Los silencios sobre el Holocausto

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5 de octubre de 2013 por difundimos

En “Silence and the Shoah”, Samuel Moyn reseña para TLS: Laura Jockusch, Collect and Record! Jewish Holocaust documentation in early postwar Europe (Oxford University Press) y François Azouvi, Le mythe du grand silence. Auschwitz, les Français, la mémoire (Fayard). Esto expone Moyn:

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La sabiduría convencional sobre la memoria del Holocausto ha sido la de que después de la Segunda Guerra Mundial casi no hubo interés ni se puso atención en el hecho de que muchos judíos murieran en ella;  la de que aquellos que vivieron la guerra fueron simplemente espectadores de una gran enormidad, que ni siquiera se dieron cuenta de que lo eran. Incluso en Israel, antes y después de 1948, la creación de la conciencia del Holocausto decayó. Pero ahora, en el supuesto de que este “mito del silencio” solo pudiera contribuir a un proyecto para deshonrar a los judíos o a deslegitimar el Estado judío, ha comenzado un contragolpe. Se inició en 2010 con Hasia Diner y su We Remember with Reverence and Love: American Jews and the myth of silence after the Holocaust 1945–1962, que documenta que los estadounidenses no permanecieron cruzados de brazos, y fue seguido por After the Holocaust, en el que David Cesarani y un equipo internacional de historiadores mostraron que, sobre todo en los círculos de lengua yiddish, el shock del Holocausto fue registrado inmediata y persistentemente.

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Alumna de Diner y colaboradora en el libro de Cesarani, Laura Jockusch está interesada principalmente en los judíios de Europa Continental, y su Collect and Record! analiza las instituciones pioneras que en Francia y en Polonia organizaron la primera investigación sobre el Holocausto. Si bien hemos sabido de instituciones como el Centre de documentation juive contemporaine en Francia y de la Central Jewish Historical Commission en Polonia, las respuestas de los muchos que lucharon para contar su historia no se habían reunido antes y Jockusch merece un enorme reconocimiento por la grabación de sus narrativas de forma tan rica y convincentemente detallada. Tal vez lo más destacable es que muestra que los judíos emprendieron formas de escritura de la historia incluso en las difíciles circunstancias de los campos de refugiados del Continente, un fenómeno nunca estudiado. Encontramos aquí, por ejemplo, que en la zona americana de la Alemania ocupada una cincuentena de ramas de una Central Historical Commission trabajaron durante dos años, a finales de 1940, para cumplir un “deber sagrado” de documentar la catástrofe. Una circular de la comisión advirtió: “No hay que olvidar que todo documento, imagen, canción o leyenda es la única lápida que podemos colocar en las tumbas desconocidas de nuestros padres, hermanos y niños asesinados !”

Pero Jockusch quiere que su historia sea algo más que el empuje profético a recordar. El impulso general de su libro es una especie de conmemoración de segundo orden -la diligente recopilación y registro de las historias de aquellos que se comprometieron tempranamente a acopiar y registrar. Estos sobrevivientes-historiadores -la mayoría de los cuales no estaban capacitados profesionalmente- mostraron una “extraordinaria visión y audacia” en la recopilación de recuerdos personales que ahora son vistos como elementos cruciales de la historia, pero que en su momento se despreciaron. En Polonia, estudiosos como Rachel Auerbach -sobreviviente del ghetto de Varsovia, que más tarde ayudaría a encontrar el memorial israelí del Holocausto Yad Vashem- visitó a la gente en sus hogares y refugios, almacenando inicialmente las entrevistas en un armario.

Lo más importante del estudio de Jockusch es que allana el camino para una historia transnacional de la memoria del Holocausto. Se han publicado muchos libros sobre cómo el Holocausto llegó a figurar en la cultura nacional de cada país europeo, junto con Estados Unidos e Israel. Pero excepto Tony Judt, para quien la memoria del Holocausto fue el único logro distintivo de la civilización europea en la era posterior a la guerra, nadie ha tratado de integrar las distintas experiencias nacionales -un extraño lapso dado el enorme desplazamiento de judíos supervivientes tras la guerra y la desterritorialización del pueblo judío, incluso desde 1948. Jockusch muestra, a través de su pequeño estudio de caso de los primeros historiadores, lo mucho que queda por hacer, en parte porque subraya lo conectados que estaban los distintos grupos de recopiladores.

