La revolución industrial, contada por sus protagonistas

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29 de septiembre de 2013 por difundimos

Puede que hasta la fecha no haya cosechado grandes parabienes, ni tantas reseñas como otros (como exepción, lo que dice Amanda Foreman en la muy escueta recensión que publicó en las páginas de The Times), pero lo considero uno de los volúmenes más interesantes de la temporada. Quizá que el objeto sean los siglos XVIII y XIX, aunque el asunto sea importante, le ha restado el protagonismo que sí suelen tener las obras que tratan sobre el siglo XX, y sobre las guerras mundiales en particular. Se trata de Liberty’s Dawn. A People’s History of the Industrial Revolution, (Yale UP).(Yale UP), del que es autora Emma Griffin.

Profesora en East Anglia, Emma Griffin publicó un par de textos divulgativos para acompañar la salida de su libro, esta pasada primavera: uno en el blog de la editorial y otro en historyextra, portal de la BBC History Magazine. En ambos lugares podemos hacernos una idea aproximada de lo que contiene el volumen, un libro sin duda polémico, sobre todo porque se distancia de la tradición del marxismo británico, en la que ella misma se sitúa (como hemos visto en este blog). Por lo demás, y a falta de mayor recepción crítica, tenemos el propio libro y la nota que difundió la University of East Anglia, centro al que pertenece esta historiadora.

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Así empieza el volumen (los primeros párrafos de la introducción y el último):

En los albores del siglo XIX, tuvo lugar en Gran Bretaña un sutil y casi inadvertido cambio social. A medida que la revolución industrial se aceleraba, un número creciente de gente trabajadora cogió lápiz y papel y escribió sus recuerdos. Algunos, como el poeta Robert Anderson, superó sus humildes orígenes hasta adquirir unas habilidades literarias considerables. Sus “Memoirs of the author” fueron publicadas en 1820 como prólogo a un volumen de su poesía. Otros borraron sus relatos carentes de destreza, diculpándose al escribir  por su pobre ortografía, explicando que sus días escolares habían terminado antes de aprender a poner los “puntos y las comas”. Sin importar el mérito literario, esos escritores legaron una extraordinaria colección de fuentes históricas,  centenares de relatos evocadores de la vida cotidiana en uno de los momentos de inflexión más importantes de la historia del mundo. Este libro cuenta su historia, un relato inesperado de unos trabajadores que consiguieron por sí mismos nuevos niveles de riqueza, libertad y autonomía. Comencemos abriendo las páginas de uno de esos cuadernos.

En las bóvedas del Norfolk Record Office descansan las memorias manuscritas de John Lincoln. Escritas en la década de 1830, las memorias fueron transmitidas cuidadosamente de padres a hijos hasta que llegaron a las manos del historiador local, Patrick Palgrave-Moore, que sabiamente las depositó para su custodia en la Oficina del Registro. Las ochenta páginas del cuaderno de Lincoln son frágiles y están resquebrajadas, compuestas por la descuidada mano de un escritor autodidacta. Las páginas, celosamente escritas y sin márgenes, nos recuerdan que Lincoln vivió en una época en la que el papel era una apreciada mercancía. Incluían lo que él llamaba su “Simple Naritive“, un detallado relato de su vida desde sus primeros recuerdos de la infancia hasta el presente. Lincoln tenía casi sesenta años cuando escribió sus memorias. No aparece en el censo 1841, por lo que es probable suponer que no vivió muchos años más después de acabarlas.

