Niall Ferguson se defiende

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23 de julio de 2013 por difundimos

08/07/2013

El a menudo controvertido Niall Ferguson, de 49 años, es uno de los historiadores más importantes del mundo. Especialista en la historia internacional y económica, profesor de Harvard e investigador senior en Oxford, Ferguson es el autor de El triunfo del dinero y Civilización: Occidente y el resto, entre otras obras. Casado con la feminista y activista atea Ayaan Hirsi Ali, el estudioso británico-estadounidense también es un acerado crítico del presidente norteamericano Barack Obama. El último libro de Ferguson, La gran degeneración, que se originó en 2012 en las prestigiosas Conferencias Reith de la BBC, condena lo que ve como una época de decadencia en Occidente, culpando a nuestras deterioradas instituciones.

Niall Ferguson

Q: Usted tiene una buena reputación, con razón o sin ella, de defender la perspectiva del triunfalismo occidental, y ahora está escribiendo sobre el declive occidental. ¿Es un giro?

R: No estoy seguro de que haya nada de triunfalista en lo que he escrito. Tanto en El Imperio británico como en Coloso sostuve que era muy poco probable que Estados Unidos pudiera replicar un imperio al estilo británico. Coloso es un libro pesimista -su subtítulo era en realidad Auge y caída del imperio americano. Eso fue en 2004.Civilización fue igualmente un libro sobre el fin del predominio occidental. Así que creo que este libro es una secuela bastante natural. Hay gente a la que le gusta fingir que soy un triunfalista neoconservador, cosa que nunca he sido. Simplemente no se han molestado en leer mis libros, porque así es mucho más fácil criticar.

Q: En Civilización escribió cómo la propagación de las “killer apps” de Occidente -esencialmente sus buenas instituciones y prácticas-  terminaron con su hegemonía, pero ahora el foco no está en si todos lo han alcanzado, sino en la caída real en Occidente.

R: Hay dos procesos no relacionados en marcha, uno de los cuales era esencialmente benigno, y se refiere a que el resto del mundo tiene una organización económica y política cada vez mejor. Eso está bien. El segundo proceso es insidioso: las sociedades occidentales van emporando al ser Occidente. Ese es el tema central deLa gran degeneración -las instituciones que solían ser particularmente fuertes en América del Norte y en Europa Occidental no son tan buenas como antes. El libro es un intento de decir: “Miren, aquí hay algunas patologías institucionales quizá no tan evidentes que deberíamos tratar de curar”. Algunos de ellas son específicas deEstados Unidos, y creo que vale la pena decir que, en muchos aspectos, Canadá está en una mejor situación institucionalmente en la mayoría de estos asuntos: las finanzas públicas son mejores, no tiene exactamente la misma regulación financiera hipertrófica y así sucesivamente. Algunos de los problemas son específicamente europeo y, de hecho, como sabe, si uno está hablando de la degeneración institucional occidental, basta con mirar a Italia. Pero es posible ver variaciones sobre este asunto en la mayor parte del mundo desarrollado, incluido Canadá, y tiene sentido hablar de un fenómeno occidental general.

Q: Su definición de las instituciones es amplia, y divide la degeneración según se trate de la democracia, la ley, la regulación financiera y el declive de la sociedad civil. ¿Por qué subraya la ley y la regulación por encima de la democracia?

R: El relato de la historia institucional se piensa mejor en términos de las leyes y de cómo evolucionaron los diferentes sistemas judiciales. Eso se minusvalora en lo que nos decimos a nosotros mismos acerca de la historia de Occidente. En la versión caricaturesca damos más importancia a la democracia, pero la democracia no puede explicarnos mucho sobre el éxito occidental porque es un fenómeno relativamente tardío – el ascenso occidental después de 1500 se basa claramente en una salsa secreta institucional distinta del sufragio universal, que llega esencialmente en el siglo XX. La cuestión fundamental es que el ejecutivo está subordinado a la ley, y eso es lo que hace que la Revolución Gloriosa de 1688 sea importante en el caso de Inglaterra. Y está claro que la cuestión más importante en China no es si deberían tener las elecciones, lo que parece muy lejos, sino si el Partido [Comunista] estará sujeto a un poder judicial independiente, algo que en la actualidad no ocurre. Esa es la gran pregunta que queda por resolver allí, y se resolverá muy pronto. Debemos reconocer cuáles son los cambios institucionales importantes y no engañarnos a nosotros mismos diciendo que si hubiera elecciones en, por ejemplo, Egipto, todo iría bien.

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Q: Lo peor del deterioro democrático, tal como usted lo describe, se encuentra en el egoísmo político contemporáneo, la forma en que se ha roto lo que Edmund Burke llamó el pacto intergeneracional.

