Anthony Grafton: mi forma de trabajar

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27 de septiembre de 2013 por difundimos

En The Daily Beast, Noah Charney comanda una sección que suele titularse “How I Write”, que consiste en entrevistas a destacados escritores, ya sean literatos o meramente académicos.  Y es un buen momento para presentarla, aprovechando que en esta ocasión dialoga con el eminente historiador Anthony Grafton:

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Usted ha ayudado a fundar un nuevo campo de estudio, la historia de la lectura. ¿Cómo surgió?

Claro. La historia de la lectura es una especialidad de Princeton desde sus orígenes. Gran parte del mérito se remonta a Robert Darnton, mi maravilloso colega. En los años 70 y 80 él estuvo redefiniendo el campo de la historia del libro estudiando la historia de esa maravillosa editorial suiza del siglo XVIII, la Sociedad Tipográfica de Neuchâtel. Escribió una serie de libros y artículos que han transformado la manera en que pensamos sobre la historia de la edición, haciéndola mucho más rica y humana, conectándola con la historia de la literatura. En su famoso libro La gran matanza de gatos hay un capítulo fascinante sobre la forma en que los lectores respondieron a Rousseau, quien abogaba por un nuevo tipo de lectura. También escribió una importante obra metodológica titulada “Primeros pasos hacia una historia de la lectura“.

Yo había estado trabajando, desde que era estudiante, en los filólogos del Renacimiento, los que interpretaban los textos, y en los humanistas como maestros, y cómo introducían a sus estudiantes en el arte de la lectura en sus aulas. Así que estaba acostumbrado a trabajar con  libros  y manuscritos anotados -registros de la docencia. Me pregunté si no sería posible pasar de la reconstrucción de la enseñanza formal a la lectura de los hombres educados (y, como ahora sabemos, de las mujeres educadas, más de las que habíamos pensado en los años 80). En ese momento, Lisa Jardine, con quien había escrito un libro sobre la educación humanista, llegó a Princeton como visitante, y los dos comenzamos a buscar una copia de un libro escrito por el historiador romano Tito Livio, que estaba depositado en la biblioteca de Princeton . Había sido ampliamente anotado por un erudito inglés, Gabriel Harvey, profesor de griego en Cambridge y amigo de Edmund Spenser. Primero nos dimos cuenta de que tenía una escritura maravillosa, lo que era una buena señal. Mi profesor Arnaldo Momigliano solía decir: “Un gran hombre con buena letra es un doble gran hombre”. También nos dimos cuenta de que hizo un montón de comentarios explícitos sobre la forma en que leyó el texto: estructuró el escena, dejó claro que era una especie de lector profesional que trabajaba con miembros de la élite, que extraería lecciones políticas del texto. Así que empezamos a profundizar. Cuando Jardine estaba a punto de dejar Princeton  habíamos preparado un artículo sobre cómo Gabriel Harvey leyó su Livio, que finalmente apareció en Past and Present. Esa fue la pieza, pienso que más que cualquier otra, que despertó el interés en la historia de la lectura. Desde entonces, el trabajo ha ido en toda suerte de direcciones, pero creo que nuestra visión, la de que se podía ver a ese hombre leyendo un antiguo texto romano y que sirviera como una especie de mapa de la política de la década de 1590 en Inglaterra, la de que se trataba de una poderosa especie de lectura, continúa teniendo algo de vida. Nunca he dejado de hacer historia de la lectura desde entonces.

He hecho esta pregunta a Stephen Greenblatt, Martin Kemp y Christopher Celenza y tengo curiosidad por su respuesta. Me encontré con una nota que decía que Leonardo da Vinci poseía 118 libros en el momento de su muerte, lo que era un muy buen número a principios del siglo XVI, pero no he podido encontrar una lista detallada. ¿Qué cree que habría aparecido en la biblioteca de un pensador y artista  italiano del siglo XVI, de un buen lector, y qué textos “clásicos” no habrían aparecido (porque aún no se conocían) y que nos pueda sorprender?

Esa es una buena pregunta! Un montón de cosas que ahora parecen canónicas no habrían sido accesibles a Leonardo, que no era muy hábil con el latín. En aquel entonces, había muchas cosas que solo estaban en griego, o no todo se podía leer en sus primeras traducciones. No sé cuántas personas realmente “tenían” a Tucídides, leyéndolo en la primera traducción de Lorenzo Valla. Yo creo que Leonardo era más lector de lo que se le atribuye. Siempre he estado fascinado con la idea de que quería crear una versión de la Geografía de Ptolomeo para el cuerpo humano, y por la forma en la que claramente había leído la obra de Alberti, y luchó con ello. Está claro que no se trata solo de anotar  sus propios pensamientos, sino que también estaba respondiendo a lo que ha leído.

