La historia conectada, Sanjay Subrahmanyam y la India

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9 de octubre de 2013 por difundimos

En esta ocasión nos detenemos en la reciente recopilación de Sanjay Subrahmanyam Is Indian Civilization a Myth? Fictions and Histories (Ranikhet, Permanent Black- Orient Blackswan, 2013). Es, en efecto, un compendio de artículos (menores) que se aparta un tanto de lo que de él conocemos, en el fondo y en la forma, particularmente en esta última, por la demostración que despliega de sus dotes narrativas, no habitual en sus volúmenes académicos.

Sea como fuere, el libro ha merecido cierta atención, algo meritorio si atendemos a ese contenido y a su lugar de publicación. Pueden leer una interesante reseña en Caravan, pero me decanto como en otras ocasiones por el portal laviedesidees, sobre todo por quien la firma, Roland Lardinois, y porque sus primeras palabras valen también para estos lares (y ya me gustaría que también las que siguen de inmediato) . Veamos lo que nos expone:

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El medio académico francés, que tardó veinte años en tomar en consideración la corriente de origen indio de los Estudios Subalternos -a pesar de una primera traducción de Ranajit Guha publicada a finales de 1980, pero que pasó sin pena ni gloria- parece que no desea repetir la demora con la noción de historia conectada. El término es utilizado ahora en los medios culturales y es difícil ignorar la existencia de esta corriente historiográfica que sus defensores nos piden no confundir con una historia macro cuyas producciones abundan en el mercado académico, más en el anglosajón que en el francés. La razón probablemente tenga que ver con que el promotor más brillante y prolífico de esta nueva historia, Sanjay Subrahmanyam, especialista en la historia de la India en los siglos XVI y XVIII, fue director de estudios en la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París durante siete años, de 1994 a 2001. Eso fue antes de trasladarse a Gran Bretaña, a Oxford, y luego a los Estados Unidos, a la Universidad de California-Los Angeles, lugares con una audiencia y unos colegas más abiertos, escribe el autor, dentro de una una práctica todavía encerrada en un marco intelectual nacional o, como mucho, europeo. Conferenciante inaugural del Rendez-vous de l’histoire de 2011, a Blois, dedicado a Oriente, ganador en 2012 del premio de la fundación Infosys (una de las primeras empresas multinacionales de la India de servicios informáticos) por su obra histórica, Sanjay Subrahmanyam regresó hace poco a Francia, donde ha sido elegido miembro del Collège de France para una nueva cátedra denominada “Histoire globale de la première modernité“. El medio académico indio ha resonado con esta nominación, que para algunos adula el orgullo intelectual nacional y, para otros, suscita celos, porque es la primera vez que un investigador surgido y formado en un país de los llamados emergentes entra en el Collège de France. El nombramiento coincide con la publicación en la India de una colección de textos de Sanjay Subrahmanyam, cuya primera tirada, inmediatamente reseñada, se ha agotado antes de que se difundiera la noticia de su adhesión a esta prestigiosa institución francesa.

El éxito del libro puede ser debido al hecho de que se dirige a un público mucho más amplio que el de los especialistas de determinado ambiente cultural o de una única disciplina, como el de los historiadores profesionales del sur de Asia. El libro, de hecho, incluye diecinueve artículos publicados en revistas, semanarios e incluso diarios, en India (Outlook, India Today, Telegraph, The Economic Times), Gran Bretaña (Times Literary Supplement, London Review of Books, The Guardian) y Francia (L’Homme, L’Histoire), completado con una entrevista concedida a la revista portuguesa Cultura. Revista de História e Teoria das Ideias. Estas publicaciones, relativamente recientes, se reparten entre los años 2001-2011, con la excepción de un artículo de 1995 que se toma de un volumen colectivo dedicado a la historia de una institución, la Delhi School of Economics de la Universidad de Delhi, donde Sanjay Subrahmanyam cursó sus estudios.

