Los mitos de la nación (francesa)

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15 de septiembre de 2013 por difundimos

Anne-Marie Thiesse reseña para laviedesidees el volumen:  Les Origines de la France. Quand les historiens racontaient la nation, de Sylvain Venayre (París, Le Seuil, colección L’Univers Historique, 2013).

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Los orígenes de la historia de Francia

¿Cuando comienza Francia? ¿El domingo de Bouvines, en el Neolítico, con el bautismo de Clodoveo, en tiempo de los galos, con el Juramento de Estrasburgo, en Alesia, cuando la Doncella entra en Orléans? Esta lista heterogénea no agota la serie de principios propuestos en cuanto los historiadores se dedicaron con ardor a la búsqueda de los orígenes de la nación. Este principio, el historiográfico, tiene por el contrario una datación menos variable. Augustin Thierry, situándose como precursor de empresa, nos da la fundación. “No tenemos historia de Francia”, afirma en 1818, enunciando los principios del programa de la nueva escuela histórica: restituir a Francia y a nuestros antepasados ​​con esa verdad que la Revolución había hecho posible y necesaria.

“L’éclair de Juillet ” da un impulso decisivo a la empresa, dado que, validando 1789 como fin(alidad) de la historia nacional, la nueva Revolución ofrece el plan del relato que hasta entonces había estado ausente. Proporciona asimismo las herramientas, ya que la monarquía constitucional crea las instituciones académicas que deben establecer las fuentes de nuevos saberes. Durante las décadas siguientes, los historiadores se dan como primera misión la de exponer y explicar esta nueva afiliación, la cual, al designar los verdaderos ancestros, definiría científicamente la herencia y los herederos. La historia se encuentra ahora encargada de establecer la identidad de Francia. La monarquía francesa había sido pensada como instrumento de la Providencia. En cuanto la política es liberada de la voluntad divina, es necesario poner terrenalmente y razonar la forma y el destino de la comunidad nacional. La investigación histórica descansa entonces sobre una convicción: se ha de escribir una nueva génesis, que estará despojada de falsas creencias, iluminación del presente y prescripción para el futuro. El siglo posrevolucionario cultiva intensamente la investigación de los orígenes (de la lengua, de las naciones, del cristianismo, de las especies) que debe alumbrar -sobre su naturaleza, sus derechos y deberes- las sociedades consagradas en adelante a la libertad.

Una nación, de los pueblos

El dosier historiográfico de la búsqueda del Grial nacional ya había sido abierto, sobre todo en numerosos capítulos de la serie de los Lieux de Mémoire. Sylvain Venayre nos ofrece en un copioso volumen un recorrido bien documentado sobre las principales aportaciones de los historiadores del siglo XIX, seguido con una cuidada y excelente antología de textos. Vemos cómo la elección de los orígenes varía según el contexto político y científico. A la historia natural, la geología, la filología, la arqueología, se les pide que proporcionen modelos explicativos, en función de su novedad, de su eficacia, de su prestigio. La raciología, que conoce su apogeo erudito a mediados de siglo, es rechazada a partir de 1870 por “ciencia alemana”. La oposición defendida a menudo hoy en día entre “concepción francesa” y “concepción alemana” de la nación es una construcción que sigue a la anexión de Alsacia-Mosela y a la “crisis alemana del pensamiento francés.” Sylvain Venayre recuerda así la inversión de Renan, quien tras haber afirmado que el hecho racial era un hecho decisivo en la historia rechaza totalmente la determinación de la nación por la raza en su famosa conferencia en la Sorbona de 1882. Habrá más tarde consenso entre los historiadores, incluyendo a los maurrassianos, para describir a Francia no como un pueblo único, sino como resultado de muchas mezclas. Sylvain Venayre -y lo podemos lamentar- no lleva más adelante la investigación mostrando los pueblos explícita y sobre todo implícitamente excluidos -del melting-pot original según lo sugerido por los historiadores de la nación (comúnmente encontramos visigodos, normandos, ligures, íberos, romanos, germanos, etc., pero no judíos). El proceso de nacionalización, para que tenga lugar en un Estado previamente establecido cuyas fronteras no son cuestionadas, incita en efecto a proclamar la homogeneización precoz de la población, a pesar de las visibles diferencias culturales o sociales. La teoría de las “dos naciones” (galos y francos), entendida como Tercer Estado contra aristocracia, que funciona a principios del siglo XIX como sistema explicativo de la Revolución, debe dejar paso rápidamente, en interés de la Francia contemporánea, a una representación de la nación entendida como “diversidad que aspira a la unidad.”

