Las tesis en tiempos digitales: ¿acceso abierto?

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24 de octubre de 2013 por difundimos

Interesante debate el que ha generado la AHA al difundir un comunicado sobre las tesis (ya todas en formato digital) y los límites de su difusión libre.  Tras las críticas recibidas, William Cronon ha salido en defensa del organismo que presidiió no hace mucho con un texto titulado “Why Put at Risk the Publishing Options of Our Most Vulnerable Colleagues?”. Veamos su posición, si bien es extensa y resulta reiterativa en algunas de sus partes:

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Debo confesar que me descorazona ver que tantos miembros de la comunidad histórica hayan atacado el comunicado, que me parece afable y totalmente razonable, de la División Profesional de la American Historical Association. Ha sido elaborado en nombre de los historiadores que inician su carrera y que están preocupados por el impacto potencial que los mandatos institucionales sobre la colocación digital de su tesis pudieran tener sobre su eventual capacidad de publicar tales tesis en forma de libro.

Esto no es ni remotamente faltarle al respeto al trabajo académico digital ni supone una defensa de la extensa monografía como única forma legítima de investigación histórica. Y, quiero enfatizarlo, no se trata de negarse a compartir los frutos de la investigación histórica en el futuro.

Se trata de preservar para los historiadores neófitos toda la gama de opciones de publicación y de darles un cierto grado de control sobre cuándo y cómo ofrecen su trabajo al mundo.

Como historiador practicante que ha trabajado en estrecha colaboración con un buen número de editores durante más de tres décadas, puedo dar fe de que es muy real la preocupación por la competencia entre las tesis en línea y los libros. De hecho, sé al menos de un exestudiante de posgrado cuyo editor se negó a permitir la publicación de un artículo en una de las revistas más prestigiosas de nuestra disciplina por temor a que pudiera mermar las ventas del que estaba a punto de publicar. Desde la editorial le amenazaron con cancelar el contrato para el libro si aparecía el artículo, así que puedo imaginar lo que habría ocurrido si toda la tesis hubiera estado disponible en línea. En otra ocasión, tuve que intervenir ante una agencia gubernamental para solicitar la eliminación de una versión en línea de una de las tesis de mis alumnos, que había sido publicada sin permiso del estudiante y que el editor dijo que probablemente pondría en peligro el contrato para un libro si permanecía disponible para su descarga gratuita. Varios editores de distinguidas editoriales me indican (extraoficialmente, como era de esperar) que a pesar de que sin duda considerarían la publicación de una versión revisada de una tesis que se hubiera publicado en línea, el efecto general de tal publicación en línea sería elevar la exigencia respecto a si fueran a mirarla por primera vez o, eventualmente, a ofrecerle un contrato. Y he oído de las bibliotecas universitarias ahora ahorran dinero decidiendo sistemáticamente no comprar libros de editoriales universitarias basados en tesis que estén disponibles en línea.

Esta es la mera evidencia anecdótica, lo sé, pero ya que he experimentado estas anécdotas de primera mano y que he sido mentor de estudiantes que tratan de navegar en estas alarmantes circunstancias, estoy preocupado por los que parecen asumir alegremente que este tipo de situaciones son tan inconcebiblemente improbables que no les debemos dedicar ni un minuto de nuestro tiempo. En cambio, estamos pidiendo a nuestros colegas más vulnerables que salten al vacío del acceso abierto en el mismo momento en que el acceso inmediato y libre a los frutos de su trabajo intelectual podría tener un impacto más negativo, en las primeras etapas de sus carreras. Si los historiadores veteranos quieren empezar a hacer que sus propios libros estén disponibles en línea para la descarga gratuita, seré feliz y aplaudiré su generosidad y su coraje por hacerlo, pero parece algo más que injusto exigirlo a otros estudiosos que todavía no han tenido éxito en la publicación de su primera gran monografía si todavía esperan hacerlo.

Un libro es una cosa muy grande que suele costar más de una década. Dada la enorme inversión de tiempo y energía que se dedica a la creación de uno bueno, me parece erróneo forzar su publicación -que es lo que realmente significa el libre acceso en línea-, antes de estar totalmente listo para su presentación.

Es cierto que la edición de libros está siendo transformada por la revolución digital, e igualmente cierto que todos los historiadores tenemos que trabajar promoviendo formas alternativas de comunicar las ideas de nuestras investigaciones más allá de las portadas de las monografías impresas. Espero que cualquiera que estudie mi web o mi CV, o que lea las columnas presidenciales de la AHA que escribí el año pasado sobre “la práctica pública de la historia en y para la era digital” reconocerá el grado de compromiso con el que apoyo y participo en todo lo referente a esta transición digital.

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Pero, me pregunto si a los entusiastas del acceso abierto les apasiona realmente tanto su causa como para obligar a sus colegas más jóvenes y vulnerables a una liberación prematura de un trabajo al que le han dedicado lo mejor durante parte de una década, y ello aunque 1) los colegas sienten que su trabajo aún no está listo para su publicación, o 2) se oponen a ofrecer de forma gratuita años de trabajo académico, o 3) si temen correr el riesgo de que otros investigadores más establecidos recojan posiblemente sus hallazgos antes de que ellos mismos pueden llegar a la imprenta; o 4) si hay incluso una modesta probabilidad de que una tesis en línea pueda afectar a su capacidad de atraer a la mejor editorial posible para una versión revisada de esta obra en forma de libro.

En los feroces tweets y entradas de blogs que han estado circulando alrededor de la declaración de la AHA durante la semana pasada, se ha hablado mucho de un artículo de Marisa L. Ramírez, Joan T. Dalton, Gail McMillan, Max Lee y Nancy H. Seamans titulado “Do Open Access Electronic Theses and Dissertations Diminish Publishing Opportunities in the Social Sciences and Humanities? Findings from a 2011 Survey of Academic Publishers” publicado este mes en la revista College & Research Libraries. Los entusiastas del acceso abierto advierten de que en la encuesta de 2011 que aborda este artículo, solo el 7,3% de los directores de editoriales universitarias encuestados rechazarían imprimir un libro que ya estuviera disponible como tesis doctoral electrónica en acceso abierto -lo que indica que solo a un puñado de editoriales antediluvianas les preocuparía este problema o que se interpondrían en el camino de los recientes doctores que desearan publicar sus tesis en línea en forma de libro.

Pero si nos fijamos en los resultados de la encuesta desde un ángulo diferente, es fácil llegar a conclusiones mucho más preocupantes. En primer lugar, un adicional 7,3% dijo que consideraría la publicación sólo si la versión digital de la tesis fuera accesible únicamente en el campus donde se originó el doctorado. Así que casi una sexta parte de todas las editoriales universitarias se negarían a publicar tesis digitales de libre acceso, esas que tantos parecen ansiosos en forzar para los doctores de nuevo cuño.

Más preocupante aún, cuando se les preguntó si siempre considerarían la publicación de un artículo basado en una tesis electrónica de acceso abierto, el 65,7% de los editores de revistas respondió afirmativamente -algo que prueba lo que siempre hemos sabido, y es que este impulso hacia el acceso abierto emanaprincipalmente de las disciplinas basadas en revistas. Cuando a los editores de libros se les hizo la misma pregunta, sólo el 9,8% respondió afirmativamente.

Si uno quisiera ejercer la mayor cautela fiduciaria posible en nombre de los escritores de tesis no publicadas a principios de su carrera, se podría por tanto concluir de este estudio de 2011 que, en 9 de cada 10 casos, existe al menos la posibilidad de que la publicación en línea de una tesis electrónica pueda reducir las posibilidades de que esa tesis se convierta eventualmente en libro.