¿Alguna vez ha impartido una clase dedicada a la lectura de todos los textos que los humanistas del siglo XVI leían como parte de su educación?

No, nunca lo he intentado, pero Jim Ackerman hizo un trabajo interesante, hace muchos años, tratando de reconstruir lo que él llamó la “Estantería del arquitecto”. No sé si alguna vez publicó los resultados, pero yo estaba involucrado en una taller sobre el tema que fue muy agradable.

Usted escribió un libro sobre Leon Battista Alberti . ¿Cómo lo eligió como tema, ya que es bastante subestimado, y cómo le llegan los temas por lo general?

Mis temas me llegan por los caminos más insospechados. Mis favoritos son los que me encuentro cayendo en la madriguera del conejo, que es como me encontré con uno de mis temas de actualidad, la conexión de la Última Cena y el séder de Pesaj en el Renacimiento. Me gusta tirar de la cuerda, y de repente parece que hay suficiente material en mi cabeza. Ese es mi método por excelencia: dejar que las cosas se acumulen en mi cabeza y luego tratar de rastrear y poner un poco de orden en las mismas.

De todos los cursos que ha impartido, ¿tiene algún favorito?

Sí, yo diría que mi favorito es uno que imparto casi cada año para los estudiantes de historiografía, un seminario en el que se leen una serie de trabajos recientes, tratando de ver las principales orientaciones de la escritura de la historia en los siglos XX y XXI. Los estudiantes realmente aprenden a leer, criticar y re-imaginar las obras de historia. Es un poco como la escuela de posgrado, donde aprenden una hermenéutica de la sospecha. Aprenden a ser muy perspicaces y críticos. Por lo general, están escribiendo senior theses, lo que les obliga realmente a tener en cuenta lo que supone construir un gran argumento a partir de las fuentes. Me encanta verles cambiar rápidamente, de personas que leen la información a personas que están realmente pensando sobre lo que una fuente está haciendo en un momento dado en un texto, sobre cómo se maneja y articula un argumento.

Describa su rutina matutina.

Por supuesto. Cuando quiero escribir, en casa, me levanto alrededor de las 5, me hago café y poco a poco empiezo a ser consciente. Hago otros trabajos, como consultar el correo electrónico, Facebook y los sitios de noticias, luego le llevo el café a mi esposa y leo el periódico. Es la conciencia de tener por delante un largo día de trabajo. A las 8 me gusta estar ante el ordenador y me gusta escribir hasta el mediodía.

¿Le gusta estructurar sus libros con antelación o simplemente dejar que fluyan?

Escribo mi primer borrador en el ordenador. Yo solía escribirlo todo a mano, pero simplemente no tengo el tiempo, la paciencia o una escritura legible que lo haga ya posible. Me gusta escribir con rapidez, por lo que en condiciones ideales tendré hecha mucha investigación y tomadas un montón de notas antes de sentarme. Pero no hago un esquema. En lo que me costaría hacer un esquema, yo ya sé lo que tengo que decir, así que me siento y escribo.

¿Qué necesita haber producido/completado para sentir que ha tenido un día productivo de escritura?

Si estoy escribiendo a tiempo completo consigo alrededor de 3.500 palabras por mañana, cuatro mañanas a la semana.

Pero eso es increíble. He hecho más de 50 de estas entrevistas hasta ahora, y la gran mayoría de los escritores se conforman con 1.000 palabras al día. 3.500 cada mañana es mucho.

Bueno, estoy seguro de que sus 1.000 son mejores que mis 3.500, pero es solo la forma en que lo hago. Siempre empiezo con una rápida revisión de lo que escribí el día anterior. Así que es una escritura muy rápida, que necesita mucha revisión, pero es la forma que tengo de escribir los capítulos de mis libros.

¿Dígame un hábito o una afectación que le sea propio?

Con relación a la escritura, tengo un par. Uno me viene de Mr. Hyde, mi maravilloso profesor de inglés en Andover. Empezaba cada trimestre con un truco, por ejemplo diciendo: “Señores, este término lo aprenderán a escribir sin la voz pasiva. Por favor, usen la voz pasiva. En cuanto lo hagan, voy a dejar de leer sus trabajos y les pondré una F, por lo que van a ahorrarme tiempo! “Su idea no era que no debiéramos usar la voz pasiva, sino no lo hiciéramos sin pensar. Esta fue una maravillosa manera de inculcar este principio. Todavía siento una punzada de culpabilidad al utilizar la voz pasiva. Así que intento, como estilo muy activo,  identificar a los sujetos haciendo cosas claras con objetos identificados.