La alteridad absorbida

La expresión más intensa de esta asimilación es forjada por Michelet, que hace de Francia una sustancia de conversión (“La France française a su attirer, absorber, identifier les Frances anglaise, allemande, espagnole, dont elle était environnée. Elle les a neutralisées l’une par l’autre et converties toutes à sa substance”; Michelet, Introduction à l’histoire universelle, 1831). Otros, sin embargo, en el siglo de las nacionalidades, dicen que el Estado francés no coincide con una sola nación y denuncian la opresión en el seno de naciones sometidas cuya libertad tienen el deber de exigir sobre la base de un origen y una historia específicas. Así ocurre en particular con Bretaña o el “Mediodía”, que menciona brevemente Sylvain Venayre. La cuestión historiográfica es compleja debido a que las mismas referencias han podido, pasados los siglos, ser integradas en la narrativa nacional francesa como variaciones regionales o, por el contrario, constituir los principales capítulos de una historia nacional antagónica a la historia de Francia. La pluralidad lingüística es otro elemento cuyo tratamiento se demuestra delicado en la búsqueda de los orígenes. El movimiento europeo de las nacionalidades ha promovido la lengua como origen de la nación. Pero afirmar que la historia de Francia comienza con el francés es remitir a la prehistoria nacional el período galo y romano, con el obstáculo de la larga diversidad lingüística de la población. La historiografía del siglo XIX, por tanto, no se desprenderá de uno más de los orígenes múltiples de Francia, sucesiva o simultáneamente Aunque el principio dominante de la narrativa nacional sea el de la unidad (re)descubierta; la referencia a la diversidad permite afirmar la supremacía de la nación contra los relatos antagónicos. Mientras que Francia es, después de 1830, proclamada por los monárquicos “hija mayor de la Iglesia“, los republicanos tratan de celebrar la “hija predilecta de la naturaleza“, que atestiguaría la riqueza incomparable de su diversidad de suelos, climas y poblaciones, lo que haría de ella una nación superior a cualquier otra.

En la exploración de los orígenes nacionales, ¿cuáles eran las características de las sucesivas expediciones francesas, en asunto de equipamiento y apoyos? ¿Usaron las mismas herramientas y cartografías que sus homlólogos en otras naciones? Estas cuestiones no se abordan en este volumen, donde la circulación internacional solo aparece esporádicamente, con las apropiaciones francesas de producciones intelectuales extranjeras, principalmente de más allá del Rhin. Ocurre, dice Sylvain Venayre que “los diversos mitos de origen desarrollados por las naciones europeas desde finales del siglo XVIII sigue siendo poco estudiados” (p. 225). La sentencia es severa, arrojando al olvido de la historiografía una producción relativamente reciente pero ya abundante. La perspectiva transnacional se impone, pues, ya que, si “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”, según señaló Marc Bloch [en “El ídolo de los orígenes”], igualmente los historiadores, en su actividad profesional, se parecen más a sus pares extranjeros que a sus conciudadanos.

