La investigación digital

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29 de julio de 2013 por difundimos

01/07/2013

Sin mayores concreciones, el portal Implications Philosophiques publica un texto que responde a “Compte-rendu de l’atelier culture numérique – Florian Forestier, Chloé Girard, Nolwenn Picoche, Thibaud Zuppinger”.  Su título es “     Les nouvelles situations de recherches numériques” y dice lo siguiente:

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Introducción

La herramienta digital ha cambiado las prácticas de la investigación y la docencia. Lo digital está cada vez más presente. Pero esta ubicuidad no nos lo hace más familiar. Es arriesgado buscar unidad en un fenómeno que es múltiple y por sí mismo cambiarnte. Por otra parte, no siempre fecta a los mismos temas en todas las disciplinas y los objetos estudiados. Como parte de las sesiones de este taller de cultura digital, decidimos centrarnos en los profundos cambios que se están empezando a sentir en el mundo de la investigación.

La formación digital entraña dos grandes tendencias que no se superponen, aunque mantienen fuertes vínculos entre sí. Por un lado, es posible distinguir entre el uso por parte de los investigadores de documentos digitales (en su propio trabajo de investigación o al crear nuevos documentos digitales) y la emergencia de otras investigaciones que tienen como objeto específico las prácticas y usos digitales.

Dominio de los usos digitales en la investigación.

Por la idea de dominio nos referimos a una habilidad (o un saber utilizar) relativa tanto a los contenidos digitales como a los contenidos digitalizados. Por supuesto, el dominio de las habilidades y de las interfaces de acceso a los contenidos es también un punto importante, que abordaremos en una próxima sesión.

El desarrollo de Internet y de los recursos digitales han influido en la manera en que buscamos a diario la información. Para el investigador, cuyas demandas son más específicas, es importante controlar tanto las herramientas digitales como los contenido (digitales y digitalizados). Los contenidos digitalizados no se refieren al contenido de origen digital, sino a los contenidos que, estando en papel, en microfilm,en fichas, etcétera,  han sido digitalizados. Los contenidos digitalizados muestran de una cierta manera que el contenido no es dependiente de la forma, y ​​que la disyunción fondo/forma no plantea un problema insoluble. Para el investigador, esta mutación da lugar a menudo al uso de herramientas informáticas allí donde antes consultaba en papel. Entre los ejemplos está localizar un libro en una biblioteca o  saber de los números digitalizados de las revistas.

Cuando se trata del trabajo de investigación, debemos dedicar el tiempo necesario para entender las prácticas específicas, según las disciplinas y los asuntos. La práctica del trabajo de investigación ha evolucionado, la propia búsqueda de la información ha cambiado.

Pero a este desarrollo hay que añadir la ampliación del campo de la investigación con  los datos específicamente digitales, que no tienen contraparte física. Estos objetos han obtenido una legitimidad que los hace ser importantes, incluso ineludibles,  en el marco de una investigación.

Sin embargo, sus aspectos innovadores implican una metodología y epistemología diferentes. En efecto, la ontología de este tipo de contenido es particularmente incierta, fluctuante. Un artículo en línea puede así ser modificado,  sin datación y sin referencia a su actualización. La estabilidad de las referencias y de las citas es de una naturaleza distinta a la de un libro. Por último, en relación con los contenidos digitales, nos encontramos frente a una tecnología relativamente nueva, al menos en comparación con el invento y la dominación casi indiscutibles de los soportes en papel en el contexto de la investigación. Los contenidos inmateriales demandan un nuevo tipo de investigación, un tratamiento diferente de la información y sobre todo un conocimiento detallado de sus medios de producción y distribución.

El estudio de las prácticas digitales

Es importante conocer los procedimientos de fabricación. Esto ayuda a saber lo que podemos esperar de este tipo de conocimiento, pero también a interrogarse las decisiones tomadas y sobre el hacer. De ello surge una pregunta: ¿hasta qué punto los investigadores tienen que invertir en la elaboración de los contenidos y las herramientas digitales que tendrán que utilizar?

Metamorfosis de la investigación y de los investigadores

Hay una seria dificultad para hacer emerger las diferencias y la jerarquía ante una acumulación de datos que se obtiene a partir de una simple palabra clave y con un clic. ¿Acaso no nos arriesgamos a dar la misma importancia a todo, y que por el mito del análisis en tiempo real, se pierda de vista la selección y la jerarquización de la información?