Las conexiones entre la historia y la literatura

Los artículos de este libro pertenecen a diferentes géneros y temas. Las reseñas componen un primer conjunto que se centra ante todo en los libros de carácter histórico, lo que no es sorprendente. En este sentido, los asuntos abordados son tan diversos como la macro-historia comparada del desarrollo de Occidente y Oriente (muy popular en los últimos quince años); la noción de imperio; Vasco da Gama, al que Sanjay Subrahmanyam ha dedicado una biografía (posteriormente traducida al francés -y al español, en Crítica); la historia de los Thugs, esos adoradores de la diosa Kali que estrangulaban a sus víctimas con un pañuelo antes de robarlas y cuyas prácticas nutren un imaginario que va más allá de de la India colonial, como ilustra el héroe de ficción, Indiana Jones; la historiografía de los Estudios Subalternos; o, de nuevo, la teoría de los grandes hombres providenciales, de la que Winston Churchill, quien sirvió en el ejército británico en la India a finales del del siglo XIX, sería un buen ejemplo.

Sanjay Subrahmanyam se permite incursiones fuera de su territorio de especialista. Se trata sobre todo de una incursión cronológica en la historia contemporánea, reseñando la síntesis sociopolítica de Ramachendra Guha sobre la India independiente, o incluso llegando a la actualidad con el ensayo sobre el futuro de la democracia india de la filósofa estadounidense Martha C. Nussbaum, profesora de Derecho y Ética en la Universidad de Chicago, conocida por sus trabajos en en campo de la helenística -dos libros escritos para el público en general. Pero también hay una incursión disciplinaria cuando el historiador analiza la obra del antropólogo norteamericano James C. Scott sobre la resistencia a la acción del Estado por parte de las tribus de las tierras altas del sudeste de Asia, y cuyas tesis evocan las de los Estudios Subalternos.

Más inesperadas, sin embargo, son las recensiones de libros de literatura, que forman un segundo grupo, aparentemente alejado del campo historiográfico que transita Sanjay Subrahmanyam. Las figuras a las que se enfrenta podemos decir que son autores del panteón de la literatura universal como Salman Rushdie, por su libro Los versos satánicos, y los premios Nobel Gabriel García Márquez y VS Naipaul, o bien son escritores populares pero que juegan en una categoría diferente, como Aravind Adiga, escritor indio de lengua inglesa, autor de una novela de éxito internacional, El tigre blanco, que le valió el Premio Booker en 2008.

Además de estas reseñas, otros artículos se centran en temas de actualidad, como los ataques del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York y los cambios que han producido en la representación de los Estados Unidos como un país marcado por el cristianismo, o el abandono por parte del Estado de los estudios dedicados a las humanidades y a las ciencias sociales en la India, algo que solo pueden compensar, dice Sanjay Subrahmanyam, las fundaciones filantrópicas de los grandes grupos industriales de la India (uno puede preguntarse si la empresa Infosys no es un ejemplo). El concepto de secularidad, que no debe confundirse con lo que es conocido en Francia con el término de laicidad, fue objeto de un animado debate con el famoso psicólogo y ensayista indio Ashish Nandy. El autor no oculta que tiene poco respeto por lo que él cree que son los argumentos de su colega, cuya visión de la India parece impregnada por un romanticismo reaccionario y un “sentimiento anticiencia, antimoderno y antiarte”, algo de lo que varios autores del grupo de Estudios Subalternos, añade, no estarían exentos.

La crítica de la representación hindú y nacionalista de la India se encuentra en el corazón del artículo que le dedica a VS Naipaul. Se requiere el conocimiento histórico y sociológico de la India moderna que tiene el autor de objetivar la perspectiva de Naipaul. Procedente de una de las familias de la llanura del Ganges, que estuvieron en contacto con los movimientos reformistas hindúes del siglo XIX, antes de emigrar al Caribe, Naipaul, “hijo de la diáspora india”, ha jugado con una forma de neohinduismo nostálgico, hostil al islam, que guarda afinidad con la ideología de los partidos nacionalistas hindúes de la India contemporánea, cuya génesis se basa en las mismas fuentes del hinduismo reformado.