Esta precaución es afirmada en la declaración extrañamente optimista de los autores de este estudio de que “más de la mitad de los directivos de editoriales universitarias (53,7%) indicaron que su empresa consideraría una ETD [tesis o disertación electrónica] acceso abierto para su posterior publicación”. Eso parece constatar que poco menos de la mitad (46,3%) estaban bastante menos seguros a la horar de considerar tales disertaciones, y mucho menos publicarlas. Los lectores cuidadosos también advertirán que el verbo “considerar” es enormemente ambiguo en todo este análisis, ya que un gran número de tesis en línea podrían ser rechazadas con facilidad para su publicación después de haber recomendado que se la tomara en consideración.

Repito que no me opongo a distribuir el conocimiento histórico en todos los formatos imaginables. Lo celebro. Estoy profundamente comprometido en ayudar a que las monografías hagan su transición a los formatos de libros electrónicos digitales, y de hecho creo que esto debe suceder si los relatos de largo alcance y los argumentos que han supuesto una tradición intelectual tan importante para la disciplina histórica desean sobrevivir en la era digital. No soy de ninguna manera hostil a la historia digital o a la publicación digital en todas sus múltiples formas. Antes al contrario, me considero un entusiasta de ambas.

Sólo creo que los historiadores que pasan muchos años trabajando en un manuscrito voluminoso deben tener la opción de tratar de publicar su trabajo en forma de libro, si así lo desean. La declaración de la AHA sólo articula la esperanza de que los últimos destinatarios de la tesis doctoral tengan cierto grado de control sobre el momento y la forma en que su trabajo se dará a conocer al resto del mundo.

La razón por la que los amantes del libre acceso estarían tan terriblemente ansiosos de negarles esta oportunidad -o incluso de correr el riesgo posible de negársela a sí mismos- es profundamente desconcertante para mí. No puedo imaginar que pudiéramos llegar a aprobar una ley que exigiera que los escritores no académicos publicaran en línea el primer borrador de sus manuscritos; ¿por qué entonces habríamos de exigir esto a los doctores de nuevo cuño incluso antes de que sus carreras se hubieran iniciado correctamente?

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El nuevo patrón único para las políticas sobre el libre acceso de las tesis se ha desarrollado casi en su totalidad a favor de las disciplinas basadas ​​en revistas, donde los escandalosos precios impuestos por el poder monopolístico de un puñado de editores europeos han generado una violenta reacción entre los científicos y bibliotecarios que creen (y estoy de acuerdo con ellos) que las revistas no estaban añadiendo suficiente valor como para justificar los exorbitantes costes que estaban aplicando a un trabajo que no está financiado por ellos mismos, sino por becas y universidades.

Estos asuntos no tratan principalmente de la protección de las necesidades tradicionales de la promoción académica (tenure). La AHA ha estado durante mucho tiempo preocupada por asegurar que la investigación digital reciba pleno reconocimiento en el proceso de la promoción, y continúa trabajando en ese sentido. Esta reciente declaración simplemente busca reconocer el papel que los libros han desempeñado en la vida intelectual de disciplinas como la historia, que valoran las exposiciones y los argumentos extensos. Creo que no estoy solo entre los historiadores que esperan, desesperadamente, que todavía sea posible publicar amplias monografías en el futuro, incluso aunque hagamos la transición a la era digital y disfrutemos de esas otras formas innumerables de investigación y la comunicación, que están cada vez más a nuestra disposición.

A aquellos de nosotros que nos preocupamos por la supervivencia a largo plazo de los libros -por favor noten que digo la supervivencia de los libros, no su dominación hegemónica- nos preocupa que las nuevas políticas que imponen las bibliotecas universitarias (y las disciplinas basadas en revistas para las que los libros ya no tienen mucha utilidad) tengan como consecuencia no deseada una mayor erosión de los mecanismos de edición, revisión, diseño, comercialización y distribución de libros, en un momento en que esos mecanismos ya están masivamente bajo la amenaza de los aspirantes a monopolistas como Amazon.