De manera provocativa, incluso nos podemos preguntanr si lo digital no será estúpido. Por un lado, es innegable que las nuevas herramientas exigen que los investigadores desarrollen nuevas competencias, a ampliar el campo de sus investigaciones, a tratar más materiales, con nuevos procesos; por otro, eso no supone asumir que, de manera simétrica y necesariamente correlacionada, tenga la capacidad de producir ideas nuevas.

El investigador se ha convertido, o está en trance de convertirse, en un experto en demanda: cómo hacer las preguntas precisas con los criterios correctos en la base de datos adecuada, pero una vez que la masa de información está disponible, la labor fundamental de la investigación no ha cambiado en nada .

Sin embargo, cabe preguntarse si la proliferación de herramientas y habilidades a dominar no puede llegar a interponerse entre el investigador y su actividad primera. Por supuesto, la dificultad parece relacionada principalmente con una generación de transición, que ha de apropiarse de un entorno y un modo de funcionamiento en los que no se ha formado, cuando no es imposible pensar que la complejidad de estas herramientas acabe no solo por modificar, sino también por alterar la actividad de investigación. La aceleración de la temporalidad del cambio técnico no siempre deja tiempo para que estas herramientas se adapten a la morfología y la cognición humanas. El libro impreso, por ejemplo, se modeló gradualmente sobre unas dimensiones y una organización que lo hacían lo más manejable posible. En este caso, continúa el debate entre aquellos para los que la herramienta modela la cognición, dado que el cambio tecnológico crea nuevas habilidades cognitivas, y aquellos para los que la plasticidad de la cognición humana tiene sus límites, ya que el tiempo de asimilación no está necesariamente acompasado con los cambios tecnológicos (a saber, el apoyo a la importancia de la ergonomía, el éxito de Apple, y la importancia cada vez mayor del internet de los objetos, de los objetos inteligentes, cuando la interfaz genérica ya no parece necesaria y lo digital se funde, por el contrario, con el espacio concreto).

Un interesante estudio, desarrollado en el LUTIN (MédiaLab de Science Po) bajo la dirección de Thierry Baccino, ha mostrado que los movimientos oculares no son en absoluto lo mismo en un libro y en una página web. Por supuesto, estos movimientos probablemente no sean los mismos en una revista que en un libro académico, en un PDF o en un sitio de publicidad. La pregunta es si se se trata solo de un uso diferenciado de las capacidades cognitivas, o de si esta falta de fijación tiene consecuencias más serias. Para Stiegler, el cerebro humano necesita ejercitar la atención y la concentración: es a través de ello que lo real se da en la forma de un mundo (el sentido de Heidegger), que nos sobrepasa y en el seno del cual somos, y no a través de una gran cantidad de percepciones que desaparecen las unas en las otras. La ausencia de fijación desde una edad temprana impediría la entrada en funcionamiento correcto de los centros de atención.

Stiegler habla, por ejemplo, de una proletarización generalizada que afecta particularmente a las profesiones tradicionalmente intelectuales, y sobre todo a la investigación, el arte y la creación. Esta proletarización es un fenómeno de pérdida de los saberes: no solo del saber hacer, sino del saber vivir, de todo lo fundamental, de la diferencia propia de cada existencia individual. Esto llevó a pasar de la adopción a la adaptación como modo de relacionarse con las cosas. La infidelidad constitutiva del medio técnico, escribe Stiegler, ha aumentado y ya no permite la meta-estabilización de una normatividad psico-social y de su transmisión. La técnica se hace autónoma en el sentido de que ya no es tanto útil como adictiva.

Uno puede preguntarse si estas nuevas técnicas, si las nuevas competencias no tienen como objetivo principal facilitar el trabajo del investigador, permitirle hacer mejor lo que ya estaba haciendo, pero sobre todo halagar ese gusto tan humano por la desmesura, donde lo cuantitativo sustituye a lo cualitativo.

El individuo es constantemente llamado -y motivado por un proceso mantenido artificialmente- a adaptarse y a ajustarse a los ambientes artificiales donde la resistencia de lo real ya no de fenomenaliza, donde la finitud no encaja en ninguna parte, donde lo real ya solo encaja como disponibilidad sometida a  reconfiguraciones constantes y, en una perspectiva muy heideggeriana, donde el individuo niega su propia inscripción en el medio transindividual en el que solo es lo que es.

