Europa: la batalla por la supremacía

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9 de julio de 2013 por difundimos

Uno de los libros de la temporada es, sin duda, Europe: the Struggle for Supremacy, 1453 to the Present (Allen Lane), de  Brendan Simms. La recepción ha sido muy amplia y la razón, más allá de sus desiguales méritos, es que ofrece un repaso de la historia europea bajo la perspectiva alemana, llegando hasta el presente, lo cual resulta de un interés evidente, tal como están las cosas.

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Esa recepción, no obstante, ha sido desigual, desde el entusiasmo de Noel Malcolm en The Telegraph y de Dominic Sandbrook en The Sunday Times, por ejemplo, hasta los reparos de Tony Barber en el FT o de Donald Rayfield en Literary Review. Todo ello con el transfondo de la mirada británica sobre el dominio alemán y sobre el pasado y el futuro de la Unión Europea. Algo más académico, y por eso lo elegimos, es Norman Stone en New Stateman. Veamos:

La vieja Cambridge Modern History, escrita hace más de un siglo, era una espléndida lectura. El editor general, Lord Acton, estaba seguro de que no se necesitaba hacer mucha más historia y Cambridge se negó a instituir unos estudios de investigación doctoral del tipo alemán (y cedió solo en lo tocante a la Primera Guerra Mundial, cuando había necesidad de unos dólares estadounidenses que, de otro modo, habrían ido a Heidelberg o Tübingen). El énfasis se ponía en la historia internacional, diplomática y militar -no había mucho sobre los campesinos.

Brendan Simms es miembro de Peterhouse, que en la vieja Cambridge era un excepcional College para la historia, con el espíritu de Herbert Butterfield presidiéndolo, con el apoyo de especialistas leídos en Europa continental, como Denis Mack Smith. Simms es su sucesor natural y el espíritu del lugar se ha colado en su impenitentemente tradicional, viva y erudita historia de Europa desde 1453.

El libro se centra, con razón, en Alemania, que Simms conoce de primera mano. Su gran fortaleza es que siempre nos recuerda que los países europeos no crecieron autónomamente. Europa estaba fragmentada y los fragmentos, en conflicto, afectaron grandemente al desarrollo de cada uno.

Europe es un volumen muy ambicioso en su alcance y cubre períodos sucesivos en capítulos temáticos. “Empires, 1453-1648”, “Successions, 1649-1755”, “Revolutions, 1756-1813” y “Partitions, 1945-1973”, con un sección final sobre “Democracies, 1974-2011”. Las referencias son prodigiosas, multilingües y de gran utilidad.

Yo solía divertirme con los estudiantes turcos que citaban un artículo que yo consideraba como el último en el que perder el tiempo: “Little-known aspects of the coronation of Joseph II”. Ahora me corrijo. La Iglesia impidió que el emperador del Sacro Imperio Romano, José II, tocara a los feligreses afectados de escrófula, que presuntamente desaparecía de forma milagrosa si un emperador recién coronado imponía sus manos. Esta fue la modernización (liberalismo) desde abajo y, por tanto, una vez que se entiende el contexto que ofrece Simms, se puede ver que, a la postre, no se trataba de un artículo sin sentido.

Los Papas fueron heroicamente antimodernos. En 1836, Gregorio XV arremetió contra los ferrocarriles cuando en los estados papales solo había dos caminos llenos de baches e infestados de bandidos que cruzaran los Apeninos (también me divierto cuando los estudiantes señalan que el último castrato Vaticano sobrevivió el tiempo suficiente para ser registrado, trinando tristemente, en uno de los primeros discos para gramófono, aproximadamente en 1902). Pero los gobernantes Habsburgo de Italia en esa época eran, por el contrario, emprendedores y sensatos: había un liberalismo administrativo y jurídico funcionando en, por ejemplo, la Toscana o Milán, que hizo que el Risorgimento fuera innecesario (y, de todos modos, mira dónde fue a parar con Mussolini).

Simms sabe lo que está hablando, a pesar de que es mejor en el territorio que domina, el del siglo XVIII, que en el del XX , donde hay demasiado a incorporar. Sin embargo, es mejor tener una historia de Europa en su conjunto, aunque sea de esta manera.

