Biografía del dinero: abajo la escuela neoclásica!

Deja un comentario

17 de septiembre de 2013 por difundimos

David Priestland reseña para The Guardian el volumen Money: The Unauthorised Biography (Random House), del economista Felix Martin:

Eso resultará delicioso. Cecilia, hará usted el favor de estudiar su lección de economía política durante mi ausencia. El capítulo sobre la baja de la rupia puede usted saltárselo. Es demasiado sensacional. Hasta esos problemas monetarios tienen su lado melodramático.

Este es el consejo que le da la institutriz, la remilgada señorita Prism, a su pupila Cecily (o Cecilia) en La importancia de llamarse Ernesto. Y en el estimulante y oportuno libro de Felix Martin vemos cuánta razón tenía Miss Prism: el dinero -en metálico o papel- puede parecer mortalmente aburrido, pero en realidad está en el centro de los más importantes conflictos políticos y económicos de la actualidad. Por otra parte, es la miope insistencia de los economistas en que el dinero es sólo una cuestión “técnica” y relativamente menor lo que explica por qué ellos, y sus seguidores políticos, llevaron al mundo al borde de la catástrofe en 2008 -y por qué están fallando de forma patente a la hora de rescatarnos de esa crisis.

1

 

Martin es miembro de un pequeño pero creciente grupo de economistas heterodoxos que sostienen que la preponderante economía “neoclásia” es un grave error. Para los neoclásicos, que todavía dominan los departamentos universitarios, los ministerios del gobierno, la prensa, los bancos y las organizaciones internacionales, el dinero es algo de poco interés, despachado como un mecanismo para hacer más fácil el intercambio -una alternativa al trueque.

Si el dinero es sólo un lubricante en el motor del mercado, entonces la administración del dinero es simple: el mercado funciona mejor si el valor del dinero permanece fijo y estable. Y esa fue precisamente la esencia de la mayoría de las políticas macroeconómicas occidentales entre los años 1980 y 2008: medidas concebidas principalmente para evitar que los gobiernos gastaran, imprimieran y devaluaran el dinero, y para hacer de los bancos centrales los guardianes de ese fetiche totémico -el control de la inflación.

Pero para Martin, para el economista de Sydney Steve Keen y para otros disidentes, el dinero es más que mero aceite de motor -un lubricante mecánico-, es un sistema socialmente creado de crédito transferible, una forma de llevar la cuenta de lo que las personas se deben mutuamente, al tiempo que les permite transferirse sus diversos “pagarés” entre si. En realidad, no solo los gobiernos crean dinero -los demás también pueden hacerlo. El reciente Bitcoin basado en internet es un ejemplo, las monedas comunitarias, como las libras Brixton y Bristol, son otros.

Pero lo más importante, con mucho, es el dinero creado por los bancos privados. De hecho, la reciente crisis financiera fue causada en gran medida por emisión de pagarés de los bancos y por “la creación de dinero privado fuera del control del gobierno” en un “sistema bancario enorme, en la sombra, no regulado”. En la víspera del crash, el balance en la sombra de los bancos era de alrededor de 25tn $ sólo en los EE.UU. -más del doble del tamaño del de los bancos tradicionales.

Todo esto fue ignorado por los economistas neoclásicos. Para ellos, estas enormes cantidades de dinero en la sombra simplemente no computan. Para ellos, las burbujas de crédito y de activos impulsados ​​por el dinero creado por los bancos no tenían ningún efecto en la economía. Aquí, de acuerdo con Martin, se encuentra la respuesta a la famosa carga de la Reina contra los profesionales de la economía en 2008: ¿por qué ninguno ve la crisis que se avecina?

Martin rechaza la noción de que los economistas influyentes estuvieran corrompidos por una estrecha relación con los bancos y por asesorías muy bien pagadas -el argumento del poderoso documental de Charles Ferguson, Inside Job. Para Martin, el problema radica en el ámbito de las ideas y, en parte al menos, tiene razón. Los académicos -al igual que los sacerdotes de la antigüedad- pueden generar poderosos “pensamiento de grupo”, y se resisten ferozmente cualquier desafío a sus teologías establecidas. Pero hay otro relato más político que también se puede derivar de este libro: la influencia maligna de la economía neoclásica era simplemente un elemento del poder extremo -intelectual, político y económico- de las finanzas internacionales y de la debilidad de los Estados desde 1980.

Uno de los asuntos de Martin es la lucha entre los Estados y los financieros por el control sobre el dinero, y si algo esta cuestión crucial se podría haber enfatizado más. En los siglos XIII y XIV en Europa, los reyes y príncipes tenían la mayor parte del poder, del que abusaban degradando la moneda para pagar sus guerras. Pero a finales de la Edad Media, los comerciantes empezaron a defenderse. Una red cada vez más internacional de financieros había creado su propio dinero privado -de pagarés o letras de cambio- lo que les permitió abandonar el dinero soberano por completo. Entonces, como ahora, los banqueros internacionales podían provocar un “deslizamiento cambiario” (“run on the currency”) si pensaban que los gobiernos estaban gastando demasiado.