Poética de la historia

Atento a la poética de la historia, Sylvain Venayre trata de identificar los sistemas metafóricos que tejen el discurso sobre los orígenes nacionales. La nación “familia” apela a una concepción de la historia como genealogía, extendiendo a la masa anónima el árbol ancestral que era privilegio aristocrático o monárquico. Sin embargo, el árbol también se puede desplegar como tropo propiamente vegetal que inspira las reflexiones sobre la relación entre la esencia y la contingencia (¿el roble está determinado por la bellota de la que procede, o es también resultado del tiempo y de los acontecimientos en los que creció?). A este cuestionamiento de la relación entre la naturaleza y la educación en el desarrollo de la personalidad colectiva que es la nación, Michelet ofrece una respuesta metafísica. Francia es para él una persona, pero no creada. Es el espíritu de libertad que se encarna en una nación en constante auto-creación. Michelet no escatima en la trasposición del registro cristiano sobre este “misterioso alumbramiento”, donde los elementos iniciales de población son “transmutados, transfiguradso” en un solo cuerpo (Michelet, Histoire de France, 1833). Vidal de la Blache, más tarde, convertiría a Francia en una ser geográfico caracterizado por su precocidad a la hora de tomar consistencia (“De cet état vague et rudimentaire où les aptitudes et les ressources géographiques d’une contrée restent à l’état latent, où rien ne ressort de ce qui accuse une personnalité vivante, notre pays est sorti plus tôt que d’autres”; Vidal de la Blache, Tableau de Géographie de la France, 1903).

Los historiadores comprometidos

Los historiadores del siglo XIX, en particular los liberales, a menudo tomaron parte activa en la vida política, como señala Sylvain Venayre. Fustel de Coulanges lo señaló lamentándolo: “Nos historiens, depuis cinquante ans, ont été des hommes de parti. (…) Écrire l’Histoire de France était une façon de travailler pour un parti et de combattre un adversaire. L’histoire est ainsi devenue chez nous une sorte de guerre civile en permanence” (Fustel de Coulanges, “De la manière d’écrire l’histoire en France et en Allemagne depuis cinquante ans”, Revue des deux Mondes, 1 de septiembre de 1872) . En esta configuración narrativa propiamente teleológica, el posicionamiento del origen nacional equivale a tomar una posición firme en la batalla ideológica contemporánea. El historial universitario del siglo XX ha tratado de distanciarse de una marcha histórica que confunde consecución y causalidad y que deshistoriza el pasado siguiendo una permanencia de una esencia a través del tiempo. Lucien Febvre, destaca Sylvain Venayre, ejecutó en una crítica mordaz L’Histoire sincère de la nation française escrita por Seignobos. El campo de excavación y de acción del historiador, dijo Febvre, no está hecho de supuestas permanencias, es por el contrario el “vasto margen entre el pasado y el presente”. Y Marc Bloch en su Apología para la Historia se burló de “el ídolo de la tribu de los historiadores: la obsesión de los orígenes”. Desterrado largo tiempo de seminarios y tesis, el ídolo ha florecido en otros territorios. Reina hoy sobre un amplio y rentable mercado de películas, juegos, espectáculos y publicaciones populares. También se ha convertido en demonio vespertino de historiadores respetables que, subraya Sylvain Venayre, sienten en la edad del retiro soñadoo “la necesidad de enseñar a los más jóvenes algo del legado del que tal vez sean los depositarios más conscientes” (p. 223).

El más famoso, en una larga lista abierta con Ferdinand Lot, es paradójicamente Fernand Braudel, cuyo L’identité de la France se remonta “al final de los tiempos” para percibir la nación sumida en un proceso moldeado con transformaciones que con permanencias. Esta publicación póstuma se ha presentado como advertencia académica cuando, en un pasado muy reciente, las concepciones esencialistas de la nación se han reactivado en la esfera pública. Del trastorno que se ha podido apoderar de los historiadores profesionales cuando historia se ha empleado de nuevo para definir la identidad nacional, este libro es resultado explícito. Al requerimientopolítico -y mediático- de repetir viejas funciones en un contexto completamente diferente, responde con la historia, compleja , de la participación de los historiadores en la producción de la identidad. La empresa acoetida por Sylvain Venayre con tanto escrúpulo como convencimiento dibuja en última instancia un programa de investigación en las áreas se quedan fuera de su enfoque (sobre todo las formas y la recepción de la historia “no académica”, la cuestión de los orígenes nacionales en el espacio colonial). Hay mucho en juego y el envite está por recoger. Añadamos que, para deleite de sus lectores, Sylvain Venayre se ha preocupado por compartir su fascinación por el estilo de los historiadores del siglo XIX, lo que permite espléndidoa redescubrimientos en materia de relatos y de cinceladas figuras estilísticas.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12292

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