En su cuaderno nos enteramos de que John nació abocado a una vida de abrumadora pobreza, incluso para los niveles deprimidos de finales del siglo XVIII. Su padre murió poco después de su nacimiento, dejando a su madre indigente. Para mantener junta a su pequeña familia de dos hijos (menos de los diez que había dado a luz), la madre de John “iba a lavar cinco días a la semana”. El trabajo de la madre, y un poco de ayuda de la parroquia, permitieron que la familia tuviera un techo hasta que John cumplió los siete años. En este momento, sin embargo, la parroquia decidió que, con siete años de edad, tendría que ganarse su propio sustento. John nunca vivió con su familia de nuevo. Fue enviado primero a trabajar para un fabricante de cáñamo que la parroquia había encontrado. La colocación no duró mucho. Los malos tratos que padeció a manos de la mujer de su amo se intensificaron hasta que ella le abrió el cráneo con un carrete de madera de cáñamo. Eso era excesivo, incluso para sus tibios guardianes, y en la parroquia perdieron poco tiempo en buscarle una nueva ocupación. En la década siguiente, John se trasladó de un sitio a otro, escogiendo sus empleos con el propósito de mantenerse cerca de su hermana y de su “querida madre” -se sentía inquieto, según dijo, sin tener cerca a un “amigo al que contarle todas mis pequeñas pernas”. Las circunstancias de esta pequeña familia estaban lejos de ser ideales, pero los lazos entre madre e hijo fueron claramente fuertes y significativos. A pesar de vivir separados desde la edad de siete años, John vivió la muerte de su madre como un golpe demoledor. Sumido en una tristeza que no podía articular, se describió a sí mismo simplemente como “muy inestable” y de una “templanza errante”, incapaz durante muchos años de instalarse en un lugar o mantener una ocupación.

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Quizás estas experiencias traumáticas ayuden a explicar las relaciones insatisfactorias que estableció poco después. La primera fue con Ann, que era criada en Oxborough, una excelente cocinera, pero una mujer con “mal genio y violenta -una persona muy robusta y diez años mayor que yo”. Pasado poco más de un año, Ann se encontró en una situación delicada. La boda era la única solución. Esta tuvo lugar en enero de 1799, pero el matrimonio no fue ni largo ni venturoso. Tan pronto como tuvo el anillo en su dedo, Ann dejó la casa en la que estaba empleada y regresó con su propia familia, con John siguiéndola poco después y a regañadientes para trabajar con su suegro “abriendo y cubriendo zanjas” y viviendo en la humilde casa de la familia. Admitió en su cuaderno que la recepción que tuvo allí rápidamente le hizo desear haber seguido el consejo de su maestro y no casarse nunca. En julio, Ann se presentó ante John con el niño, pero ella enfermó durante el invierno. Semanas después, había muerto. Como sus suegros no están dispuestos a hacerse cargo del niño, John se quedó solo, afrontándolo lo mejor que pudo. Consiguió una niñera para que atendiera al niño mientras él trabajaba en el campo durante el día, pero sospechaba que lo abandonaba. Los “pies de mi querido hijo estaban casi entumecidos” tras largas horas de reclusión en una cuna, recordó, y cuando regresaba de la jornada de trabajo su hijo “saltaba de alegría en cuanto aparecía”. John dejó a hijo con una segunda niñera, pero la vida miserable del niño se vio truncada a los dieciocho meses. Dos años habían pasado desde que John se había casado. Tanto su esposa como su hijo habían muerto y, como John observó lacónicamente, él estaba lejos de ser feliz.

(…)

Por encima de todo, tenemos que escuchar con más atención lo que nuestros testigos de primera mano están tratando de decirnos. Al relatar su viaje a la edad adulta y a la autocomprensión, en el mero hecho de escribir una autobiografía, nuestros escritores nos comunican algo acerca de su lugar en un mundo cambiante. Es hora de pensar lo impensable: que estos hombres se vieron a sí mismos no como perdedores oprimidos (como uno de nuestros autobiógrafos escribió con orgullo) sino como los “hijos de la libertad”.

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Y esta es la nota difundida por la East Anglia:

En contra de la opinión de que la revolución industrial solo trajo miseria y  pobreza, la profesora Emma Griffin muestra por primera vez que con aquella aumentaron los ingresos, mejoró la alfabetización y surgieron apasionantes oportunidades para la acción política. Para algunos, fue también una época de una nueva y muy apreciada libertad sexual y cultural.

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Griffin ha estudiado más de 350 autobiografías y diversos registros escritos, datados entre 1760 y 1900, muchos de ellos inéditos y conservados en archivos de los condados y colecciones de bibliotecas. Con ese material, ofrece un relato de primera mano de cómo la revolución industrial fue experimentada por aquellos que la vivieron: desde los trabajadores de las fábricas, mineros y carpinteros hasta criados, zapateros y peones de labranza.