Es interesante reemplazar esta idea con el concepto de cierre. Un libro marca el cierre de un pensamiento. Llega un momento en que el autor admite que debe fijar su pensamiento, sellarlo entre dos tapas. Lo digital e Internet han transmitido el mito de que este cierre era un límite. Lo digital tenía que ser una liberación de la obra encerrada en un libro impreso. De ahí las fantasías sobre el libro líquido, donde la obra no tendría necesidad de empezar de nuevo e incesantemente, ya que no se abandonaría nunca.

La idea de fondo es la de luchar, una vez más, contra la finitud humana. Pero si el libro se difunde como lo ha hecho durante tanto tiempo, eso es porque  correspondía a una necesidad humana, a su naturaleza, porque existe una correlación más fuerte de lo que se sospechaba entre el libro y la naturaleza humana.

Una legibilidad adaptada al hombre, que tiene en cuenta los límites fisiológicos.

Para Michel Melot, por ejemplo, el libro es, por su cierre, una forma para crear trascendencia. Hay mucho que lo distingue tanto del pergamino enrollado como de la pantalla indefinida. Uno puede preguntarse por el sentido que tiene la mayor o menor solidaridad del texto y de la página, la mayor o menor materialidad del texto. No se puede separar el texto de una página impresa, pero se puede cerrar un documento PDF: el texto se puede separar de su soporte de aparición.

¿Qué nos gusta del libro en papel?: ¿su sacralidad, o más bien su manejabilidad, el hecho de que uno pueda pasar las páginas, que podamos acarrearlo, beberse el café encima, dejarlo caer, en suma, apropiárselo hasta de una forma irrespetuosa?  El libro electrónico se nos presenta como un objeto tecnológico complejo; en el caso extremo, el del iPad, veo entre mis manos una maravilla tecnológica, con un valor de 500 euros, que admiro como tal y que temo estropear, etcétera. El objeto se apropia del fetichismo. En efecto, el libro originalmente era también el resultado de una tecnología (en su momento) de ruptura. Pero su difusión, su popularización ha hecho olvidar su valor. Es necesario que la tecnología del soporte del texto digital se eclipse a su vez. En ese sentido, uno puede depositar cierta esperanza en el desarrollo de tecnologías relacionadas con el papel y la tinta electrónicos.

Esta es la razón por la que es un problema importante combatir la falta de conocimiento de los procesos de fabricación de los contenidos digitales. Es importante saber cómo se hace, ya que con ello viene la cuestión del por qué. De hecho, eso implica también unas determinadas elecciones y nos corresponde a nosotros tomar a estas opciones -para considerarlas como alternativas y no como hechos.

Esto requeriría el desarrollo de procesos de fabricación que no obedecieran a la lógica fantástica de la omnisciencia o el culto a la novedad. De hecho, los impulsores del libro digital, al igual que muchos pioneros, conocen la tentación de elaborar normas y procesos sin finalidad, embriagados por la espectacular innovación y olvidando lo que es el verdadero propósito de estas producciones.

Solo la labor educativa a hacer en esta área es enorme, y las finalidasdes son vagas, lejanas y difusas. Tal vez sería una opción crear lo que podría llamarse cuerpo intermedio. Sería delegar la selección, restaurar una cadena del libro, que tomaría prestado su modelo, sin imitarlo, del libro impreso. El papel de los editores se podría extender a los bibliotecarios, que trabajarán en colaboración con los investigadores. Al frente de sus prioridades, podríamos colocar la interoperabilidad entre sistemas, la sostenibilidad de los recursos, para asegurar la extracción del conocimiento de los contenidos digitales y de una manera general, para asegurar una mejor comprensión de los diferentes roles de los actores de esa cadena.

A modo de introducción

El contenido digital es, obviamente, una forma nueva de creación, transmisión y utilización del conocimiento. A este respecto, obedece a dos lógicas de despliegue. Hay una lógica interna, que impulsa a crear y a explorar: las oportunidades específicas para este tipo de contenido. Al margen de eso, nada está escrito, queda en manos de la imaginación humana.

Pero también queremos prestar atención a la dinámica externa. No debemos, en nombre de la novedad, rechazar la lógica externa de despliegue del libro digital. Hay tanta novedad como en lo antiguo. El contenido digital se comprende, al menos hoy, estrechamente relacionado con el libro en papel. No hay que fetichizar este último, pero hay que retener esta pregunta: ¿qué podemos trasponer de uno al otro? ¿A qué debemos renunciar? ¿Es un desperdicio?

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/11421

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