Historia (psiquiátrica) de la depresión: una enfermedad desconcertante

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7 de septiembre de 2013 por difundimos

06/09/2013

Pocos son los historiadores que cambian varias veces de registro o de tema de investigación. Como mucho, suele haber ciertos movimientos laterales, pero no grandes saltos. Uno de ellos es Edward Shorter, al que algunos recordarán por su temprano libro sobre la historia y los ordenadores o por su volumen sobre la familia moderna. Desde hace tiempo, no obstante, cultiva un campo bien distinto, como se ve en su última obra: How Everyone Became Depressed: The Rise and Fall of the Nervous Breakdown (OUP). De ese volumen, que o mucho me equivoco o dará que hablar, se ocupa Sherwin B. Nuland en New Republic. Presentamos algunos párrafos (y no los más descriptivos, que son precisamente los que exponen el recorrido histórico, por lo que tendrán que leerlos en el original):

1

 

“Agotadoras jornadas, treinta o cuarenta pacientes cada día y visitas dobles, pernoctaciones y llamadas obstétricas …. Y, por supuesto, infinitas enfermedades, y, a pesar de sus mejores esfuerzos, las muertes de los pacientes, algunos de los cuales eran amigos o familiares … muertes misericordiosas a veces, otras veces brutales. [Él] no se tomó vacaciones y apenas perdió un día de rondas…. No pudo continuar. Hacia 1868, además de sus dolores de cabeza y, por supuesto, la fatiga, muestra un empeoramiento del insomnio y períodos de agitación …. En la primavera de 1869, poco después de la muerte de su madre, [su] constitución dejó de funcionar”. El doctor Owen Jones Wister, un médico de familia con exceso de trabajo que ejercía en Germantown, Pennsylvania, pronto descubrió que ya ni siquiera era capaz de soportar el esfuerzo de hacer una receta. Estas son las palabras de un amigo, no médico, que describe su condición en aquel tiempo: “Padece neuralgia y debilidad nerviosa por exceso de trabajo, no puede emplear su cerebro en absoluto, ni siquiera para leer, y ha renunciado totalmente a su práctica, por el momento”.

El párrafo anterior está extraido de la descripción clínica de la enfermedad de Wister, que fue presentada por el historiador médico e internista Steven J. Peitzman en una conferencia en la American Association for the History of Medicine en 2007. La situación de Wister -conocida por las generaciones posteriores, como señala Peitzman, como “ataque de nervios”- tipificaba lo que pronto se llamó “neurastenia”. Este último término apareció por primera vez en un artículo publicado en The Boston Medical and Surgical Journal (la precursora de The New England Journal of Medicine) por el eminente especialista de los nervios George M. Beard, y se definió como un “agotamiento del sistema nervioso” y “empobrecimiento de la fuerza nerviosa, un problema mucho que se encuentra más a menudo en las mujeres que en los hombres”. El tratamiento, siempre y cuando el paciente se lo pudiera permitir, consistía en descanso y distracción, lejos del lugar de trabajo, preferentemente baños en alguno de los muchos balnearios de América y Europa o viajes relajados durante un período prolongado de tiempo. Las lentas peregrinaciones de Wister lo llevaron primero a Saratoga Springs, luego a Newport, y, posteriormente, a un grand tour por Europa. Cuando retornó su práctica tras tres años de esta suerte de recuperación deliberadamente lenta, optó por hacerlo en un lugar un poco menos exigente, donde fue capaz de restringir sus actividades y evitar las solicitudes de sus antiguos pacientes. Nunca volvió a sufrir de neurastenia.

Pero, en 1875, el neurólogo de Filadelfia S. Weir Mitchell (que había sufrido una crisis nerviosa nueve años antes), presentó una terapia más directa para esa situación, pregonándola de hecho como una cura. Edward Shorter, seguramente el principal historiador de la psiquiatría en América del Norte, describe el nuevo tratamiento como sigue, en su importante -aunque a veces exasperante- nuevo libro: el paciente fue llevado a la cama en una habitación privada, supervisado por un autoritario médico y una inflexible enfermera, sujeto a una dieta de leche y recibiendo dosis intermitentes de masajes y electricidad periférica, a menudo durante un período de meses. Dado que el tratamiento, cada vez más popular, se podía proporcionar mejor en un ambiente hospitalario, pronto surgieron distintas clínicas privadas dedicadas a ello por toda América y Europa, por lo general dirigidas por médicos, pero alguna propiedad por empresarios legos. Es importante tener en cuenta que tales médicos no eran psiquiatras. Estos últimos trataban lo que se llamó “enfermedad mental”, es decir, psicosis, depresión severa y demencia; los otros, médicos generalistas, se referían únicamente a la neurastenia, considerada una enfermedad de agotamiento nervioso.

Según lo descrito por Shorter, cinco tipos de síntomas acompañaban la gama de problemas que se identificaban con el agotamiento nervioso, la neurastenia (un término que se ha utilizado poco desde la década de 1940) o, como ahora propone llamar al problema vagamente definido, “nervios”. Estos eran: fatiga patológica más allá del cansancio ordinario, depresión leve, ansiedad leve, síntomas físicos como insomnio, dolor crónico, y trastornos intestinales; y alguna variedad de pensamiento obsesivo, aunque el paciente se diera cuenta de que sus divagaciones eran irracionales. Se refiere a este grupo de síntomas como constitutivos de un síndrome. Este síndrome, según Shorter, es muy diferente de la depresión mayor, que él prefiere llamar “la melancolía”.

The Anatomy of Melancholy, 1628

The Anatomy of Melancholy, 1628

Así, al principio de su libro, Shorter introduce a sus lectores en dos formas distintas (y por implicación, dos causas diferentes) de lo que hoy se conoce colectivamente como “depresión”, respectivamente “nervios” y “melancolía”. Propone que todos los pacientes que tengan ahora un diagnóstico de depresión deben volver a clasificarse en aquellos que sufren de lo uno o de la otro. Tan diferentes son, afirma, que considera que la melancolía es “una enfermedad predominantemente biológica”, tan biológicamente determinada y específica que un análisis de sangre (adrenal-dependent), una prueba de inhibición con dexametasona (lamentablemente, dice, ahora rara vez se utiliza), dará a menudo positivo en su presencia, pero negativo en otras enfermedades psiquiátricas. A diferencia de los nervios, una enfermedad sintomática de las tensiones existenciales con la que muchos de nosotros vivimos nuestra vida diaria, la melancolía es “una de las más terribles aflicciones en medicina”. Es “terrible de una manera muy diferente al nerviosismo, ya que puede provocar desesperación, desesperanza, una completa falta de placer en la propia vida y el suicidio. “Es tan diferente de los nervios, afirma Shorter, como la tuberculosis de las paperas.

Las credenciales de Shorter para hacer tal diferenciación son muy fuertes. Durante su dedicación a su larga carrera al estudio de la historia de la psiquiatría, ha investigado de forma exhaustiva esa compleja y laberíntica disciplina, casi como si estuviera preparándose para una carrera como médico o investigador de laboratorio. Una experiencia deslumbrante es evidente en su nuevo libro, sobre los mecanismos de las drogas y las enfermedades psiquiátricas en general, por no hablar de la política de las justas académicas. Shorter puede muy bien considerarse calificado para emitir juicios y definir categorías como lo está el comité de la American Psychiatric Association, que cada pocos años emite una nueva versión del DSM, el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, aunque eso puede ser un vano elogio.

(…)

The New Treatment of Ataxia by Suspension at the Salpêtrière.

The New Treatment of Ataxia by Suspension at the Salpêtrière.