No soy especialista en la historia conectada, aunque algunos de los temas de esta colección de varia me sean familiares. Sin embargo, he leído este libro de capítulos cortos como una novela, compuesta por el talento narrativo del autor, por el placer de su escritura, por su sentido de la observación sociológica, por la cultura que despliega, y más aún, por un espíritu crítico y por una libertad de pensamiento y expresión que son bastante extraños en Francia, en el mundo académico. A Sanjay Subrahmanyam no parece preocuparle la reputación ni los cargos institucionales que a menudo otorgan renombre prefabricado a libros sin originalidad y que de otra manera pasarían desapercibidos, incluso para los mismos editores, si sus autores no tuvieran un nombre que les hace esperar ventas y comentarios. En las diferentes categorías también Ashish Nandy, Martha C. Nussbaum y Aravind Adiga suscitan la brillante ironía de Sanjay Subrahmanyam. El libro de Nussbaum, escribe, lleno de buenas intenciones ideológicas con respecto a los pobres del mundo, es similar al género tradicional del “relato de viaje filosófico”, exótico y superficial, nutrido ante todo por las discusiones privilegiadas con Amartya Sen y los intelectuales bengalíes expatriados en Chicago, una ciudad convertida en “un suburbio de Calcuta”. La novela del segundo, que narra el meteórico ascenso social de uno de estos desheredados de Bihar al que no arredran los escrúpulos, ni siquiera los delitos violentos, está ahora en el equipaje de cualquier viajero occidental que quiera descubrir el reverso del decorado de esa India que no brilla para todos, contrariando el eslogan de la India Shining que la derecha nacionalista hindú quiere vender. Sanjay Subrahmanyam dedica unas páginas a los lugares comunes que estructuran la novela y, en especial, al imposible dilema literario al que se enfrentan muchos autores en lengua inglesa: cómo hacer creíble, en inglés y para un público occidental, el punto de vista de un héroe que solo se expresa en una variedad regional de hindi, una lengua que no dominan los autores de estas novelas.

Una trayectoria atípica

Los tres artículos de naturaleza autobiográfica y la entrevista que cierra este libro nos hablan de la atípica trayectoria intelectual y académica, en la diáspora india, de este historiador. Sanjay Subrahmanyam, nacido en 1961, es el más joven de una familia de funcionarios y maestros cuyo padre, miembro del Indian Administrative Service, fue un influyente experto en asuntos de estrategia y de defensa. Los hermanos del autor pertenecen también a la función pública y a la diplomacia, siendo el mayor embajador de la India en China. El mediano es tamil, brahmán, como Subrahmanyam observa con cierta distancia al explicar su falta de tolerancia hacia la comunidad canina (especialmente en París). Sanjay Subrahmanyam hizo sus estudios de posgrado en el prestigioso St Stephen College de la Universidad de Delhi, donde no pudo evitar ni el diletantismo burgués de sus compañeros de clase ni la mediocridad de algunos profesores. Después de obtener la licenciatura, se incorporó a la Delhi School of Economics, famosa por la excelencia de sus profesores, preparó una tesis doctoral sobre la historia económica del sur de la India en los siglos XVI y XVII, que defendió en 1987, y luego comenzó allí mismo una carrera como docente en economía. Para entender la trayectoria de Sanjay Subrahmanyam hay que relacionar sus facultades con el estado del campo de los estudios históricos en la India en la década de 1980. Al leer la evocación que ofrece, es evidente que el abanico de posibilidades parecía bastante cerrado para un joven investigador en busca de la innovación y demasiado independiente para someterse a las pesadeces del mundo burocrático y académico, donde cada escuela defiende con firmeza sus posiciones y sus puestos. La presentación que hace de la oposición entre los estudios subalternos, cuya labor puede ser más innovadora en sus intenciones que en sus objetos, dice, y la denominada escuela de Cambridge, satisfecha con sus fuentes coloniales en lengua inglesa, atestigua una distancia y un humor que es difícil de imaginar en la pluma de un historiador francés que expusiera públicamente las distintas interpretaciones de la Revolución francesa según los partidarios de Albert Soboul y los de Furet.