En Liberty’s Dawn. A People’s History of the Industrial Revolution, publicado por Yale University Press, Griffin proporciona un estudio alternativo del trabajo y de la revolución industrial, defendiendo que ha llegado el momento de reconsiderar las a menudo repetidas afirmaciones de que ofreció poco más que miseria a quienes más contribuyeron a ello.

“A pesar del continuo interés sobre cómo la revolución industrial fue experimentada por los pobres, nadie ha abierto las páginas de los libros y cuadernos donde los pobres escribieron precisamente sobre eso”, indica Griffin. “Los historiadores han medido los salarios y las horas de trabajo con un cuidado meticuloso, pero ninguno ha procurado escuchar o dar sentido a los desordenados relatos que los trabajadores dejaron tras de si. Si en vez de contabilizarlos los escuchamos, empezaremos a ver la revolución industrial bajo una luz muy diferente”.

“Se asume con demasiada frecuencia que los trabajadores dejaron pocas huellas en el registro histórico y que, por tanto, deben permanecer siempre sin voz. Pero como muestran esas autobiografías, los trabajadores de los campos y las fábricas británicos no siempre fueron tan silenciosos como generalmente se había supuesto. Además, captan un amplio sector de la clase obrera y sus experiencias vitales”.

“Pese a todas sus deficiencias, estos relatos ofrecen la mejor vía -de hecho, la única- para examinar la vida de las gentes trabajadoras en uno de los momentos de inflexión más importantes de la historia del mundo. Estos escritos nos transmiten una extraordinaria colección de fuentes históricas y centenares de relatos evocadores de la vida cotidiana. Mi propósito ha sido contar su peripecia, un relato inesperado de unos trabajadores que consiguieron por sí mismos nuevos niveles de riqueza, libertad y autonomía”.

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La mayoría de las autobiografías que Griffin ha estudiado fueron escritas por hombres, los que más ganaron con la industrialización. El período supuso más empleo, pero eso significó también más trabajo para los niños, que a menudo se vieron forzados a trabajar a una edad cada vez menor. Los distritos fabriles ofrecían más oportunidades de empleo para las mujeres, lo que daba lugar a trabajadoras más jóvenes con mayores libertades, aunque la maternidad a menudo se las arrebataba y las dejaba, incluso en las zonas económicamente más dinámicas, viviendo unas vidas que diferían muy poco de las de sus abuelas.

Sin embargo, aunque la pobreza siguió siendo una forma de vida para muchos, Griffin sugiere que la industrialización trajo beneficios inesperados para algunos sectores de los trabajadores pobres.

“Los críticos argumentarán que las ganancias materiales para la mayoría de las familias fueron pequeñas. Hombres, mujeres y niños sintieron la llegada de la industrialización de muy distintas maneras, y ciertamente los hombres se beneficiaron más que las mujeres y los niños. No obstante, la explotación económica y la opresión política pudieron convivir con las recién descubiertas y muy valoradas libertades personales. Estos escritores se vieron a sí mismos no como perdedores oprimidos, sino como hombres y mujeres que controlaban su destino;  que la revolución industrial pregonaba el advenimiento no de un `período oscuro’ , sino del amanecer de la libertad”.

Liberty’s Dawn examina las experiencias laborales de hombres y mujeres, el auge del trabajo infantil y las actitudes hacia el matrimonio y el sexo, así como el papel de la cultura, la educación y la religión, y el aumento de las oportunidades de activismo político.

Dice Griffin: “dado que la atención se ha centrado durante mucho tiempo en la forma en la que el cambio destruyó maneras de vivir más antiguas y valiosas, los historiadores han sido incapaces de captar los beneficios que muchos trabajadores se labraron por sí mismos y al margen de la agitación política. El crecimiento industrial dio a los trabajadores pobres un grado de libertad personal que los del siglo XVIII prácticamente casi nunca pudieron disfrutar”.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/11372

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