Esta “guerra de guerrillas” entre diberos rivales continuó durante algún tiempo, pero fue resuelto, dice Martin, con la creación del Banco de Inglaterra en 1694 -una asociación público-privada, en la que los comerciantes poderosos tendrían algo que decir sobre la gestión de el dinero emitido por el Estado, a cambio de apoyar la moneda con sus préstamos. Este “gran acuerdo monetario” fue la base del sistema monetario moderno.

Pero, ¿cómo se iba a gestionar conjuntamente este dinero? Martin tiene menos que decir sobre esta parte de la historia, pero el conflicto entre los Estados y las finanzas continuó, aunque en una forma diferente. A finales del siglo XIX, muchos gobiernos y comerciantes coincidieron en la necesidad de mantener la estabilidad monetaria, vinculándola a un patrón oro rígido. Pero a medida que la política se hizo más democrática, la cuestión de cómo el dinero iba a ser administrado volvió a ser una cuestión política disputada: ¿debe permanecer estable en interés del comercio y de los préstamos de bajo riesgo, como los comerciantes modernos exigen?; ¿o los gobiernos podrían imprimir dinero para invertir en las economías, ayudando durante las recesiones, gestionando el crecimiento productivo y dando trabajo a la masa de la población, aunque a costa de algo de inflación?

Al final de la segunda guerra mundial, John Maynard Keynes y el economista estadounidense Harry Dexter White trataron de conciliar ambos objetivos con el sistema de Bretton Woods, y tuvieron un éxito notable: la combinación de una moneda basada en oro con un sistema estatal flexible funcionaron durante más de 20 años. Pero una serie de crisis en la década de 1970 -el gasto estadounidense en la guerra de Vietnam, las alzas del precio del petróleo y los conflictos industriales- destruyeron el consenso sobre el que se sustentaba.

Sin embargo, en lugar de reconstruir el compromiso por el Estado-mercado, unas finanzas cada vez más globalizadas se impusieron. Los Estados fueron culpados de la inflación de la década de 1970, y los financieros internacionales afirmaron ser los únicos en los que se podía confiar para manejar la economía global. Los banqueros, al igual que sus predecesores en la era moderna, ya podían castigar a los gobiernos si pensaban que estaban gastando demasiado e imprimiendo demasiado dinero; como señaló en 1993 el estratega de Bill Clinton, James Carville, si se reencarnara, le gustaría volver no como presidente o papa, sino en el mercado de bonos, ya que así “puedes intimidar a todo el mundo”.

Sin embargo, desde 2008, ha quedado claro que estos bancos no eran los guardianes virtuosos de la pureza monetaria que decían ser. Podrían haber estado impidiendo que los gobiernos devaluran de la moneda, pero se aprovecharon de la desregulación para imprimir sacos de dinero en forma de pagarés, que financiaron la propiedad inmobiliaria y otras burbujas de activos. La crisis financiera puso de manifiesto que estos activos se habían sobrevalorado y que las deudas no podían ser devueltas. Pero aún así, los financieros insisten en que los pagarés sean tratados por su valor nominal. Armados con argumentos económicos neoclásicos, están luchando contra las medidas que podrían reducir la carga de la deuda, ya sea a través de la condonación o de la inflación. En su lugar, insisten en que los presupuestos de los gobiernos, y los menos acomodados, deben soportar el esfuerzo mediante políticas de austeridad.

Martin argumenta convincentemente que “la actual estrategia de tratar de sudar esas montañas de deuda con el tiempo” es algo “políticamente inviable y económicamente indeseable”. Pero no hay soluciones fáciles. Está a favor de “gestionar unos pocos años con una mayor y significativa inflación“, o de “reestructurar directamente la carga de la deuda” – es decir, darla por perdida. Pero mucha gente común perderá con lo primero, mientras que lo segundo requiere un importante reequilibrio de la relación entre los Estados y las finanzas internacionales, en un nuevo acuerdo al estilo de Bretton Woods.

Hay pocos indicios de que nuestros líderes y sus asesores económicos hayan arrojado sus grilletes intelectuales y aprendido las lecciones de 2008. Hasta que eso ocurra, solo podemos esperar años de lento crecimiento y de agitación política. En todo caso, la señorita Prism subestimaba los efectos sensacionales y melodramáticos del dinero.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/11977

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

APHU

18 de Julio 1825 apto.401 / Telefax 2401 4774 / HORARIOS: Miércoles y Viernes de 10.00 a 18.00 Hs. Skype: APHU.Uruguay

Asóciate a la APHU

Novedades por Whatsapp

Ingrese su correo electrónico para recibir las novedades de la APHU por email

Publica en la Revista

AHORA PUEDES PUBLICAR EN LA REVISTA DE LA ASOCIACIÓN

Ofrecemos a nuestros colegas (ya sean nacionales o extranjeros) la posibilidad de publicar artículos de investigación en nuestra REVISTA, la que cuenta con ISBN. Estos trabajos son revisados, previa publicación, por un comité de lectura compuesto por excelentes académicos del país. Por mas info click aquí

A %d blogueros les gusta esto: