Contra el colonialismo digital

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12 de agosto de 2013 por difundimos

23/07/2013

Ante el universo digital hay reacciones de todo tipo, que tendemos a clasificar , por ejemplo, entre apocalípticos e integrados, o entre luditas y entusiastas. Por las entradas de esta bitácora han pasado unos y otros. Hoy traemos aquí a Roberto Casati, que acaba de publicar en Laterza su volumen Contro il colonialismo digitale. Istruzioni per continuare a leggere. Dicho título ya deja clara su posición, la cual podemos entrever en la nota que publicó en Il Sole 24 Ore:

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El colonialismo digital es una ideología que se resume en un principio simple, un condicional. Se puede; por tanto, debes hacerlo. Si es posible que una determinada cosa o una actividad migren a lo digital, entonces deben migrar. Los colonos digitales se esforzarán en introducir las nuevas tecnologías en todos los ámbitos de la vida de las personas, de la lectura al juego, del apoyo a las decisiones a la enseñanza, de la comunicaciónla a la planificación, de la construcción de objetos al análisis médico; los colonos dan por sentada la tesis colonialista, cuya simplicidad aprecian: es muy general, ya que se aplica a cualquier cosa o actividad de manera indiferenciada. Fácil de recordar, difícil de contrarrestar. Los que se oponen al colono digital son rápidamente encasillados en la categoría de los luditas, de los destructores de máquinas, de los que no pueden seguir el ritmo de los tiempos. El debate, según los colonos, ni siquiera debería plantearse.

De hecho, negar una tesis condicional es tomar una posición más débil, negociar. Quien se opone al colonialismo no por eso dice que las cosas y las actividades no digitales no deban hacer nunca la migración digital. Invoca el principio de precaución, simplemente dice que la migración no es una obligación que se deriva de la posibilidad de la migración; y que deben ir acompañada, ya que tiende a ser demasiado intrusiva. No basta con mostrar que un libro electrónico funciona para imponer el libro electrónico.

Así pues, el anticolonialista tiene todo el derecho a reclamar una actitud positiva y constructiva: la legitimidad de la migración deben evaluarse caso por caso. En algunos casos, la digitalización está disponible, en otros no; y ya lo sabemos. En un extremo, sabemos que la fotografía ha sido liberada y se ha convertido, gracias a lo digital, en lo que debería haber sido desde el principio, una forma de tomar notas visuales. En el otro extremo, se sabe que el voto electrónico, la votación en línea en particular, presenta riesgos de control social y manipulación, y debe ser desterrado para siempre de las instituciones democráticas. Pero dentro de estos extremos hay un amplio espacio de negociación en el que merecen discutirse los casos particulares; discusión que está totalmente ausente, cuando no mortificada, por la repetición obsesiva del mantra colonialista. La geolocalización crea enormes oportunidades, ¿pero estas no vienen acompañadas de un gran riesgo para la seguridad personal? El compartir de forma inmediata y sin reflexión la propia vida privada, ¿no expone a los ciudadanos a las formas sutiles de la agresión y la política comercial? ¿La educación puede beneficiarse de las nuevas tecnologías o destruir el capital de tiempo y atención estructurada que la escuela debe proteger firmemente? Nuestras decisiones individuales, ¿no están siempre más condicionadas de lo que proponen los algoritmos? El mero hecho de que estas preguntas puedan ser planteadas supone que no se acepta la ideología colonialista; no es cierto que no se acepta lo digital. No ser colonialista no significa ser ludita.

Los colonos y los colonialistas que le dan un aspecto intelectual tienen preparadas a una batería de respuestas a quienes niegan eso de “se puede; por tanto, debe hacerse”; esto nos trastornaría, pero debe ser visto como lo que es, un intento de hacer que el aluvisón de argumentos tape la ausencia de la calidad de los mismos. En fin: las nuevas tecnologías tendrían poderes casi mágicos para resolver los viejos problemas sociales, en política (M5S, pero también Diebold) y educación (Prensky, Ferri); son divertidas en sí mismas y aún más divertidas que sus antepasados ​​(Google Mail); crean producto interior bruto y empleo (exministro Profumo); permiten medidas objetivas de resultados (Comisión Europea); todos lo hacen así, y quién eres tú para oponerte (amigos y colegas que deploran la ausencia de Facebook); y por último, funciona muy bien, en el sentido de que hemos reparado todos los errores. Último recurso, si no funciona siempre podemos encontrar una manera de repararlo. La arrogancia no perdona en léxico: se acuñan términos como “multitarea” y “nativo digital” que le dan un aura de argumento científico.

No es suficiente ver caso por caso, pues en cada uno se deben sopesar estos y otros muchos asuntos. Tomemos como ejemplo la escuela, y dejemos de lado el “se puede; por tanto, debe hacerse”. ¿Qué razones existen para introducir las nuevas tecnologías en la escuela? Por supuesto no la necesidad de reducir la brecha digital: los chicos tienen más tecnología en el hogar de la que la escuela nunca podrá tener. ¿Pero por qué, entonces? De nuevo, agitar la cosa: “hay actividades educativas increíbles que uno puede hacer con su ordenador; los niños de hoy son así, y hay que adaptarse a su forma de pensar; hay que dar acceso total a la información total; ha funcionado muy bien en el sector bancario, ¿por qué no habría de funcionaren la escuela?” Pero son argumentos ideológicos. Uno debe preguntarse si hay datos para justificar la inversión en tecnología. Por ejemplo, datos sobre el rendimiento escolar. Sin duda, estos datos no estaban (por definición!) cuando se introdujeron las tecnologías: la introducción fue un experimento a ciegas, lo cual dice mucho sobre la calidad de las decisiones públicas.

Un estudio reciente realizado por Marco Gui, de la Universidad de Milán Bicocca, hace balance de un ejemplo entre muchos, el de la relación entre la frecuencia de uso de los medios digitales y niveles de aprendizaje, buceando en los datos del sexto volumen del informe Pisa OCDE, 2011, que cubre una población de 450.000 estudiantes de 65 países. El análisis de Gui es cuanto menos interesante: las nuevas tecnologías se asocian positivamente con el aprendizaje, siempre y cuando hagamos un uso moderado. Tan pronto como las tecnologías se convierten en invasoras y colonizan el tiempo, el rendimiento cae a niveles inferiores a aquellos que no tienen tecnologías. Vale la pena hacer una observación metodológica: se trata de asociaciones y no de relacines directamente causales, por el momento, ya que la identificación de estas últimas requeriría estudios experimentales. Sin embargo, es más que suficiente para introducir la sospecha (el informe Pisa utiliza los mismos datos, pero es más elusivo en las conclusiones). Las únicas ventajas (mínimas) están en lo que el informe Pisa llama sutilmente “lectura digital”, otro de los términos de semántica dudosa que son el deleite de los colonialistas, y que me gustaría sustiruir por “spippolamento” [juguetear]. Visto de cerca, la “lectura digital” es la capacidad de navegar por el hipertexto, copiar y pegar, hacer clic para decir “me gusta” y cosas por el estilo. Sorprendería si estas “habilidades” no mejoraran al menos un poco con un uso tenaz del ordenador, como que al utilizarlo mucho también retrocedieran! Pero el asunto principal es que las otras potencias, mucho más importantes, la lectura, las matemáticas y la ciencia, no padezcan.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/11419

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