Es menos convincente, sin embargo, en su argumento contra el “mito del silencio”. La réplica a la generalización de que hubo un manto de silencio sobre el Holocausto no es simplemente la de que en todas partes los judíos hablaron de forma temprana y frecuente. La memoria, y sobre todo la memoria colectiva de las sociedades, no es como un interruptor de la luz: encendido o apagado. Incluso un enorme compendio de información como el que ofrece el importante estudio de Diner es anecdótico en su carácter, dejando abierta la manera de cómo generalizar sobre los judíos como grupo. Jockusch dice que “el silencio” se produjo principalmente entre los no-judíos, lo cual es cierto, pero eso no significa que un gran número de judíos, y mucho menos una mayoría, rompieran el silencio. Los que no hablaron sobre el Holocausto se quedaron en silencio por razones diferentes, y a veces por el bien de otras causas. Los judíos en la Europa del Este a menudo eran comunistas fervientes; en Europa occidental, muchos judíos llegaron a la conclusión de que su mejor opción era esforzarse más para borrar la diferencia judía (Jockusch cita a Paula Hyman, que indica que los judíos franceses cambiaron sus apellidos en cifras récord en los años inmediatamente posteriores a la guerra). Sería absurdo imponer a un grupo vasto y diverso de personas una obligación colectiva para satisfacer cualquier expectativa cultural, incluso a raíz de su mayor tragedia.

Diner admite que su testimonio remite solo a la conmemoración de las víctimas del Holocausto por la comunidad judía. El estudio de Jockusch, del mismo modo, ni siquiera trata de reorientar nuestra comprensión de por qué y cómo los rechazaron esas más amplias sociedades en las que trabajaron estos tempranos estudiosos del Holocausto. El victimismo judío fue menos visible después de la Segunda Guerra Mundial que ahora, por una serie de razones conectadas. Los gobiernos nacionales a través del Atlántico Norte estaban preocupados por presentar a su propio pueblo como las principales víctimas. Y lo que es más importante, los enemigos militares y políticos de los nazis, más que los “raciales”, sobrevivieron en proporciones mucho mayores para contar sus historias. El mismo fracaso de los primeros historiadores del Holocausto en ser escuchados significa que pocos entendieron exactamente quién había sufrido lo peor en una guerra en la que la mayoría de las personas sufre en algún grado. Muchos de los estudiosos de Jockusch son europeos del Este que perdieron la confianza en que sus esfuerzos por recordar lo que había sucedido supusieran una diferencia en la utopía comunista; pero cuando viajaron al oeste, encontraron aún menos audiencia.

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Todo lo cual hace tan importante Le Mythe du grand silence de François Azouvi. Es el primer intento de ofrecer un nuevo punto de partida para la historia de la memoria del Holocausto, tomando en cuenta la memoria pública en general yno simplemente la memoria judía en particular, a pesar de que se limita a Francia. El elegante libro de Azouvi se centra en gran medida en la alta cultura, de los filósofos a los novelistas, pasando por los cineastas. Su revisión se hace más plausible a medida que el libro se mueve más hacia la era de la posguerra. En su tratamiento de la década de 1940, el análisis de Azouvi es casi revolucionario, aunque se centra útilmente en la inmediata conciencia católica de la magnitud del genocidio. Mucho más convincente es su relato de cómo el genocidio judío fue recogido en la literatura y el cine -en particular en tres novelas ganadoras de Premio Goncourt a mediados de la década de 1950 (la más famosa es El último justo de André Schwartz-Bart ). Su argumento más importante es que no fue el juicio a Eichmann de 1961 lo que llevó al Holocausto a la conciencia pública, como afirmaron los primeros historiadores, sino la polémica desatada por la obra de Rolf Hochhuth El vicario, que apuntaba al silencio del Papa Pío XII durante la guerra. Esa controversia fue instigada por otros varios eventos, como el ya olvidado asunto iniciado por la publicación en 1966 de Treblinka, la obrita de Jean-François Steiner, que defendía que los judíos habían muerto por una falta de fibra moral. Azouvi sospecha con razón que a mediados de la década de 1960, como también sugiere el escándalo involuntariamente puesto en marcha por las afirmaciones que Hannah Arendt hizo de pasada sobre la elite judía, el que los judíos airearan sus preocupaciones por la pasividad de su pueblo ayudaron a catapultar al Holocausto a la recién descubierta fama.