Uno de mis profesores favoritos en Choate, el Sr. Yankus, tenía una advertencia similar contra el uso del verbo “ser” en los trabajos. Tal vez haya algo en los profesores de los internados ingleses, algo que hace que todos se pongan de acuerdo en las mismas tácticas de enseñanza.

Ese fue el segundo mandato del Sr. Hyde: “Señores, ahora van a aprender a escribir sin el verbo to be!”

Figura CLXXXVIII en Le diverse et artificiose machine del Capitano Agostino Ramelli

Figura CLXXXVIII en Le diverse et artificiose machine del Capitano Agostino Ramelli

¿Hay algo distintivo o inusual en su espacio de trabajo?

Bueno. Sí. Tengo delante una réplica de tamaño natural de la “rueda de libros” de Agostino Ramelli, en la que guardo mis diccionarios y que llena la mitad del pequeño estudio en el que escribo. Se hizo para una exposición en la Biblioteca Pública de Nueva York en 1992. No tenían sitio para ella , así que me las arreglé para conseguirla. Puedo girar la silla desde mi MacBook Air en el que escribo a los muchos diccionarios de los que dependo para las referencias. También he conseguido, como sabe, un cocodrilo que cuelga del techo, un cráneo, una balanza, un reloj de arena -mi esposa está trabajando para hacer de mi estudio un pequeño gabinete de curiosidades(wunderkammer).

Se sorprendería de saber cuántos de los escritores que he entrevistado tienen cocodrilos que cuelgan del techo de sus estudios …

Hay un maravilloso verbo en alemán que significa “to hedgehog yourself in” [meterse en el propio caparazón].  Así podría llamarse lo que hago para escribir.

¿Tiene alguna superstición?

Mi superstición principal es que cuando estoy escribiendo un artículo para una reseña, como las que hago para The New York Review, me gusta escribir el borrador en un día. No me siento bien si no puedo hacerlo así, escribiéndola de una sentada.

¿Hay algo que siempre le haga reir?

Cualquier signo de buen humor estudiantil, sobre todo a mi costa. Un ejemplo favorito: un trabajo estudiantil de corte más literario observó algo mencionado en clase: “a todos nos gusta el profesor Grafton, pero nos preocupa que se le vaya a caer la cabeza y nos vaya a aplastar a todos”. Es cierto, tengo una gran y poderosa cabeza, así que puedo entender la preocupación.

¿Y lo que siempre le hace llorar?

El trabajo sumamente potente de los estudiantes. Cuando un estudiante hace algo extraordinario y revelador, mis ojos se humedecen.

¿Cuál es su comida favorita?

Trato de no tenerla! Lo intento con los refrescos bajos en calorías.

¿Qué frase utiliza en exceso?

Uso en exceso “grande”, “por ejemplo” y muchas de esas pequeñas frases que uno mete en las oraciones para dar la apariencia de ritmo, en vez del ritmo real.

Cuéntenos una historia divertida relacionada con una gira de promoción  o presentación de un libro.

Casi nunca he tenido. Me suenan a tragedia, más que a comedia. Me han invitado a librerías, pero solo lo hago en la local de Princeton, porque sé que algunas personas vendrán. Me causan tanto pavor los relatos que he leído sobre presentaciones a las que nadie se presenta, con los asientos vacíos …!

Cuéntenos algo sobre usted que sea en gran parte desconocido y quizás sorprendente.

Sospecho a que la mayoría de mis lectores les sorprenderá saber que soy uno de los asesores del ROTC en Princeton. Llegué allí porque mi hijo, en su último año de universidad, tuvo que afrontar el 11/S, y decidió unirse a loa marines.  Sirvió allí durante nueve años. Fue la primera persona militar en nuestra familia desde mi abuelo, que perteneció a la caballería zarista.

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En su último libro, el colosal The Classical Tradition, ¿hay alguna entrada que sea su favorita?

Muchacho! Sí, me gusta mucho la entrada sobre Asterix. Por mi parte, me gustaría recomendar la de Comentario.

¿Qué le gustaría ver tallado en su lápida?

“Fue un buen maestro”.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12422

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