En el caso de la distribución gratuita en línea de las tesis, estamos potencialmente erosionando la capacidad de los historiadores de publicar libros en el momento más vulnerable de sus vidas profesionales. Eso es lo que a la AHA le preocupa y a lo que trata de responder con este comunicado. No estamos tanto tratando de proteger el proceso de promoción tradicional cuanto la defensa de los propios libros como una forma de comunicación, algo que la mayoría de los miembros de nuestra disciplina continúan defendiendo, sin importar lo grande que al mismo tiempo sea nuestro entusiasmo por otras formas.

En la historia en particular (y en humanidades en general) prácticamente no hay subvenciones, por lo que el capital de riesgo de los editores ha jugado un papel vital en el apoyo de los muchos servicios involucrados en llevar un libro al mercado. Históricamente, los editores han mejorado mucho la calidad e incrementado el acceso a un trabajo que de otro modo sería mucho menos visible y llegaría a un público mucho más pequeño. Por lo general arriesgan un mínimo de 10 -20.000 $ de su propio dinero en cada libro que imprimen. El curso de acción promovido por los creyentes del acceso libre -esencialmente, liberar todo este trabajo de forma gratuita y esperar alegremente que los editores sigan haciendo este tipo de inversiones o tal vez que acaben desapareciendo por completo y vayamos a compartirlo todo digitalmente de forma gratuita- parece probable que acelere los cambios ya en marcha, lo que puede significar el fin de la edición de libros tal como la conocemos. Eso, en mi opinión, sería una tragedia.

Una característica crucial de la edición de libros que los miembros de las disciplinasbasadas en revistas no parecen entender es que las revistas tienen un público garantizado (y una fuente de ingresos) entre sus abonados y las bibliotecas, y que su principal objetivo es transmitir información a una nueva audiencia tan eficientemente como sea posible. Ningún libro tiene un público comparable garantizado, por lo que los editores trabajan con los autores para que su trabajo sea tan interesante y agradable como sea posible, para que los lectores quieran gastar realmente su propio dinero en la experiencia de leer el libro. He editado del orden de 70 libros en mi carrera, y asesorado a más de 50 tesis doctorales, y gran parte de mi trabajo con los autores -al igual que mi trabajo con los estudiantes de posgrado- tiene que ver con hacer que su trabajo sea lo suficientemente accesible y atractivo para que los lectores estén dispuestos a pagar un buen dinero para leerlo.

También hay un problema de derechos de propiedad intelectual del que me sorprende que la gente no se preocupe más. Mis estudiantes de posgrado suelen pasar 5-8 años trabando en voluminosos manuscritos que esperan les reporte su primer trabajo académico (si ese es su objetivo) y que, una vez publicado, justifique obtener una plaza (suponiendo que la promoción sobreviva a todos estos cambios -lo que abre un conjunto completamente diferente de preguntas). El trabajo de mis alumnos es muy particular. A diferencia de lo que ocurre en las ciencias, no les doy trabajo en proyectos financiados mediante donaciones que superviso como investigador principal. La gran mayoría nunca reciben dinero federal, y la mayoría ni siquiera reciben subvenciones más allá de becas de posgrado (principalmente para servir como TAs), que por lo general no llegan a cubrir las mínimas necesidades vitales. Se mantienen principalmente con la enseñanza, lo cual es una de las razones de que les cueste más tiempo completar sus titulaciones de lo que suele suceder en las ciencias.