A pesar de su exageración ocasional y su engañoso título, Le Mythe du grand silence también confirma la verdad recibida de que la conciencia pública sobre el Holocausto se “aceleró” después de un lento comienzo. Cuando trata la fecha central de 1967, de la que tanto se cuelgan políticamente, la modestia de su revisión es palpable. La Guerra de los Seis Días, para Azouvi, fue menos un principio absoluto que “el paroxismo que sucedió a un largo período en el que la fiebre creció lentamente, después de haber asomado varias veces antes”. Eso suena bien, pero para un gran número de no-judíos, así como para muchos judíos, la mirada sobre el Holocausto cristalizó solo entonces -o incluso más tarde, ya que como Azouvi viene a mostrar, la “fiebre” todavía tenía varias etapas por recorrer, incluyendo el lanzamiento de Le Chagrin et la Pitié de Marcel Ophüls dos años más tarde. En particular, Azouvi concede que la separación del Holocausto como hecho distintivo en sí mismo dentro de la matriz más grande de la guerra no llegó al público -con algunas excepciones- hasta mucho tiempo después.

La búsqueda continua de la comprensión de cómo surgió y evolucionó la memoria del Holocausto es tan importante porque es una genealogía de nuestra moral común. Y hay una falla profunda en el bien intencionado movimiento por destruir el mito del silencio. Encerrado en una disputa polémica, a menudo invierte el argumento de aquellos que construyeron el “mito”. El debate actual muestra que los historiadores deben renunciar a la premisa de que el Holocausto estuvo enteramente ausente o integralmente presente desde el principio. Lo que cuenta son las formas cambiantes de la memoria del Holocausto, que por la década de 1970 y 80 habían cambiado claramente las actitudes de las personas hacia el pasado nacional, así como su respuesta a la política internacional.

François Azouvi estudia los últimos años desde la perspectiva del Estado francés y observa los juicios famosos a veteranos colaboracionistas. A diferencia de Jockusch, no aborda la memoria del Holocausto desde una perspectiva supranacional. Extender el impulso globalizador del estudio de Laura Jockusch podría pronto revelar el proceso de descolonización, y sus secuelas, como el evento crucial y más olvidado de la historia. Un académico, Michael Rothberg, ya ha demostrado de manera convincente que la atrocidad alemana y la colonial fueron recordadas juntas en Francia, a veces en combinación solidaria, como crímenes contra los recuerdos avivados de un pueblo del dolor de los demás. Pero, a largo plazo, la memoria del Holocausto también se filtró en la conciencia contemporánea de los derechos humanos. No tanto indignados por el crimen imperial, sino más bien horrorizadso por la violencia poscolonial, los ciudadanos occidentales finalmente encontraron impactante la violencia intraeuropea que una vez habían pasado por alto, en silencio. Ahora tenemos una historia de la memoria del Holocausto orientada a la política internacional en su conjunto, en lugar de los caprichos de un solo punto de acceso. Si la memoria del Holocausto mundial a veces proporciona una forma de apoyo al Estado de Israel, también ayudó a que las víctimas sufrientes de otros estados movilizaran un nuevo tipo de interés humanitario, al menos desde la década de 1960 y 1970 en Biafra, Bangladesh y Camboya. No en vano las víctimas y sus simpatizantes en esos tres lugares aprendieron a presentar la tragedia como otro Holocausto.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12528

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