrarios a las levas; y -aunque el sectarismo no fue creado por la guerra- los católicos contra los protestantes. Los insultos, calumnias y acusaciones que cada uno lanzaba contra el otro en la histeria de los años de la guerra envenenaron la vida pública durante muchos años. El hecho de que el Partido Laborista Australiano se dividiera bajo las presiones de la guerra también marcó el comienzo de un largo período de predominio de los partidos conservadores en la política federal. En la reciente conmemoración de la guerra, este legado negativo de la guerra se ha eludido en gran parte.

Recordar el frente interno no significa negar la importancia de las batallas en la historia de la Primera Guerra Mundial; al fin y al cabo, son la esencia de la guerra. Sin embargo, incluso en este caso, solo recordamos una parte de la historia. Cuando las cinco divisiones de la Primera Fuerza Imperial Australiana se dispusieron a elegir las ubicaciones de sus monumentos, en 1919-1920, eligieron Pozières (1ª División), Mont St Quentin (2ª División), Sailly-le-Sec (3ª División) , Bellinglise (4ª División) y Polygon Wood (5ª División) . Estas batallas no casan fácilmente en las actuales prácticas y prioridades conmemorativas.

Fromelles, en particular, está ausente. Y ¿quién sabe dónde está Bellinglise? Al parecer, los hombres que lucharon en la Primera Guerra Mundial optaron por ser recordados no por sus derrotas, sino por sus victorias. Gallipoli fue tal vez la excepción, aunque incluso esta fue recordada como un “triunfo” en el sentido de que lo que generó la leyenda Anzac fue el espectacular asalto de los acantilados por las primeras fuerzas de desembarco el 25 de abril 1915 y su supervivencia contra las adversidades. Hoy, sin embargo, el recuerdo de guerra está dominado por la catástrofe y el trauma. En muchos relatos de la guerra, los combatientes se han convertido casi en víctimas no-consentidas, en héroes amotinados y rebeldes.

Sin embargo, si algo le debemos a la generación que luchó y murió en la Primera Guerra Mundial -y la ceremonia de Día del Recuerdo [Remembrance Day] en general sugiere que así es- es tratar de recordar la guerra tal como lo vieron. En particular, debemos reconocer, si no condonar, los valores por los que los australianos estaban dispuestos a luchar. En la cultura popular, la Primera Guerra Mundial se ve a menudo como un epítome de futilidad: una guerra en la que las ganancias no compensaron las pérdidas; en la que comandantes militares incompetentes y libertinos desperdiciaron muchas vidas; y en la que la victoria no pudo traer una paz duradera a Europa. No faltan razones en ese sentido, pero los australianos tuvieron claros los objetivos de aquella guerra. Se fueron a la guerra fue para mantener el poder imperial global británico, para proteger a la racialmente exclusiva política blanca de Australia, para garantizar la seguridad de Australia en el Pacífico, para defender la democracia contra la tiranía y la agresión alemanas y para proteger los derechos de las naciones pequeñas como Bélgica. Algunos de estos valores los entendemos, pero algunos nos cuesta entenderlos. ¿Valieron estos objetivos 60.000 vidas? Pero esa no es la cuestión.

Lo que importa es que, para los australianos de la generación de hace un siglo, estos valores fueron suficientes para sostenerlos a través de cuatro terribles años de guerra.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/13133

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