Uno podría estar tentado de participar en un debate con Sanjay Subrahmanyam, por ejemplo en torno a la noción de civilización, que trata en el primer artículo de este libro. Respondiendo afirmativamente, pero implícitamente, a la cuestión que plantea, “¿la civilización india es un mito?”, el autor examina el uso de este concepto en la historiografía de la India desde la época colonial, señalando que los “orientalistas occidentales” tienen su parte de responsabilidad en la invención de esta idea. Es probable, sobre todo en algunos de loa casos a los que se refiere el autor. Pero el estudio de los usos historiográficos de la noción de civilización exige apartarse de cualquier anacronismo para no proyectar sobre el pasado los usos contemporáneos que arrastra este concepto, el cual ha de ser analizado como una categoría histórica. Sin embargo, el problema es que la noción de “orientalistas occidentales” tiene tan poco sentido como las categorías de Oriente y Occidente que Sanjay Subrahmanyam también critica con razón. Desde la primera mitad del siglo XIX, los estudios indios en Europa (Inglaterra, Alemania, Francia) y en los Estados Unidos, por ejemplo, han tenido diferentes trayectorias institucionales, intelectuales e ideológicas y no hay forma de unir a esos estudiosos de diferentes disciplinas (gramática, filología, filosofía, historia) y a sus trabajos bajo un mismo sello de orientalismo occidental, proque si se hace es de manera abusiva. Además, reprochar en bloque a estos denominados orientalistas occidentales el haber ignorado la herencia extranjera de la India, y en el primer lugar la del islam, tiene poca relevancia para los investigadores cuyo objeto de estudio es la antigua India, por ejemplo entre Ashoka (IV-III siglos aC) y la dinastía Gupta (IV-VI dC) o la historia del budismo, y no la India de la primera modernidad.

En la entrevista que cierra este volumen, Sanjay Subrahmanyam vuelve con fuerza sobre esa idea tan errónea, en su opinión, de que el conocimiento histórico es ajeno a la “civilización” india, que habría tomado prestado este concepto de los europeos, como defienden Ashish Nandy o Ranajit Guha, por ejemplo. Los trabajos de Sanjay Subrahmanyam, en cierto sentido, niegan este punto de vista y son convincentes para el período tratado. Pero en este punto se aborda quizá el límite de los cuestionamientos historiográficos de esta historia conectada del sur de Asia. Es, parece, como si las lecciones extraidas del estudio de la primera modernidad valieran para toda la historia de la India. Como señala Sanjay Subrahmanyam, el sanscritista Sheldon Pollock indica que en la antigua India no encontramos ningún rasgo clásico que nos lleve a pensar en la historia como sistema de saberes. Uno puede plantear el argumento considerarando un campo de estudios muy alejado de toda historia llamada positiva, el de la filosofía. Pero incluso en esta disciplina de la antigua India, señalaba por su parte Madeleine Biardeau, la historia no está ausente ya que se inscribe, a su pesar, en la historia de los textos. De este espacio textual, letrado, nos quedarían, en definitiva, los conflictos de interpretaciones que estos textos han planteado en su tiempo. En este punto, se podría entablar una discusión. Pero sería salir de la primera modernidad y entrar en un debate de especialistas.

Ya que parece que constantemente quiere ir contra las ideas recibidas sobre la historia de la India, hay algo de herético en el planteamiento de Sanjay Subrahmanyam, que nunca sostiene sobre los temas que aborda lo que uno esperaría. También, podemos alegrarnos de ver que el Collège de France consagra a un historiador cuyos puntos de vista iconoclastas son siempre extremadamente estimulantes.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12530

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