A: En la democracia, los jóvenes y los no nacidos son siempre privados de sus derechos y en realidad no importa si son muchos o relativamente pocos. Lo que hemos visto después de 1945 es que son víctimas potenciales de una política consciente que pospone el pago, defendida por políticos que quieren desesperadamente que los costes de lo que hacen vaya a cargo de las generaciones futuras. Todo se reduce a la inequidad intergeneracional. Deberíamos iniciar una contabilidad honesta de las finanzas públicas en lugar de utilizar esas dudosas convenciones que tildaríamos de fraudulentas si las utilizara una empresa. Miremos a los gobiernos de la misma forma en que nos fijamos en las empresas y preguntémonos: “¿Dónde está el balance? ¿Cuáles son las responsabilidades? ¿Cuáles los activos? ¿Cuál es el horizonte temporal a más de 10 años vista?” Es un escándalo que el gobierno de EE.UU. y la Oficina de Presupuestos del Congreso rara vez miren más allá de ese marco de tiempo. Hay que iniciar la largamente demorada revisión de las convenciones de la contabilidad pública. Canadá se encuentra ahora en una situación mucho mejor, en parte debido a la reforma fiscal, en parte debido a la demografía, en parte debido a la dotación de recursos, pero eso no es un argumento para no hacer las cosas. De hecho, un país como Canadá se beneficiaría, mejoraría,  si tuviéramos una contabilidad pública honesta, porque entonces veríamos que el balance de situación canadiense es mucho mejor que el de los EE.UU.

Q: Usted estaba hablando de este asunto cuando hizo la poco meditada broma  de que el economista John Maynard Keynes no se preocupaba por el futuro porque, como homosexual, no tenía hijos.

R: Lo que debería haber dicho -en lugar de ese desafortunado aspecto, que luego adquirió gran importancia, mayor que todos los libros que he escrito- es que Keynes estaba reaccionando a lo que consideraba una excesiva preocupación victoriana por las generaciones venideras. En realidad dijo: “aquellos que siguen verdaderamente el camino de la virtud y la sana sabiduría son los que menos piensan en el mañana”. Eso es Keynes. Así que creo que el aspecto en que él estaba dispuesto a descontar el futuro es válido, mi error fue vincularlo a su orientación sexual.

Q: Usted escribe que las instituciones debilitan el poder de los clanes. ¿Tienen que hacerlo así para ser eficaces?

A: Sí, eso es tremendamente importante. Hace mucho tiempo, Escocia era claramente una sociedad de clanes, pero ahora, como un Ferguson, no siento ningún parentesco especial con Sir Alex Ferguson, con Sarah Ferguson o con cualquier otro Ferguson. Es muy difícil dirigir una sociedad basada en la ley cuando las demandas del clan trascienden las exigencias de la ley, y esto es un problema importante en muchas partes del mundo subdesarrollado hoy en día. En lugares como China existe algo un poco menos estricto, guanxi, la idea de  conexiones, que no necesariamente se correlacionan con el parentesco, sobre todo después de la Revolución Cultural y la política del hijo único, cuando las estructuras de parentesco parecen desmoronarse. Pero todavía hay una sensación de que las cosas se hacen por las conexiones y no por las normas, y esa es una transición muy difícil de hacer, pero Escocia la hizo. Cuando tratao de animarme viendo las perspectivas sobre, por ejemplo, Afganistán, me recuerdo a mí mismo que Escocia era el Afganistán de la Europa del siglo XVII, con tribus rebeldes en las montañas y fanáticos religiosos en las tierras bajas, y cien años más tarde vino la ilustración escocesa.

Q: Entre los muchos enemigos del imperio de la ley, usted singulariza en la mala ley. ¿Por qué?

A: Argumento que hemos caído en la trampa de creer que las leyes muy, muy complejas, que abordan todas las contingencias imaginables, son buenas, pero, de hecho, los sistemas de derecho común en Inglaterra y en América del Norte fueron en su momento muy propicios para la innovación económica porque eran más adaptativos, evolucionaban, que prescriptivos. Hemos caído en lo que yo llamo la manía codificadora, un camino a recorrer que es muy difícil, en el que que el estado de derecho es reemplazado por los leguleyos y sus normas, ya  las estas ya no son transparentes ni simples, ni el acceso a la justicia es algo relativamente fácil.

Q: Otro problema con nuestra política y nuestra regulación es que no tienen penalizaciones. No hay castigos ejemplares a los banqueros, como los que Voltaire dijo que los ingleses aplicaban a sus almirantes –pour les autres encourager [en el Cándido: “aquí se considera conveniente ejecutar de tanto en tanto a un almirante para enardecer a los demás”]. ¿Por qué ya no se penalizan los errores y las negligencias temerarias?

A: Esto es algo sorprendente, y creo que es una de las consecuencias no intencionadas de la patología regulatoria. Si creamos esos enormes edificios de regulación, además de asfixiar el crecimiento, lo que todos han de hacer para no ir a la cárcel es ser obedientes. No tienen que hacer necesariamente lo correcto, solo ha de ser capaces de decir: “Hemos cumplido con las normas”  y luego, si hay alguna otra cuestión que resolver, sepone una demanda civil y se paga la multa de 100 millones y ya está, que fue lo que ocurrió en unos pocos casos durante la crisis financiera. No hay criterio para que una autoridad supervisora diga: “Este es un mal tipo, vamos a revocar su licencia”, o incluso enviarlo a la cárcel.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/12034

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