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Se podría argumentar que cada país está más influenciado por su vecino del este: Inglaterra por Francia, Francia por Alemania, Alemania por Rusia (o, en los viejos tiempos, Polonia), llevando cada vez más lejos en cada caso las verdades anglosajones en las que los antiguos historiadores de Cambridge creían firmemente. Simms comienza su libro con una gran amenaza desde el este, la de los turcos otomanos (cuya propia historia debe mucho a Persia). Los otomanos dieron forma al imperio de los Habsburgo (de Austria) e incluso se podría argumentar que la crearon, ya que Hungría fue fordada a quedar bajo la protección de los Habsburgo. Esto hizo que Austria fuera solo mitad alemana, lo que fue un factor que debilitó al antiguo Sacro Imperio Romano, que nunca se convirtió en un Estado centralizador, como sí ocurrió en Inglaterra o, menos firmemente, en Francia. Simms está más atraído por las tierras alemanas, cuya historia conoce a la perfección, y su libro se divide claramente en dos partes,  una en la que Alemania es fatalmente débil y otra en la que es fatalmente fuerte:

La lucha por el dominio en Alemania también condujo al proceso de cambio interno en Europa. Los ingleses se rebelaron contra Carlos I, porque no pudo proteger a los príncipes alemanes protestantes. . . Los franceses rompieron con Louis XVI a causa de su supuesta sumisión a Austria.

Sin este factor, la Revolución Francesa no hubiera tenido el impulso internacional que tuvo y, en ese sentido, el estudio de Simms es valioso; en tantos otros tratamientos de los mismos hechos, es difícil saber lo que está pasando y por qué. Los revolucionarios pensaron que la Europa del ancien régime iba a intervenir en su contra en el verano de 1792, pero Austria y Prusia estaban mucho más preocupadas con Polonia, el imperio otomano y Bélgica. Finalmente fueron incitados a una precipitada invasión de Francia, que fue fácilmente detenida en Valmy.

Las hostilidades franco-alemanas caracterizan la historia del continente y se remontan muy lejos. Las batallas iniciales tuvieron lugar en Italia. Incluso en 1494, cuando los franceses invadieron Lombardía, su objetivo era impedir la dominación de un emperador alemán sibre el Papa; cincuenta años después, Enrique II de Francia capturó Metz, Toul y Verdun en su “marcha hacia el Rin”; y en tiempos de Luis XIV, como resultado de los esfuerzos franceses para apoderarse de la frontera del Rin, el Estado alemán contiguo, el Palatinado, fue arrasado una y otra vez. Alsacia y Lorena fueron en gran parte absordibas por los franceses y se quedaron ecomo símbolo de la postración y la ineficacia de Alemania hasta 1871, cuando Bismarck las recuperó.

Simms podría tal vez haber hablado un poco más sobre el impacto cultural de todo ello sobre Alemania. A finales del siglo XVIII, la reacción contra el dominante francés latino llevó a los literatos alemanes a adoptar un modelo griego y a concebir la peculiarmente complicada sintaxis de la terminación de sus verbos y un tipo de escritura alfabética con letras griegas. Un siglo más tarde, lo llevaron al absurdo -como “Rundfunk” (“round-spark”) para evitar decir “radio”. Tal vez esta sea la razón por la que la literatura clásica alemana es tan difícil de traducir.

De todos modos, gran parte de la historia moderna sólo se pueden entender si se acepta que Alemania fue imitada. Al final, el problema se resolvió cuando intervinieron los EE.UU. “Europa”, tal como la conocemos hoy, se cayó de la parte trasera de un camión del ejército estadounidense. Incluso la moneda común fue sugerida por primera vez por un estadounidense, jefe adjunto de la oficina del Plan Marshall, en 1950.

La Europa que surgió, ahora incluyendo a países como Letonia y Croacia, que una vez formaron parte de un bloque alemán, no es algo sobre lo que sea muy interesante leer o escribir, pero es mejor eso que las alternativas tan ricamente descritas en este libro.

>> extraído de: http://clionauta.hypotheses.org/11281

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