No es tan obvio para mí por qué las universidades de investigación puedan desear correr el pequeño riesgo de socavar el futuro profesional de los estudiantes, ofreciendo su trabajo de forma gratuita a través de descargas en línea al instante. Una cosa era que la gente tenga acceso relativamente lento a las disertaciones en calidad de préstamo interbibliotecario o leyéndolas en microfilm de pago, pero otra cosa muy distinta es poder descargarlas en pocos segundos como libros electrónicos gratuitos. Estos últimos son compiten más con los libros publicados que los primeros. En los viejos tiempos (hace unos años), para acceder a una tesis uno esperaba un par de semanas pidiéndola en préstamos interbibliotecarios, lo que producía la suficiente fricción en la circulación de la información como para mitigar cualquier riesgo significativo de cara a la publicación impresa. Aquellos que realmente querían leer una tesis todavía podían hacerlo, solo tenían que esperar un poco. El acceso universal libre e instantáneo en la web abierta es otra cosa, y constituye una diferencia en la cantidad que representa una diferencia radical en la calidad (especialmente en tanto los mismos libros se vuelven más electrónicos).

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Otra posible consecuencia no deseada de estas políticas de acceso abierto para las tesis podría ser que los estudiantes (y, probablemente, sus mentores también) podrían comenzar a sentir un incentivo para reducir la calidad de la tesis mediante la retención de las principales conclusiones y tolerando un trabajo más seco con el fin de cumplir con los requisitos mínimos, maximizando la diferencia entre el texto de descarga gratuita en los archivos de las bibliotecas y la muy diferente versión final disponible como libro publicado. No me gustaría comenzar a sentir un incentivo para fomentar este tipo de comportamiento, pero estoy bastante seguro de que pensamientos como estos estarán más en mi mente en un mundo de disertaciones de descarga gratuita. Cuanto más áspera sea la tesis, menos va a competir con el libro final. Irónicamente, serán las mejores tesinas -las más cercanos en calidad a los libros impresos- las que serán más susceptibles a estos incentivos perversos hacia la reducción artificial de la calidad. Después de haber asesorado a un buen número de tesis doctorales que han acabado ganando algunos de los premios más destacados a libros en nuestra disciplina, me preocupa que tantos colegas parezcan tener tan poca comprensión o respeto por el trabajo duro y los complejos procesos de edición y publicación que han dado lugar a estas importantes obras académicas.

En pocas palabras: no se trata solo de la carrera profesional. Tampoco se trata de una falta de compromiso por parte de la AHA son las diversas formas de investigación. Se trata más bien de la defensa de toda la gama de opciones que implica tal diversidad, intentando dejar que los estudiosos individuales tengan tantas opciones como sea posible sobre cómo prefieren compartir su trabajo. Y también se trata de las muy complejas y tradicionales relaciones culturales y político-económicas que han sostenido las esquinas de la publicación de libros académicos durante al menos los últimos tres cuartos de siglo.

Me cuento sin duda entre los que en la profesión historia creen firmemente que la revolución digital cambiará y debe cambiar la forma en que los historiadores hacen su trabajo, y he abrazado con entusiasmo muchas de las transformaciones que estamos discutiendo. Pero una de mis mayores preocupaciones tiene que ver con que las narrativas y los argumentos de largo alcance que los historiadores también apreciamos sobrevivan a la transición a un mundo digital donde el público carece cada vez más de la paciencia para leer textos largos. Mucho me temo que los argumentos aparentemente técnicos sobre la edición y la promoción académica que están en juego en estas políticas de libre acceso gratuito para disertaciones en línea será un clavo más en el ataúd de la escritura, la edición y la lectura de libros tal como los conocemos.

Estoy totalmente de acuerdo en que las tesis en línea gratuitas son casi el único desafío (o el mayor) al que se enfrentan los libros en esta nueva realidad, pero me pregunto por qué las universidades -entre todas las instituciones- están tan ansiosas por socavar el mundo de la edición de libros que ha sido parte tan vital de su empresa intelectual, un mundo en el que ellos mismos han jugado un papel tan importante en su mantenimiento durante tanto tiempo. Y me pregunto cómo tantos de mis colegas historiadores han llegado a estar incondicionalmente comprometidos con el absolutismo del acceso abierto como un bien puro, tanto que están alegremente dispuestos a adoptar políticas que podrían hacer más difícil que los colegas que inician su carrera encontrararan editores para esas tesis que aún esperan ver algún día convertidas en libros.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12587

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