“¿Cómo alguien pasó a ser un depresivo?”, se pregunta Shorter pasadas las dos terceras partes de su libro y aunque ya ha respondido en gran medida a su propia pregunta. Incorporado en el diagnóstico ha estado cada síntoma complejo que en su día se englobaba en el Spleen [esplín: melancolía, tedio de la vida], desde la grave enfermedad reconocida desde la antigüedad hasta el hastío de las amas de casa aburridas y la insatisfacción neurótica crónica de esos millones de personas que descienden en el metro cada mañana para ganarse su pan diario. Shorter atribuye la prevalencia actual de los diagnósticos de depresión a los censurables actores comerciales mencionados anteriormente, pero apenas se ocupa de la precedente y duradera noción de Spleen. Yo didiento de esta inexactitud histórica, y propongo que la tendencia social hacia la búsqueda de las manifestaciones neuróticas en la vida cotidiana ha sido una tendencia subyacente y frecuente -al menos durante ciertos periodos históricos- de la naturaleza humana, hasta el punto de que las personas necesitan tener la certeza de creer que tienen una enfermedad con un nombre específico, cuando son solo víctimas de malestar existencial. Que la psiquiatría moderna y la industria farmacéutica han encontrado una recompensa intelectual y comercial a esta tendencia es algo concurrente, pero difícilmente la etiología subyacente: si mis problemas tienen un nombre -ya sea depresión, spleen o lo que sea- estoy enfermo, y no solo neurótico . Necesito tratamiento.

Edward Shorter viene con un remedio: volvamos a la simplicidad de los dos muy diferentes órdenes de esta forma particular de miseria humana, llamándolos respectivamente “melancolía” y “nervios”, En un momento de nosologías cada vez más complejas y cada vez más controverstidas DSMs, su propuesta llega como una ráfaga de aire fresco. Aunque no estoy de acuerdo con Shorter en muchas cosas -el grado de culpabilidad de los acusados que señala; la totalidad de la influencia de las tendencias modernas en farmacología, la industria farmacéutica y la profesión psiquiátrica; la afirmación de que “la actual generación de fármacos conocida como antidepresivos son ineficaces con la verdadera enfermedad depresiva, es decir, la melancolía, y de alguna manera inadecuados en el tratamiento de las enfermedades nerviosas”; la utilidad para la melancolía de la prueba de inhibición con dexametasona en los casos graves; la falta de reconocimiento de la función de un probable elemento biológico en la condición que él llama “nervios”, y ciertas denigraciones de la validez de la teoría psicoanalítica- aplaudo su contribución, y sinceramente creo que debe ser tomada en serio por la profesión y el público, a pesar de que este último debe afrontar las consecuencias, sociales y de otra manera, de la realidad de que uno puede experimentar una serie de síntomas que no son más que”nervios”.

En cierto modo, este es un libro de referencia. Sin embargo, la inclusión excesivamente meticulosa e innecesaria de tantos pequeños detalles de la marcha de la sociedad hacia la inclusión bajo el paraguas ahora indiscriminadamente llamado “depresión” hace que sea más difícil de leer de lo que debería. Shorter ofrece un embravecido torrente de documentación -tan útil para el historiador como un obstáculo para el lector en general e incluso para la mayoría de psiquiatras- que va necesariamente en detrimento de la utilidad de su libro como argumento bien razonado para una diferenciación clara y significativa de los síntomas que desde la antigüedad han desafiado su fácil clasificación.

Índice: Chapter 1 Introduction; Chapter 2 Nerves as a Problem; Chapter 3 Rise of Nervous Illness; Chapter 4 Fatigue; Chapter 5 Anxiety; Chapter 6 Melancholia; Chapter 7 Nervous Breakdown; Chapter 8 Paradigm Shift Chapter; 9 Something Wrong With the Label; Chapter 10 Drugs; Chapter 11 Return of the Two Depressions; Chapter 12 Nerves Redux; Chapter 13 Context.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12045

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